Estoy en el metro de Madrid. Son las siete menos cuarto de la tarde de un viernes y el andén está lleno a rebosar. Existen tres clases de personas en el metro la noche de un fin de semana:
Uno. Los que salen de sus trabajos. A estos los reconoces por la cara de cansancio y hastío que llevan en sus caras. Desearían estar muertos, pero el desempleo los acojona más. También se los reconoce por cómo van vestidos. Ropa formal de muy mal gusto que nunca en sus vidas comprarían, a menos que sea por obligación.
Dos. Los que se van de marcha. A estos los reconoces por la cara de alegría prestada que otorga el exceso de alcohol y porros. Desearían estar vivos, pero la falta de estimulantes artificiales los acojona más. También se los reconoce por cómo van vestidos. Ropa informal de muy mal gusto que nunca en sus vidas comprarían, a menos que sea por desorientación.
Y tres. Los que se dirigen a sus trabajos, es decir, los primos que curran mientras los demás se divierten. Estos son más difíciles de reconocer porque son más o menos una combinación de los dos anteriores. No sabes si sus rostros expresan fatiga bovina o felicidad supina. Ni tampoco si desearían estar muertos o vivos. Y mucho menos intentes reconocerlos por cómo van vestidos porque una paella combina menos ingredientes y con mejor gusto.
En este último grupo me encuentro yo.
Bueno, solo será un curro de dos días. Eso fue lo que me dijo María, la consultora de la ETT, cuando me llamó al móvil. Por eso me dirijo al centro, para firmar el contrato y recoger los boletines de trabajo. Mientras espero en el andén escucho a Soziedad Alkohólika² en mi MP3.
Un ruido ensordecedor se adueña del recinto. El metro acaba de llegar. Subo al vagón que está lleno a rebosar. Hago el camino parado, o debiera decir, suspendido entre las espaldas y las barrigas de los pasajeros que me apretujan. Cuando el vagón del metro se detiene en mi destino y abre las puertas, me escupe como quien expulsa una flema que se te ha quedado en la garganta. Una vez en el andén, no obstante, todavía no ha terminado la tortura. Porque ni bien mi cuerpo se está recuperando del entumecimiento que le significó viajar como sardina, cuando un gran banco de ballenas salidas de las otras puertas del metro se me aproximan y empujan desesperadas hacia la superficie exterior, como si se ahogaran y les faltara el aire para respirar. Una vez fuera, en la jungla, reviso preocupado los bolsillos de mi pantalón. Y compruebo, aliviado, que están vacíos, como siempre.
Dos minutos más tarde estoy en la ETT.
—Hola, María —saludo nomás entrar.
—¿Otra vez vienes vestido así? —me dice. No sé por qué no me sorprende.
—¿Cómo “así”? —le digo sabiendo de antemano la respuesta.
—Tú sabes a qué me refiero. La cabeza pelada, la barba roñosa, la ropa negra, la piel pálida... Pareces el papá de Nosferatu —me dice.
—Tendré en cuenta el nombre cuando tengamos un hijo.
—¡Ja! Yo no estaría contigo ni así fuera una puta.
—Por eso no estás conmigo.
Hay un breve silencio. En la frente de María aparece un ceño.
—Lo lamento —me dice con voz de ultratumba—. Viniste en balde. El puesto se lo daremos a otro.
—Pero ¿por qué? —pregunto cuando en verdad quiero gritarle: ¡¡Puta vengativa!!
—Porque el puesto de Mozo de Almacén requiere disponibilidad mañana sábado y domingo en la madrugada...
—Yo tengo disponibilidad en la madrugada...
—EN LA MADRUGADA EN VALDEMORO —sentencia la puta vengativa—. Y tú vives en Barrio del Pilar, según tu currículum. Y no tienes coche, que yo sepa.
Una sonrisa sarcástica se dibuja en el rostro de María.
—Sí que lo tengo —digo—. No un coche, sino un tío que vive allí. Y como solo son dos días no tendrá ningún reparo en acogerme. ¿Dónde firmo el contrato?
La sonrisa de María desaparece. En su lugar asoma la expresión de Emily Rose.
