domingo 2 de diciembre de 2007

Peligro, Aléjate¹

Primer domingo de mes, diez de la mañana. El centro comercial la Vaguada, en Barrio del Pilar, está llena de gente cargada, es decir, gente que acaba de cobrar su sueldo y que viene a gastárselo en lo que sea. Yo también estoy cargado, pero de otra cosa. Al parecer, las lentejas que comí anoche me sentaron fatal. Como el apretón me cogió por sorpresa dentro del coche en el que dormía, y este estaba aparcado a tan sólo dos calles del centro, decidí visitar los aseos de la Vaguada, que si bien no son gran cosa (las del Corte Inglés huelen mejor) por lo menos lo sacan a uno del apuro (además el Corte Inglés abre más tarde). Para no aburrirme mientras cago escucho a Slipknot² en mi MP3 y leo un cómic, “Las aventuras del Capitán Torrezno: Capitán de provincias del dolor”, de Santiago Valenzuela. Todo va de maravillas hasta que, entre los poderosos golpes de batería de Joey Jordison³, reconozco un sonido extraño que antes no había. Me saco los auriculares. Son los golpes de alguien aporreando la puerta del baño en donde me encuentro encerrado.
—Está ocupado —digo.
—Abre la puerta —me dice una voz de tono grave.
—Que te digo que está ocupado. Búscate otro baño. Voy a demorar.
—Que abras la puerta. Somos seguridad de la Vaguada —me responde otra voz de tono agudo.
Joder. ¿Por qué querrán los de seguridad que salga del baño mientras estoy cagando? ¿Será que existe una amenaza de bomba de ETA? ¿Estarán desalojando todo el centro comercial? ¿Cabe la posibilidad de que los terroristas hayan escondido la bomba debajo del tazón del váter? ¡Por dios! ¿No le basta a ETA querer cagarnos la vida y ahora lo que quieren es cagarnos con nuestras propias mierdas en el sentido literal de la palabra?
—Ahora salgo —respondo.
Desenrrollo casi dos metros de papel higiénico y me limpió con sumo cuidado el trasero. Demoro cinco minutos en el proceso. No me dejo ninguna mancha. Al igual que los bolsillos, me gusta tener el culo limpio.
—Bien, agentes. Pueden entrar, pero creo que la bomba no está en el interior —digo nomás abrir la puerta del baño y ver a los dos uniformados. Uno es alto, de cabeza pequeña y tiene los dos dientes delanteros visibles. El otro, al contrario, es bajo, cabezón y tiene una mirada de mala hostia que no veas. Viéndolos bien se parecen a los ratones Pinky y Cerebro.
—Ve a revisar —dice Cerebro, el de la voz grave. Pinky obedece y entra al baño. Olfatea el lavadero, las esquinas del habitáculo y el interior de la papelera. Cuando abre la tapa del váter mete su hocico hasta casi tocar el agua. El olor de las lentejas digeridas hacen que la cierre con rapidez y que su rostro adquiera la mueca de alguien que acaba de chupar un limón.
—No hay nada jefe. No puedo decir que está limpio, pero no hay lo que buscamos —dice Pinky reponiéndose del menestrón.
—Ya les dije que no había bomba en este baño. Deberían buscar en otra parte, en el lugar menos pensado. En la tienda de Disney, por ejemplo. Puede que hayan escondido la bomba dentro de algún peluche de los siete enanos —digo intentando ayudar a los agentes en su búsqueda.
—Muéstrame tus documentos, por favor —me dice Cerebro con la misma expresión de estreñido de siempre.
—¿Piensa que soy de ETA? Eso es ridículo —le digo mientras le doy mi DNI.
—¿Por qué demoraste tanto en abrir la puerta del baño? —me pregunta Cerebro.
—Coño, porque me estaba limpiando el culo —respondo.
—¿Tanto demoras en limpiarte?
—En Japón —explico—, después de cagar, además de que la gente suele limpiarse con toallitas húmedas desechables, del interior del váter sale un chorrito de agua, como los bidets, para que uno pueda lavarse el trasero. Limpiarse solo con papel higiénico implica tener el culo siempre sucio. De los váteres de España no saldrán chorritos, pero sí de los grifos de los lavaderos. Así que lo que yo hago es mojar un poco el papel higiénico y limpiarme tantas veces haga falta hasta que desaparezca todo rastro color marrón.
