jueves 8 de noviembre de 2007

Arquitectos Del Apocalipsis¹

Jueves, siete de la mañana. Tengo un sueño del carajo y estoy parado en frente de la roñosa puerta de un almacén de carteras de cuero de la calle Benito Gutiérrez. En lugar de estar durmiendo plácidamente en una cama, soñando con alguna tía en pelotas, tuve que madrugar para venir hasta aquí. “Pagan ocho euros la hora y necesitan que estés a las siete de la mañana en punto —me dijo María, la consultora de la ETT, el día anterior—. Cuando llegues pregunta por Daniel.”
Ahora, lo que menos ganas tengo es de currar. En verdad, nunca tengo ganas de eso. “Currar no mola”, leí alguna vez en una pegatina. Qué razón tenía el que lo escribió. Para pasar la apatía escucho a Heaven Shall Burn² en mi MP3. Aspiro profundamente, exhalo. Me siento como un toro a punto de entrar en el ruedo dispuesto a que lo torturen hasta la muerte. Toco el timbre.
Se abre la puerta de metal y tras ella asoma un individuo rapado y con barba como yo. Lleva pendientes y tatuajes y de no ser porque no viste de negro pareceríamos clonados.
—¿Eres Franco DiMerda? —me pregunta con una amabilidad que me sorprende. Por lo general los empleadores, después de la primera impresión, se dirigen a mí con frialdad y desconfianza. Su trato, por el contrario, es sumamente cálido.
—Así es —le extiendo la mano.
—Yo soy Daniel. El jefe de almacén —me da un fuerte apretón de manos —. María, la consultora de la ETT, me habló de ti. Ven pasa. Puedes llamarme Dani.
Entro y Dani me conduce por los distintos ambientes del almacén de carteras de cuero. El local ocupa dos plantas de un edificio de viviendas. Se divide de la siguiente manera: la primera planta para el almacén y la segunda para las oficinas. Dani me muestra (como si yo fuera un turista extranjero y él mi guía) el interior del local (como si fuera un importante monumento arqueológico) presentándome a sus trabajadores, quienes también me saludan cordialmente, y explicándome las características y bondades del trabajo. Después de recorrer las instalaciones en su totalidad (no deja de mostrarme ni el baño de mujeres) me conduce al almacén no sin antes detenerse en frente de la puerta cerrada de una de las oficinas.
—Esta es la oficina de Felipe —me dice—. Es el dueño. Ahora no está. Suele llegar a partir de las diez, pero hoy hará una excepción.
—Ya me gustaría llegar al curro a las diez —bromeo—. Menuda suerte la del principito.
El rostro de Dani, hasta ese momento alegre y cordial, de pronto se desencaja y su mirada se torna sombría. Es solo por breves segundos, pero, a pesar que luego prosiguió hablándome como si nada, me doy cuenta de que mi broma no le gustó en lo absoluto.
Llegamos al almacén y Dani me explica los pormenores de mi función: coger el albarán (los pedidos de los clientes); traer los distintos modelos de carteras de cuero a la mesa de trabajo; armar con precinto las cajas de embalaje; empaquetar la mercancía y apilarlas junto a la puerta de salida del almacén. Al finalizar el día de trabajo, a las seis y media de la tarde, vendría un servicio de mensajería para llevarse todo a su destino. Once horas y media de curro con una hora de comida a las dos. Menuda mierda.
Cojo una de las innumerables referencias de una de las estanterías. Es una cajita de madera con un broche dorado muy chulo que al abrirlo contiene una bolsa de tela no menos chula. Dentro de ella, una cartera de cuero con el logo de la marca impresa en alto relieve.
—¿Cuánto cuesta esta cartera? —pregunto.
—Cien euros —me responde Dani.
—No, no me refiero a cuánto lo venden. Me refiero a cuánto cuesta en realidad.
—Nueve euros —me responde Dani sonriendo—. La fábrica está en Marruecos.
—María me dijo que pagabais ocho euros la hora. Te lo digo porque me has hablado de todo salvo de la paga.
—Eso lo lleva el dueño —me responde Dani poniéndose serio de repente—. Solo puedo decirte de que cuando le pedimos a María, la consultora de la ETT, un mozo de almacén, te recomendó de inmediato. Le habló tan bien de ti a Felipe que por eso vendrá más temprano que de costumbre.
Mala señal. Cuando alguien se refiere a su jefe por su cargo (manteniendo las distancias) para inmediatamente después llamarlo por su nombre (acortándolas) indica que algo no funciona bien. Algo huele a podrido.
—¿Qué escuchas en tu MP3? —me pregunta Dani. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que seguía con los auriculares puestos escuchando música a bajo volumen.
Heaven Shall Burn —respondo—. Es una banda alemana…
—De Death —Dani completa mi frase—, pero que antes fue de Hardcore.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto sorprendido.
—Yo antes escuchaba esa música. In Flames, Morbid Angel, Carcass, Suffocation, Cannibal Corpse, Six Feet Under, Illdisposed… Fui a varios conciertos, entre ellos al Wacken. Antes llevaba el cabello largo y vestía de negro, incluso en verano, como tú.
—¿Y ahora no escuchas Metal?