Después de firmar el contrato y recoger los boletines de trabajo me dirijo raudo al metro. Tengo que llegar a casa de mi tío antes que apague las luces. Llego a Atocha y tomo el Renfe dirección Valdemoro. La gente que llena el Renfe no es distinta que la del metro: los currantes, los marchosos y yo. Cuando llego a mi destino alrededor de las ocho, me apresuro en salir a la calle. La vieja estación de Valdemoro desemboca en un gran parking y luego en una especie de descampado. No estoy en la parte antigua sino en la nueva por lo que solo hay chalets de dos plantas. A la izquierda veo lo que me interesa. Dos edificios de apartamentos color ladrillo. Me dirijo a uno de ellos.
Antes de llegar al portal veo las ventanas de los pisos superiores. Ya es noche y la mayoría de las luces de los apartamentos están encendidas. Menos siete. Uno de ellos, el de mi tío. Me cago en la leche. Cuando llego al portal aprieto en el intercomunicador el botón del piso de mi tío. Me contesta la voz de una anciana:
—¿Diga?
—¿Cómo se llama el perro de Inodoro Pereyra? —pregunto.
—¿Qué cosa? ¿El perro de quién?
—¿Cómo se llama el perro de Inodoro Pereyra?
—¿Con quién hablo? Oiga...
—Bah. Olvídelo. Siga muriendo en donde estaba.
Me había equivocado. Aprieto otro botón. Esta vez me contesta una voz soñolienta:
—¿Quién es?
—Yo ser Boggie El Aceitosou —digo intentando imitar el castellano mal hablado de un yanqui.
—¿Quién?
—Yo ser Boggie El Aceitosou y haber venidou porque el hermanou de su amigou me envía para matarle.
—¿Pero qué...? ¿Quién habla?
—Boggie El Aceitosou, coño. ¿No escucharme? Yo ser sicariou yanqui y haber venidou a meterle una bala en el fokin culo.
—No es gracioso. Me acaba de despertar. Yo trabajo de noche ¿sabe? Ahora mismo bajo y se va a enterar.
Me había equivocado otra vez. Aprieto otro botón. Nadie responde. Aprieto el mismo botón frenéticamente. Nada. Este es el piso de mi tío. No cabe duda.
Segundos después abre el portal un tipo enfundado en una bata de color mora. Tiene cara de pocos amigos y un cierto aire a Imanol Arias. Aunque más bajito.
—¿Fuiste tú? —me pregunta el pequeño Imanol.
—¿Se refiere a un chico con gorra con quien me crucé hace tan solo unos segundos y que salió corriendo hacia la estación del tren?
—Sí, ese. ¿Dónde está? —dice Imanolito furioso mientras sale hasta la calle para ver al supuesto chico de la gorra.
Aprovecho la ocasión y entro al portal. Subo corriendo las escaleras y me dirijo a la planta en donde vive mi tío. Cuando llego a la puerta, para asegurarme, toco el timbre un par de veces. No hay respuesta. Saco mi DNI y lo introduzco entre el marco y la puerta. Muevo la tarjeta buscando abrir el cerrojo y después de oír un ¡clic, clack! por fin lo logro. Entro sin hacer ruido. Es un piso como cualquier otro con muebles, cortinas, baño, camas, lavadora y la nevera a medio llenar. Mismo Ikea. Es un piso como muchos otros cuyos dueños no se encuentran en casa porque están pasando el fin de semana en alguna parte. No es el piso de mi tío. En verdad, yo no tengo ningún tío en Valdemoro. Es solo un piso vacío en el cual dormiré los dos días que dure el curro. Luego lo dejaré tal cual y los dueños, cuando regresen, ni cuenta se darán de que hubo alguien aquí.
Muchos curros piden movilidad geográfica. Soy el candidato idóneo porque no tengo un piso propio lo cual significa que no estoy aferrado a un lugar en concreto. Así que mi movilidad es total. Mientras haya un piso vacío, y en Madrid los hay un huevo, siempre habrá un tío que me cobije.
Los trabajos de hoy en día exigen grandes sacrificios a cambio de un plato de judías. No me quejo. Yo acepto las judías. Pero los sacrificios se los dejo a los Incas.
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¹ Título de una de las canciones del álbum “Tiempos Oscuros” del grupo Soziedad Alkohólika.
