miércoles 26 de septiembre de 2007

Hoy Te La Meto Hasta Las Orejas¹

—¿Por qué te has rapado el pelo? Así tu cabeza parece una polla.
Hace media hora me llamaron de la ETT para un curro en Serrano. Reponedor en una perfumería muy importante, me dijeron. Y también que pagaban muy bien, a quince euros la hora. Como suelen pagar no más de ocho, no me lo pensé dos veces. ¿A quién se la tengo que chupar?
—Y esa barba, que más parecen los pelos de un coño ¿por qué no te la afeitas?
Así que aquí estoy ahora, reponiendo mercadería en esta perfumería de pijos. Mi labor consiste en traer perfumes, colonias, fragancias, cremas y todo tipo de mierdas que no bajan de cien euros la unidad, desde el almacén hasta el interior de la tienda en donde las promotoras las venden. Unas chicas obligadas a estar de pie todo el día, sonriendo dentro de unos ridículos trajes rojos. Tan ridículos como los envases de los perfumes que venden, pero más baratos.
—Y esa ropa andrajosa que llevas ¿de qué cubo de basura la has sacado?
El curro no es difícil. Aún así, en la ETT me advirtieron que, a pesar de la buena paga, nadie había querido aceptarlo. Todos decían que el dueño era un viejo provocador y que se regocijaba dándote la lata hasta que perdías el control y te ibas. Decían que estaba loco y que se parecía a
Gollum, de “El Señor de los Anillos”.
—Eres maricón ¿verdad? Por eso llevas esas botas tan grandes. ¿Por qué no te pones también falda?
A mí en cambio, cuando lo vi, no me pareció que estuviera más loco que el común de la gente. Y con respecto a lo otro, este viejo era más enano, más raquítico, más orejón, tenía mayor opresión ocular y sus venas moradas se le podían ver con mayor claridad alrededor de su enorme cráneo pelado. En fin, que
Gollum al lado de éste era Pierce Brosnan.
—¡Eh tú,
Rasputín con alopecia! ¿Me oyes? ¡Quítate ahora mismo los cascos de la radio!
De todas maneras traje mi MP3 por si acaso. Bueno, en realidad siempre lo llevo conmigo. Escucho a
Extremoduro². Gollum está detrás mío desde hace rato abriendo y cerrando su boca, pero no oigo lo que me dice. Ahora me hace gestos con sus manos huesudas y cubiertas de arterias rojas. Parece que quiere que me quite los cascos.
—¿Sí? —digo nomás quitármelos.
Gollum y yo estamos al lado de la vitrina de Chucho Bozz en donde también está la promotora de Chucho Bozz colocando las colonias de Chucho Bozz que huelen a meado de chucho.
—¿Ya terminaste? —me pregunta Gollum.
—¿Terminar qué?
—A ver, chaval. ¿Qué es lo que estabas haciendo?
—Acababa de traerle a la promotora las cuatro colonias Chucho Bozz que me pidió.
—¿Ya se los has dado?
—Pues, sí.
—Bien. A eso me refería cuando pregunté si terminaste.
Gollum sonríe maliciosamente y dice:
—Ahora te toca ser promotor.
—¿Promotor? A mí me llamaron para reponedor, no para promotor.
—A ti te llamaron —me dice Gollum elevando el tono de su voz— porque yo llamé a la ETT y les pedí un chico trabajador y no un gilipollas que esté tocándose los huevos todo el día. ¿Tú eres una chica trabajadora?
—Soy un chico.
—Perdón. Es que con esas botas pareces una chica. Bueno, respóndeme ¿eres un chico trabajador?
—Soy un chico que necesita dinero.
—Perfecto. Tú necesitas dinero y yo necesito a un reponedor-promotor. Ya terminaste tu labor como reponedor. Ahora te toca como promotor.
Gollum le arranca de las manos la colonia Chucho Bozz a la promotora. Ésta lo mira furiosa pero, cuando el dueño voltea, a la chica no le queda más remedio que bajar la mirada. No había elección. El cabrón tenía la pasta.
—Verás, ser promotor es muy sencillo. Solo tienes que echarte en las manos un poco de la colonia que vas a promocionar…
Gollum aprieta el spray y me suelta la colonia Chucho Bozz directo a los ojos. Joder. Me arden como el carajo.