—No.
—¿Por qué?
—Maduré. Ahora escucho de todo. Mi mente se amplió a nuevos horizontes.
Menuda gilipollez. Encasillar a un género musical determinado con una edad, en este caso el Metal con la adolescencia, es tan ridículo como encasillar a la música clásica con los pijos. La música es arte que libera no que pone barreras. El hecho de que existan personas que escuchan un solo género musical es tan nocivo como aquellos que menosprecian otro por prejuicios preestablecidos.
—Pero tú puedes escuchar de todo sin renunciar al Metal —le digo.
—Ya no me interesa. Desde que me enteré del contenido de sus letras: protestas contra el sistema, reinvindicaciones absurdas, pataleos sin fundamentos, el Señor de los Anillos, demonios y vampiros, etc. caí en cuenta de que el Metal es bastante infantil.
—El Metal tiene sus raíces en el Blues —protesto de inmediato—, un género de indudable calidad musical. Desde su aparición en 1970 con Black Sabbath, el Metal ha sobrevivido hasta nuestros días influenciando y dejándose influenciar por otros géneros, enriqueciendo así el resultado. El Metal es tan complejo que puede utilizar, así como la consabida guitarra eléctrica, instrumentos de todo tipo como el contrabajo, el chelo, el violín, el piano, etc. y es tan vasta que sus letras pueden abarcar desde temas medievales, oscurantismo y paganismo, hasta temas de tipo social como lo puede ser…
—Buenos días —dice una voz alegre que proviene detrás de mí. Me giro y veo a un sujeto trajeado con una boca enorme que fuerza una sonrisa. Si no fuera porque no lleva el cabello verde juraría que estoy frente al Joker, el archienemigo de Batman.
—Quítate los cascos —me dice Dani en voz baja a mi oído—. Estás frente al dueño.
—Mucho gusto, me llamo Franco DiMerda —le digo al Joker mientras guardo mi MP3. El archienemigo de Batman se aproxima y me estrecha la mano sin perder la sonrisa.
—Yo soy Felipe —me dice—. María nos habló muy bien de ti.
—Dani me mostró el local y me señaló las funciones de mi trabajo. Lo que no me dijo fue el monto exacto de la paga. Me dijo que eso lo llevabas tú. ¿Cuánto pagas por hora?
—A la ETT le pagamos una suma —me responde el Joker— que por supuesto no puedo decírtela, pero al final tú estarías cobrando unos seis euros con cincuenta la hora.
—Pero vamos, Felipe —le digo sonriendo y guiñándole un ojo—. Aquí nos tuteamos todos. Nos llamamos por nuestros nombres así que estamos en confianza. Venga ya. Dime ¿cuánto pagas a la ETT por cada trabajador como yo?
—¿Cómo se te ocurre hablarle así? —me dice Dani en voz baja— ¡Es el dueño!
—¡Que no Dani! Es un estafador. María me dijo que pagaban ocho euros la hora y él me dice de que me va a pagar seis y medio.
El Joker no responde. Por su expresión podría decirse de que acaba de pillarlo Batman con las manos en la masa.
—María siempre me envía a los curros más jodidos con los jefes más bordes y todos en la ETT saben que yo nunca digo que no. Pero lo que no le dijo era que ella nunca me mentía respecto a la paga por hora. Entre un jefe borde que me dice las cosas claras y otro amable pero hipócrita que miente, prefiero al primero. ¿No es cierto Dani?
Dani no dice nada. Su expresión se podría decir que es la misma que el dueño. Dani se aleja de mí y se acerca a la vera del Joker. El archienemigo de Batman pone una mano sobre su hombro.
Cinco minutos mas tarde, mientras camino por la calle Benito Gutiérrez de regreso a mi cama, paso en frente de una tienda de cómics que, a tan tempranas horas, está cerrada. Me detengo a observar el escaparate y después de ver una de las portadas de uno de los cómics en exhibición, uno de Batman, me doy cuenta de que Dani, aunque me pese, alguna vez fue un Metalhead. Uno que compartió no solo un gusto musical y una manera de vestir conmigo sino también una manera de vivir y hasta un ideal. Lamentablemente, debido al miedo a la inestabilidad económica, Dani se traicionó a sí mismo y se pasó al otro bando renegando incluso de su pasado. La madurez, pues, solo es una excusa para ocultar su cobardía. Dani ya no es un Metalhead. Dani, a la vera del Joker, con la mano de éste sobre su hombro, es ahora su nuevo cómplice.
Dani es Harley Quinn.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Antigone” del grupo Heaven Shall Burn.
² Grupo alemán de Deathcore.

2 gritos guturales:

Anónimo dijo...

Muy buenos tu relatos, me gustan y sobre este, muy cierto lo q dices al final, lamentablemente mucha gente vive asi y no hay mas q hacer, saludos desde el Lejano Mexico!!
Yan

killingpapanatas dijo...

sobre este relato, seguro que Dani seguia escuchando pantera cuando nadie le veia, yo curro con el pelo largo y pongo a megadeth en la radio mientras curro, xq me la trae floja lo que digan los clientes o el jefe, al final quedan igual de satisfexos si no fallo en mi curro. Dani tiene un comportamiento patetico y franco es un bocachancla, pero que atodos nos guastaria serlo mas amenudo