Uno. Los que salen de sus trabajos. A estos los reconoces por la cara de cansancio y hastío que llevan en sus caras. Desearían estar muertos, pero el desempleo los acojona más. También se los reconoce por cómo van vestidos. Ropa formal de muy mal gusto que nunca en sus vidas comprarían, a menos que sea por obligación.
Dos. Los que se van de marcha. A estos los reconoces por la cara de alegría prestada que otorga el exceso de alcohol y porros. Desearían estar vivos, pero la falta de estimulantes artificiales los acojona más. También se los reconoce por cómo van vestidos. Ropa informal de muy mal gusto que nunca en sus vidas comprarían, a menos que sea por desorientación.
Y tres. Los que se dirigen a sus trabajos, es decir, los primos que curran mientras los demás se divierten. Estos son más difíciles de reconocer porque son más o menos una combinación de los dos anteriores. No sabes si sus rostros expresan fatiga bovina o felicidad supina. Ni tampoco si desearían estar muertos o vivos. Y mucho menos intentes reconocerlos por cómo van vestidos porque una paella combina menos ingredientes y con mejor gusto.
En este último grupo me encuentro yo.
Bueno, solo será un curro de dos días. Eso fue lo que me dijo María, la consultora de la ETT, cuando me llamó al móvil. Por eso me dirijo al centro, para firmar el contrato y recoger los boletines de trabajo. Mientras espero en el andén escucho a Soziedad Alkohólika² en mi MP3.
Un ruido ensordecedor se adueña del recinto. El metro acaba de llegar. Subo al vagón que está lleno a rebosar. Hago el camino parado, o debiera decir, suspendido entre las espaldas y las barrigas de los pasajeros que me apretujan. Cuando el vagón del metro se detiene en mi destino y abre las puertas, me escupe como quien expulsa una flema que se te ha quedado en la garganta. Una vez en el andén, no obstante, todavía no ha terminado la tortura. Porque ni bien mi cuerpo se está recuperando del entumecimiento que le significó viajar como sardina, cuando un gran banco de ballenas salidas de las otras puertas del metro se me aproximan y empujan desesperadas hacia la superficie exterior, como si se ahogaran y les faltara el aire para respirar. Una vez fuera, en la jungla, reviso preocupado los bolsillos de mi pantalón. Y compruebo, aliviado, que están vacíos, como siempre.
Dos minutos más tarde estoy en la ETT.
—Hola, María —saludo nomás entrar.
—¿Otra vez vienes vestido así? —me dice. No sé por qué no me sorprende.
—¿Cómo “así”? —le digo sabiendo de antemano la respuesta.
—Tú sabes a qué me refiero. La cabeza pelada, la barba roñosa, la ropa negra, la piel pálida... Pareces el papá de Nosferatu —me dice.
—Tendré en cuenta el nombre cuando tengamos un hijo.
—¡Ja! Yo no estaría contigo ni así fuera una puta.
—Por eso no estás conmigo.
Hay un breve silencio. En la frente de María aparece un ceño.
—Lo lamento —me dice con voz de ultratumba—. Viniste en balde. El puesto se lo daremos a otro.
—Pero ¿por qué? —pregunto cuando en verdad quiero gritarle: ¡¡Puta vengativa!!
—Porque el puesto de Mozo de Almacén requiere disponibilidad mañana sábado y domingo en la madrugada...
—Yo tengo disponibilidad en la madrugada...
—EN LA MADRUGADA EN VALDEMORO —sentencia la puta vengativa—. Y tú vives en Barrio del Pilar, según tu currículum. Y no tienes coche, que yo sepa.
Una sonrisa sarcástica se dibuja en el rostro de María.
—Sí que lo tengo —digo—. No un coche, sino un tío que vive allí. Y como solo son dos días no tendrá ningún reparo en acogerme. ¿Dónde firmo el contrato?
La sonrisa de María desaparece. En su lugar asoma la expresión de Emily Rose.