—Perdón. Fue sin querer. Decía que solo basta con echarte en las manos un poco de la colonia que vas a promocionar, se lo haces oler al cliente y ya está. Se lo vendes. Sencillo ¿verdad? Ahora, toma esta colonia y vete a hacer tu labor.
Gollum me da la colonia. Se la recibo y me quedo plantado al lado de la promotora de Chucho Bozz. Mis ojos todavía me siguen ardiendo.
—¿Qué haces? —me pregunta Gollum.
—Lo que me dijo. Promocionar la colonia Chucho Bozz.
—Pero no aquí, coño. Ve afuera a la calle. Tienes que ir en busca de los clientes, no esperar a que los clientes lleguen a ti. Promotoras aquí dentro hay un huevo.
Era obvio que lo que Gollum quería era que me rinda y que me largue como todo el mundo hacía. Burlarse de la gente necesitada era su hobby. Pero si lo mandaba a tomar por culo, entonces él también ganaba puesto que eso demostraba, dentro de su fantasía, que todos los chicos de hoy en día éramos unos haraganes y que queríamos todo fácil. Antes los jóvenes éramos mejores, seguro que pensaba. Yo le iba a demostrar lo contrario.
Salgo con la colonia a la calle y, entre los transeúntes, comienzo a buscar a posibles clientes. Pero todos pasan de mí. Son las dos de la tarde de un lunes y Serrano, a estas horas, está de bote a bote porque todos salen de sus curros a comer. La peña está apurada y cuando me acerco a alguno, me mira con cara de estreñido y sigue su camino.
A lo lejos veo a una abuela que se acerca jalando algo del suelo. Tiene pinta de ser amable así que me le acerco.
—Hola, estoy promocionando esta colonia que tiene una fragancia que te cagas —le digo a la vieja que ahora me hace señas con las manos.
Pero cuando me doy cuenta es demasiado tarde. La abuela quería que me alejara porque lo que jalaba era una cadena. Cadena que a su vez está unida al collar de un gigantesco perro. Un Gran Danés parecido a
Scooby Doo que en estos momentos olfatea el ambiente y que ahora clava sus ojos en mí. Sus ojos enamorados. Había sido conquistado por el aroma de Chucho Bozz.
Me doy media vuelta y pongo primera. Detrás de mí el Gran Danés se ha soltado de su dueña y me persigue. Corro como un loco por Serrano tropezándome con algunos transeúntes que caen en la acera. Veo el portal de la perfumería y entro. Me oculto detrás de la anfitriona de Pier Condón.
—¿Qué es lo que te pasa, coño? ¿Por qué ese jaleo? —me pregunta Gollum.
—Acabo de encontrarle un cliente que está muy interesado en la colonia de Chucho Bozz. Parece ser que quiere llevarse todo lo que haya en la vitrina.
—¿Todo?
—Sí. Pero entonces yo le dije que no estaba autorizado a venderle todo. Que para eso estaba el dueño. Por eso me vine.
—¿Y el cliente dónde está?
—Afuera.
—¿Lo dejaste en la calle? ¡Me cago en la puta!
Gollum me arranca de las manos la colonia y se echa Chucho Bozz por todo el cuerpo.
—¿Cómo es el cliente? —me pregunta.
—Grande. Muy grande.
Gollum se dirige a la puerta. Nos mira con desprecio a mí y a las promotoras.
—Todas vosotras sois unas inútiles —nos dice a medida que avanza en dirección a la calle—. No sabéis hacer nada bien. Si no encuentro a ese cliente os juro que hoy no cobráis. Me cago en la puta.
Gollum sale a la calle. Desde dentro de la perfumería las promotoras y yo le observamos. Primero le vemos mirar de izquierda a derecha. Está buscando a un cliente, les explico a las chicas. Luego vemos cómo el rostro de Gollum cambia de expresión. Sus ojos se agrandan hasta casi salirse de sus órbitas y su boca se abre como si fuera a mamarle la polla a King Kong. Acaba de encontrar al cliente, les explico a las chicas. Después vemos cómo el Gran Danés se tira encima de Gollum que cae al suelo gritando. El perro lo tiene cogido entre las patas y empieza a frotar su enorme polla roja sobre el diminuto cuerpo de nuestro jefe. Lo baña en
lefa. Las chicas me miran. Buscan una explicación. Se las doy:
—Está disfrutando de su tesssoooro³.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Yo, Minoría Absoluta” del grupo Extremoduro.
