jueves 4 de octubre de 2007

Shithead¹

Estoy en el parque de la Moncloa sentado sobre el césped bajo la sombra de un árbol. Me sentaría en una banca que es mucho más cómoda, pero como todas están ocupadas no me queda más remedio que lidiar con las hormigas. Escucho a The Haunted² en mi MP3 y leo un cómic, “Las Aventuras de Súper López”, de Juan López. Son las dos de la tarde de un martes cualquiera y el parque está repleto de gente que sale de sus curros para almorzar o simplemente descansar sobre el césped. Gente obligada a llevar uniforme multicolor; gente atrapada dentro de un traje y ahorcada por una corbata; gente disfrazada con mono azul... pero confieso que más pena me dan un grupo de cinco currantes que, seguro obligados por alguna multinacional, llevan la cabeza rapada, camisetas negras apretadísimas, vaqueros ceñidos al culo y botas de militar. Una horterada total. Por las caras de estreñimiento que llevan deben de odiar el trabajo que realizan. Encuestadores, seguro, encuestadores de alguna nueva firma de ropa ridícula para jóvenes. Por eso los disfrazan así. Y por eso también se acercan a mí, para encuestarme y así poder ganarse la vida. Los cinco se plantan alrededor mío. Uno se pone de cuclillas. Se parece a Krilin de Dragon Ball. Me saco los cascos. Venga, si se trata de echar una mano a un currante estoy dispuesto a responder a sus preguntas.
—¡Heil Hitler! —me dice Krilin alzando la mano derecha con la palma hacia atrás.
Le cojo la mano alzada y se la estrecho en un apretón afectuoso.
—Franco DiMerda —le digo.
—Que no, coño —me dice Krilin zafándose de mi mano—. Que no te he preguntado tu nombre.
—Ah, ya comprendo. Es el nombre de la marca de ropa. ¿Verdad?
—¡Qué marca de ropa ni nada! Es el saludo de los miembros. ¿Acaso no lo sabes?
—¿Miembros de qué?
—¡Panzer, Panzer! —lo llama a Krilin uno de los que están de pie— Acaban de venir una pareja de sudacas.
—¿Dónde? —pregunta Krilin poniéndose de pie y mirando ansioso por todas partes.
—Bajo ese árbol —dice otro de los que están de pie—. Una pareja de sudacas se han sentado bajo ese árbol. ¿Los ves?
—¿Y a qué coño esperamos? ¡A por ellos! —grita Krilin, y los cinco rapados salen corriendo hacia una pareja de tez cobriza que, treinta metros más allá, acababan de sentarse bajo la sombra de un pino.
Comprendo de inmediato de que estos encuestadores no son encuestadores disfrazados sino skinheads. También comprendo que mi cabeza rapada y mi atuendo, aunque de Metalhead, les habían hecho creer que era otro neonazi como ellos. Comprendo estas dos cosas con cierta humillación, pero eso no es nada comparado con lo que siento al comprender que, si alguien no hace algo pronto, una pareja lo lamentará. Y lo que siento es que seré yo ese alguien y mi culo el que lo lamentará.
Me pongo de pie.
—¡Oye Krilin! ¡O que diga Panzer! ¡Panzer! —grito con todas mis fuerzas. Intento imitar la voz bronca de Peter Dolving³ pero solo me sale la voz de pito de David Bisbal. No obstante logro llamar la atención de Krilin que voltea a mirarme.
—¡Judíos! ¡Judíos! —grito señalando con mi mano detrás de mí, al lado opuesto del parque.
El efecto fue instantáneo. Bastó que dijera las palabras mágicas para que los cinco skinheads, que estaban a punto de alcanzar a la pareja de sudamericanos que huían despavoridos, se detuvieran y cambiaran de dirección hacia mí. ¡Joder, qué he hecho! Debí señalarles para otro lado. Soy un imbécil.
—¿Dónde están? —me pregunta Krilin nomás acercárseme.
—Sí. ¿Dónde están esos putos semitas de mierda? —le secunda otro de ellos jadeando.
Los cinco skinheads están de pie alrededor de mí y son tan grandes que juntos me hacen más sombra que el árbol bajo el cual me encuentro.
—Se fueron por allá —digo señalando a la calle de la Princesa.
—¿Dónde? No los veo —me dice Krilin.
—En la parada de Moncloa. Tomaron un autobús de la línea 133. Si cogéis otro autobús quizás los alcancéis en Plaza de España.
No sueno convincente. Krilin me escruta de arriba abajo. Sospecha algo. Me pregunta:
—¿Por qué llevas esas botas New Rock y no las Doc Martens?