Después de firmar el contrato y recoger los boletines de trabajo me dirijo raudo al metro. Tengo que llegar a casa de mi tío antes que apague las luces. Llego a Atocha y tomo el Renfe dirección Valdemoro. La gente que llena el Renfe no es distinta que la del metro: los currantes, los marchosos y yo. Cuando llego a mi destino alrededor de las ocho, me apresuro en salir a la calle. La vieja estación de Valdemoro desemboca en un gran parking y luego en una especie de descampado. No estoy en la parte antigua sino en la nueva por lo que solo hay chalets de dos plantas. A la izquierda veo lo que me interesa. Dos edificios de apartamentos color ladrillo. Me dirijo a uno de ellos.
Antes de llegar al portal veo las ventanas de los pisos superiores. Ya es noche y la mayoría de las luces de los apartamentos están encendidas. Menos siete. Uno de ellos, el de mi tío. Me cago en la leche. Cuando llego al portal aprieto en el intercomunicador el botón del piso de mi tío. Me contesta la voz de una anciana:
—¿Diga?
—¿Cómo se llama el perro de Inodoro Pereyra? —pregunto.
—¿Qué cosa? ¿El perro de quién?
—¿Cómo se llama el perro de Inodoro Pereyra?
—¿Con quién hablo? Oiga...
—Bah. Olvídelo. Siga muriendo en donde estaba.
Me había equivocado. Aprieto otro botón. Esta vez me contesta una voz soñolienta:
—¿Quién es?
—Yo ser Boggie El Aceitosou —digo intentando imitar el castellano mal hablado de un yanqui.
—¿Quién?
—Yo ser Boggie El Aceitosou y haber venidou porque el hermanou de su amigou me envía para matarle.
—¿Pero qué...? ¿Quién habla?
—Boggie El Aceitosou, coño. ¿No escucharme? Yo ser sicariou yanqui y haber venidou a meterle una bala en el fokin culo.
—No es gracioso. Me acaba de despertar. Yo trabajo de noche ¿sabe? Ahora mismo bajo y se va a enterar.
Me había equivocado otra vez. Aprieto otro botón. Nadie responde. Aprieto el mismo botón frenéticamente. Nada. Este es el piso de mi tío. No cabe duda.
Segundos después abre el portal un tipo enfundado en una bata de color mora. Tiene cara de pocos amigos y un cierto aire a Imanol Arias. Aunque más bajito.
—¿Fuiste tú? —me pregunta el pequeño Imanol.
—¿Se refiere a un chico con gorra con quien me crucé hace tan solo unos segundos y que salió corriendo hacia la estación del tren?
—Sí, ese. ¿Dónde está? —dice Imanolito furioso mientras sale hasta la calle para ver al supuesto chico de la gorra.
Aprovecho la ocasión y entro al portal. Subo corriendo las escaleras y me dirijo a la planta en donde vive mi tío. Cuando llego a la puerta, para asegurarme, toco el timbre un par de veces. No hay respuesta. Saco mi DNI y lo introduzco entre el marco y la puerta. Muevo la tarjeta buscando abrir el cerrojo y después de oír un ¡clic, clack! por fin lo logro. Entro sin hacer ruido. Es un piso como cualquier otro con muebles, cortinas, baño, camas, lavadora y la nevera a medio llenar. Mismo Ikea. Es un piso como muchos otros cuyos dueños no se encuentran en casa porque están pasando el fin de semana en alguna parte. No es el piso de mi tío. En verdad, yo no tengo ningún tío en Valdemoro. Es solo un piso vacío en el cual dormiré los dos días que dure el curro. Luego lo dejaré tal cual y los dueños, cuando regresen, ni cuenta se darán de que hubo alguien aquí.
Muchos curros piden movilidad geográfica. Soy el candidato idóneo porque no tengo un piso propio lo cual significa que no estoy aferrado a un lugar en concreto. Así que mi movilidad es total. Mientras haya un piso vacío, y en Madrid los hay un huevo, siempre habrá un tío que me cobije.
Los trabajos de hoy en día exigen grandes sacrificios a cambio de un plato de judías. No me quejo. Yo acepto las judías. Pero los sacrificios se los dejo a los Incas.
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¹ Título de una de las canciones del álbum “Tiempos Oscuros” del grupo Soziedad Alkohólika.
² Grupo español de Hardcore Punk.



1 gritos guturales:
hey! el perfil descriptivo de los usuarios de metro es genuino, saludos
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