² Grupo español de Rock Duro.
³ De la trilogía de “
El Señor de los Anillos” de J. R. R. Tolkien. Alusión a una frase que Gollum decía con respecto al Anillo de Poder: “Mi tesoro. Es mío, solo mío”.

sábado 22 de septiembre de 2007

Infestado De Gusano¹

Hace tres días que como solo pan. No tengo pasta, como siempre. Para pasar el hambre escucho a Cannibal Corpse² en mi MP3. Esas voces guturales propias del rock extremo son las que hacen que la vida sea más llevadera. Por lo menos la mía. Riffs de guitarras que suenan como el murmullo de las abejas; baterías que retumban como una estampida de elefantes; coros que se oyen como el rugido de los leones… En suma, la naturaleza misma, joder. Estoy seguro que en la jungla no pasaría hambre. Bastaría con treparme a un árbol y coger un plátano, como los monos. Y si quisiera follar, no necesitaría condón. Ese es el problema del ser humano. Se ha hecho la vida complicada en nombre del progreso. Y a la gente que somos simples, que solo nos contentamos con lo básico, que nos den por el culo porque ni lo básico nos permiten. Por eso este tipo de música me pone. Porque me transporta a las raíces, a lo primitivo, a aquello que se ha perdido. ¡Hostias! Qué belleza. Ahora mismo escucho a George “Corpsegrinder” Fisher³ gritar como un gorila en celo. Y ahora suena una guitarra. Es un efecto extraño el que hace esta guitarra porque suena muy mal. Como una caja musical desafinada. ¡Joder! Es el puto timbre de mi móvil.
—¿Hola?
—¿Franco DiMerda? —me responde una voz femenina al otro lado de la línea.
De inmediato intuyo quién es, qué es lo que quiere y qué es lo que va a suceder en las próximas horas. Su putamadre. La misma rutina de siempre.
—Puede ser —respondo desganado.
—Tienes un trabajo en una tienda de muebles en la Moncloa a las diez en punto. Pagan ocho euros la hora y son cuatro, hasta las dos. Pero antes, ya lo sabes, tienes que pasarte por aquí a firmar el contrato y a recoger las boletas.
—¡Pero si son las nueve y media! No voy a llegar a tiempo —digo, a pesar de saber de antemano la respuesta.
—Entonces llamaré a otro.
—¡No! ¡No! Vale. Iré. Necesito el dinero.
Putas ETT. Siempre me llaman para curros urgentes. Y si les fallas, nunca vuelven a llamarte. Yo nunca he fallado. A todas sus mierdas siempre les he dicho que sí. Saben que no tengo empleo, pero lo peor, saben que nunca les digo que no. Soy una zorra.
Quince minutos más tarde estoy en la ETT. Queda en el centro.
—Hola, María —saludo nomás entrar. María (en Madrid el ochenta por ciento de las mujeres se llaman María) es consultora de la ETT y también anoréxica (como el noventa por ciento de las madrileñas). Ella, por supuesto, cree que así está más atractiva.
—¿Otra vez vienes vestido así? —me dice.
A María no le gusta mi aspecto. Como tampoco al cien por ciento de la capital.
—Es que el vestido de mi madre me quedaba un poco chico —respondo.
—La semana pasada una empresa de telefonía muy importante me llamó pidiéndome un joven para cubrir un puesto de conserje. Ofrecían contrato fijo, Seguridad Social, tres pagas extras al año y un bonito uniforme color rojo. Era un buen trabajo ¿sabes? Pensaba llamarte, pero cuando recordé tu cabeza pelada, tu barba mugrienta y tus harapos negros como un zombi roñoso, decidí llamar a otro.
—¿Dónde dices que queda la tienda de muebles?
María me alcanza el contrato. Cojo un boli y firmo. María me da las boletas y dice:
—Veintiséis de Alberto Aguilera. Tienes que llegar en diez minutos.
—¿Sabías que esa pequeña costra que tienes sobre la ceja izquierda te queda muy sexy?
—Te quedan nueve minutos.
Salgo corriendo de la ETT. Volteo y, antes de perderla de vista, logro ver a María examinándose la ceja en un espejito de mano. Después de eso, lo más probable es que no me llame en un mes.
A los ocho minutos estoy en la tienda de muebles. El metro vuela, dicen. Eso es falso. Cuando uno está hambriento, las piernas se convierten en las llantas de un Porsche y el culo en el tubo de escape de un Ferrari.