—¿Y por qué no utilizas el baño de tu casa?
—Estaba de paso y me cogió el apretón.
Si respondía que no tenía casa, que era una especie de okupa solitario que me introducía en los pisos vacíos de la gente que se iba de vacaciones o peor aún, que tampoco desechaba la oportunidad de dormir dentro de algún coche, a ser posible de fabricación alemana debido a que los asientos eran más cómodos, entonces no solo pensarían de que era un terrorista, sino uno suicida como los de Al Qaeda.
—¿Sueles consumir drogas? —me pregunta Cerebro.
Soy un idiota. Hasta ese momento creía que Pinky y Cerebro me habían echo salir del baño debido a una alarma de bomba. Pero cuando Cerebro me preguntó lo de las drogas comprendí que se trataba de algo muy común en mi vida diaria, que la gente creía que me ponía de coca hasta arriba debido únicamente a mi aspecto. Un yonqui, según las películas americanas dirigidas a adolescentes, tienen mi apariencia: ropas negras, barbas, piercings y tatuajes. El estereotipo está tan visto que nadie duda de él y a la primera que me ven me tachan de cocainómano o porrero. Ni siquiera fumo cigarros, pero nadie me cree: los que no son yonquis porque creen que lo soy y los que lo son pero creen que me niego para no invitar. Para estos últimos soy un yonqui egoísta.
—¿Y bien? —me pregunta Cerebro.
—¿Perdón? —digo.
—Responde a la pregunta —me dice Pinky.
—¿Lo de consumir drogas? —digo.
—Seré más claro. ¿Qué es lo último que has consumido? —me pregunta Cerebro.
—Unos granos…
—¡Lo sabía! —me interrumpe Cerebro con una mueca de satisfacción— ¿de qué color eran esos granos?
—Marrones —respondo.
—¿Y cuándo los consumiste?
—Ayer por la noche.
—Y te cayeron mal ¿A que sí?
—Así es agente. Me cayeron fatal. Pero ya los expulsé.
—¿Dónde? ¿En el váter? ¿Te deshiciste de ellos cuando jalaste la cadena?
—Así es agente.
—Te has metido en un serio problema, chico —me dice Cerebro mientras anota los datos de mi DNI en su libreta.
—¿Y ahora qué harán? —pregunto.
—Llamaremos a la policía y ellos se encargarán de ti —me dice Cerebro.
Pinky se acerca por detrás y saca las esposas. Ante tales circunstancias solo se me ocurre una cosa. Empiezo a jadear grotescamente y a golpearme el pecho con los puños con violencia. Intento imitar a alguien que está sufriendo un ataque cardíaco, pero soy tan malo en mi interpretación que más parezco una parodia de King Kong haciendo berrinche porque le acaban de quitar a su chica rubia. Pinky y Cerebro se quedan quietos y solo se limitan a mirarme con expresión extraña. Imagino que mis brincos y bufidos en lugar de un ataque al corazón, lo que les hace creer es que sufro un subidón de pastillas que flipas. Me aprovecho de ello y mientras salto como un gorila loco comienzo a botar saliva por la boca. Cerebro reacciona tapándose la cara con mi DNI para que no le caigan mis escupitajos. Pego un salto hacia él, le quito mi documento y de otro salto estoy fuera del baño. Sigo brincando y dando bufidos hasta la salida de la Vaguada con Pinky y Cerebro siguiéndome detrás ante la sorpresa y sonrisas generalizadas de la gente. Una vez en la calle comprendo que se avanza más rápido si me yergo y corro como un ser humano normal, cosa que hice hasta perder a los agentes por completo.
Llego al lugar en donde estaba aparcado el coche en donde dormí la noche anterior. Era un Volkswagen pero ahora ya no está. No me importa. Esta noche dormiré en un Audi. Y si mañana me coge un nuevo apretón me iré a otro baño en donde tengan un mejor servicio de atención al cliente además de un papel higiénico suave y perfumado.
Mañana iré al Corte Inglés.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Vol 3: (The Subliminal Verses)” del grupo Slipknot.
² Grupo norteamericano de Nu Metal.
³ Baterista del grupo Slipknot.