—Es que las que tenía se me estropearon en una pelea con un moro. Joder, tío. Hubieras visto cómo las dejé. Me refiero a la cara del moro y a mis botas. Estas son de mi primo. Me las prestó hasta que yo pudiera comprarme unas Doc Martens nuevas.
—¿Y por qué vistes con ropa oscura tan ancha como un rapero negro del Bronx?
—Es que la que tenía se me estropeó en una pelea con un subsahariano. Esta ropa negra es el trofeo que pude arrancarle después de arrancarle toda la dentadura.
—¿Y esa barba tan larga? ¿No sabes que debes llevar siempre afeitada tanto la cabeza como la cara?
—Lo sé. Pero como soy extra en una película que todavía se está filmando y que está ambientada en la España del siglo XVII, entonces la productora me exige que lleve la barba así. Yo hago el papel de un bucanero.
Krilin no parece convencido. Coge uno de los cascos de mi MP3 y se lo pone en una oreja. Aprieta Play. Después de unos segundos me devuelve el casco.
—No eres un skinhead. Eres un puto Metalhead progre —me dice.
—Soy un skinhead al que solo le gusta el Metal —digo en mi defensa.
—No lo digo por la música que escuchas, gilipollas. Ni siquiera por tus botas de mierda ni por tu ropa holgada de negro del Bronx. Lo digo por lo del papel de bucanero que dices que interpretas en esa película.
—¿Y qué hay con eso? —pregunto sin saber a qué se refiere.
—Un bucanero —me responde Krilin con tono de profesor de colegio— era un pirata mercenario que en los siglos XVII y XVIII saqueaba las posesiones españolas. Los bucaneros solían ser pagados y protegidos por los ingleses.
—¿Y?
—¿Y? ¿¿Y?? ¿¿¿Y??? ¡¡Subnormal de mierda!! —grita Krilin fuera de sí— Pues que un skinhead de verdad jamás aceptaría interpretar un papel que atentara contra el imperio español.
Estoy perdido. Krilin me da un feroz puñetazo en el estómago que me tumba al césped. Joder, cómo pude ser tan tonto. Eso es lo que me pasa por subestimar los conocimientos de historia de un skinhead que, si bien distorsionada y panfletaria, no significa que no sepa por lo menos leer. Ahora solo me queda esperar y aguantar con la cara cubierta por mis manos, tendido al pie de un árbol en la Moncloa, el impacto de las suelas y las puntas de diez Doc Martens.
Pero no siento ningún impacto.
Pasan los segundos, que parecen horas, y nada. No siento ningún golpe. Me descubro el rostro y veo que los Krilin han desaparecido. Se han ido.
Me pongo de pie y miro alrededor. Escucho jaleo. A lo lejos, a unos cincuenta metros en dirección a la estación de la Moncloa, veo un grupo numeroso de gente que corre. Algún atentado terrorista, pienso en un primer momento. Pero cuando esfuerzo la mirada descubro que lo que dicha gente hace no es huir si no perseguir a alguien: a los cinco skinheads que huyen despavoridos por Princesa.
Me acerco hasta la estación para observar mejor y me paro al lado de una pareja que también observa lo que ocurre.
—¿Pueden decirme qué pasa? —les pregunto.
—Unos skinheads intentaron agredirnos en el parque —me responde el tío—. Pudimos escapar por los pelos.
De inmediato reconozco en ellos a la pareja de sudamericanos que salvé.
—¿Y cómo os salvasteis? ¿Alguien os echó una mano? —pregunto orgulloso con la esperanza de que reconozcan en mí a su Superman.
—Sí —responde la tía—. Mientras huíamos nos topamos en el parque con una pandilla numerosa de Latin Kings. Les dijimos lo que pasó y ellos fueron a perseguirlos.
—Ahora son los skinheads los que corren como conejos asustados —dice el tío contento.
La tía me mira. Pega un salto.
—¡Es uno de ellos! —grita señalándome— ¡Un skinhead! ¡Un skinhead!
Y corro como un loco mientras sigo escuchando tras de mí los gritos de la tía. Corro por mi vida, cagado de miedo, muy lejos de ser Superman.
Corro como Súper López.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “One Kill Wonder” del grupo The Haunted.
² Grupo sueco de Thrash Metal.
³ Nombre del vocalista de The Haunted.

1 gritos guturales:

Anónimo dijo...

cuando yo yevava el pelo rapado tambien me tomaban por skin algunas persona. los nazis tambien creian que era uno de ellos