—Hola —les digo a dos tíos de mono azul que están descargando muebles de un camión. El vehículo está aparcado justo delante de la tienda.
—No me digas que tú eres el chico que envía la ETT —me dice uno de los cargadores. Es bajito y cabezón. Y con el mono azul parece Doraemon.
—Sí —respondo.
—Jodeeer, jodeeer… —dice Doraemon negando con la cabeza— El jefe no te va dejar ni que toques los muebles.
—¿Y eso, por qué?
—Mejor sería que te fueras —me dice su otro compañero que es más alto y tiene la cabeza en forma de pepino.
—Ni hablar. Antes me tiene que firmar las boletas. ¿Dónde está?
—Dentro de la tienda —responde pepino.
Entro a la tienda y me encuentro con un tío de unos cincuenta años, bien conservado, cachetes de nalgas y colorado como la punta de una polla erecta. Tiene un parecido a Bill Clinton. Está moviendo un sillón y no me ha visto.
—Bill. O que diga… ¡Hola!
Bill alza la vista y me ve. Yo continúo hablando.
—Me llamaron de la ETT. Me dijeron que necesitaban un ayudante en esta dirección. Así que… aquí estoy.
Bill abre la boca y se queda petrificado. Con la boca así, totalmente abierta, el tío ya no parece Clinton si no Mónica Lewinsky.
—¿Qué es lo que tengo que hacer? —pregunto— ¿Ayudar a esos tíos a descargar el camión? ¿O quizás echarte un cable con ese sillón?
Me acerco a Bill e intento mover el sillón que antes estaba moviendo.
—¡Déjalo! —me grita Clinton saliendo de su letargo— ¡No toques nada! ¡Vete!
—¿Irme? Pero si recién llego.
—¡Me da igual! ¡Yo puedo solo! ¡Vete!
—¿Y mis boletas? Necesito que me las firme. Cuatro horas fue lo que me dijeron.
—¡Dámelas!
Le doy las boletas. Clinton las coge, se sienta en el sillón que antes movía y las firma con mano temblorosa.
—Y toma diez euros más —me dice sacando el dinero de su billetera—. Ahora, por favor, vete.
Mientras salgo de la tienda, escucho claramente tras de mí sus sollozos.
—¿Qué le pasa a ese tío? ¿Está loco? ¿Por qué está llorando? —pregunto a los cargadores del camión nomás salir.
—Es una larga historia —me dice Doraemon—. Hace como treinta años, el jefe se casó con una chica muy guapa y tuvieron un hijo. Fue en el tiempo en que inauguró su primera tienda. Una boutique de ropa muy elegante en la Calle Serrano. Bueno, resulta que un día el jefe jugaba con su hijo en la boutique y un asaltante entró y disparó, matando al niño…
—Y el asaltante se parecía a mí.
—No. Déjame continuar. Decía que el asaltante entró y mató al niño. Eso le dio al jefe la idea de poner también un negocio de servicios de seguridad. Todo iba muy bien, hasta que su mujer se fue con otro tío. Un gilipollas…
—Y ese gilipollas se parecía a mí.
—No. Era un viejo gilipollas. Pero tenía un gran coche. Así que al jefe se le ocurrió también incursionar en el negocio de la compra y venta de coches usados. Fue uno de los pioneros en España y le iba que te cagas. Hasta que un día, mientras transportaba a su madre en uno de esos coches, un imbécil se cruzó en su camino y el jefe se estrelló en el portal de un edificio. Su madre murió en el accidente.
—Y ese imbécil se parecía a mí.
—No. Para nada. Lo que ese imbécil hizo fue que el jefe se fijara mejor en los edificios. Así que decidió incursionar también en el negocio inmobiliario. Ahora el jefe es dueño de docenas de pisos y de otros tantos locales comerciales en todo Madrid. Como esta tienda de muebles, por ejemplo. También es suya.
—¿Y yo que pinto en todo esto?
—El jefe —me dice ahora acercándose y con voz muy baja el cabeza de pepino— siempre quiso ser, de joven, cantante de rock. Como los Black Sabbath o los Led Zeppelin. Ya sabes. Andar con esas barbas largas, todo guarro y apestoso. Pero nunca pudo. Se le pasó la edad. Y por eso ahora, cada vez que ve a alguien como tú, le haces recordar su desgracia.
Son las diez y cuarto y estoy otra vez en el metro rumbo a la ETT para entregar mis boletas firmadas. Y me siento pésimo. Habiendo gente como ese jefe con problemas tan graves, ¿cómo se me ocurre pensar en comida? Soy un puto egoísta insensible.
Hoy comeré bocadillo de tortilla.

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¹ “Worm Infested”, título de una de las canciones del álbum “Worm Infested” del grupo Cannibal Corpse.
² Grupo norteamericano de Death Metal.
³ Mote del vocalista de Cannibal Corpse.

domingo 16 de septiembre de 2007

Te Vas A Kagar¹

Domingo, diez de la mañana. Hace un frío del carajo y estoy sentado en el suelo de una de las muchas plazas con iglesia que supuran en el centro de Madrid. Este es uno de los pocos lugares en donde todavía te permiten sentarte gratis. Para pasar el frío escucho a A Palo Seko² en mi MP3 y leo un cómic, “Quotidianía Delirante”, de Miguelanxo Prado. Utilizo como espaldar una de las cuatro bancas de piedra que, me imagino, se construyeron hace por lo menos tres siglos. Patrimonio de la humanidad, les dicen ahora. Por el estado de los cuatro patrimonios, rotos y con pintas de graffiti, solo el término “humanidad” les sienta correctamente.
—¡Oye, tío! ¿Tienes papel? —me pregunta un vagabundo de unos sesenta años. Se parece a Harrison Ford, solo que más demacrado y con ropas más baratas. Apesta a mierda de perro. Harrison Ford con olor a culo de perro.
—No, tío. No fumo —respondo sabiendo que no me va a creer.
—¡Mientes! No me quieres dar papel porque crees que te voy a robar.
—No, tío. En serio que no fumo.
—¡Y una mierda! Todos los tíos como tú siempre llevan papel, chocolate y maría. ¡A mí no me engañas!
—¿“Todos los tíos como tú”? ¿Qué significa eso? —pregunto sabiendo también lo que me va a responder.
—¡Tu cabeza rapada, tu barba greñuda, tu ropa negra, tus botas con chapas de metal...! ¡Eres un yonki, coño! ¡A mí no me engañas! Seguro que tienes los bolsillos llenos de perico! Anda, invítame un poco. No seas tacaño.
—Tienes razón —le respondo intentando ser cortés—. Mi droga es el Metal y lo esnifo por las orejas. Venga, pruébalo. Yo invito.
Le alcanzo los cascos al vagabundo y éste se los coloca con cierto recelo. Aumento el volumen de mi MP3. Tanto que logro dos cosas:
Uno: escuchar claramente los gritos de J.R.³ desde donde estoy sentado.
Y dos: hacer que Harrison Ford pegue tal salto que sus zapatos agujereados salen volando hasta el portal de la iglesia cincuenta metros más allá.
—¡Me cago en dios! —grita Harrison cabreado— ¡Esto no es música! ¡Esto es una mierda! ¡Una puta mierda!
—¿Qué pasa, Popo? ¿Por qué gritas? —interviene otro vagabundo que, a diferencia de Harrison, apesta, sí, pero no a mierda de perro si no a meado de gato. Además es gordo y tiene la nariz como una patata de medio kilo. Se parece a Gerard Depardieu. Con olor a polla de gato.
—¡Este yonki de mierda dice que soy un ladrón y me ha sacado los zapatos y me los ha tirado! —Harrison señala sus pies descalzos y luego señala en dirección a la iglesia. En el portal del templo dos ancianas han recogido los zapatos del vagabundo y ahora los están examinando. Logro ver cómo ambas se tapan las narices y ponen cara de asco.
—¿Es cierto eso, yonki de mierda? —me interroga un Gerard amenazador. Ambos vagabundos se me acercan tanto que no solo me tapan la poca luz del sol, sigo sentado en el suelo, si no que el olor a mierda y a meado se vuelve aún más penetrante.
—No —respondo intentando mantener el tipo—. Topo, Copo o Loto, como le llamas, me pidió papel y yo solo le dije que no tenía.
—¿Te das cuenta? ¡Todavía me insulta! —grita Harrison cabreado.
—¿Te crees mejor que nosotros, no? —me dice Gerard cogiéndose la cremallera y apretándose el paquete— ¿Solo porque tienes un “emes” no sé cuántos...
—MP3— corrijo.
—Eso. ¿Solo porque tienes un “emes tres pies” te crees que puedes pasarnos por el forro, eh? ¿Sabes lo que Popo y yo les hacemos a los yonkis pijos como tú?
No estaba dispuesto a averiguarlo. Así que intento levantarme lo más rápido posible. Pero no puedo. Mis dos piernas se han entumecido y no las siento. Es lo que me suele pasar cuando estoy sentado en el suelo mucho tiempo. Me pongo de pie por breves segundos pero luego pierdo el equilibrio y caigo sobre Harrison Ford. Me tengo que coger de sus hombros para no besar el suelo.
—¡Me quiere ahorcar! —grita Harrison espantado— ¡El yonki de mierda me quiere ahorcar! ¡Ayúdame, Bollo!
Siento unas manos sobre mi calva que me jalan hacia atrás. Suelto los hombros de Harrison y caigo de espaldas al pie de la banca. De inmediato averiguo lo que ambos vagabundos le hacen a los yonkis pijos con “emes tres pies”. Primero siento una patada en la pierna, luego otra en la espalda, luego otra en el estómago, luego otra y otra y otra. Juegan fútbol conmigo. Todas las patadas duelen, pero confieso que la peor es la que sentí en el rostro. Y no por el dolor. Si no por lo guarra. Joder. Olí en primer plano la planta del pie de Harrison Ford.
—¡Oigan! ¡Qué pasa! ¡Dejaos de pelear! —grita una de las ancianas desde el portal de la iglesia. Se aproxima a nosotros y lleva colgado del cuello un rosario y en su mano derecha uno de los zapatos de Harrison.
—¡María! ¡Roberta! ¡Matilde! ¡Muchachas! ¡Unos mendigos se están peleando! —grita la otra anciana en dirección al interior de la iglesia. También lleva colgado del cuello un rosario y en la mano derecha el otro zapato del vagabundo.
De pronto, del interior del templo, sale otra anciana que también se dirige hacia nosotros. Luego sale otra y otra y otra y otra. En breves segundos los dos vagabundos y yo nos vemos rodeados por toda una congregación de viejas rezadoras. Calculo que unas treinta o algo así. Los vagabundos están inmóviles, aterrados. Yo sigo tirado en el suelo. Mis piernas todavía siguen entumecidas.
—¿Por qué os peleáis, indigentes? —pregunta la primera anciana, la del zapato, en un tono imponente. Parece ser la líder del grupo —¿No sabéis que estáis en lugar sagrado? —señala con la mano del zapato en dirección a la iglesia— ¿Qué falta de respeto es esa?
Y luego continúa:
—Es cierto que todos somos hijos de Dios. Jesús dijo: “Bienaventurados los pobres, que de ellos será el reino de los cielos”. Los pobres, dijo, no los vagos ni pelagatos. Pero por eso Jesús murió en la cruz. Por vuestra culpa. Para salvaros a todos vosotros del pecado. Vagabundos, drogadictos, prostitutas… Jesús se sacrificó por los pecadores para que podáis tener acceso al reino de los cielos. Pero para poder entrar a su reino tenéis primero que arrepentiros de vuestras vidas libertinas y rezar mucho, pero mucho, mucho, mucho.
La anciana ahora se dirige a Harrison Ford. Se le acerca bastante, tanto que éste aparta hacia atrás su rostro espantado. Sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, la vieja levanta la mano que lleva el zapato y zarandeándolo todo lo alto que su corto brazo le permite pregunta:
—¿De quién es este zapato mugriento?
Nadie responde.
—He preguntado ¿de quién es este zapato mugriento?
—Mí… mí… mío —responde Harrison pálido de susto.
—¿Sabéis chicas dónde encontré este zapato mugriento y asqueroso? —la vieja continúa zarandeando el calzado en todo lo alto mostrándolo como si fuera una especie de trofeo.
—Noooooooo —responde en coro la congregación entera.
—¡En el portal de nuestra iglesia!
Un potente murmullo de desaprobación se escucha en toda la plaza.
Finalmente siento que mis piernas ya no están entumecidas y, para comprobarlo, estiro una lo más fuerte que puedo. Y sí, mi pierna responde, pero lo que no puedo evitar es la dirección hacia donde se estrella la punta de acero de mi bota: los huevos de Harrison Ford. Éste, en un movimiento reflejo, se agacha para cogerse los huevos y su rostro queda atrapado entre las dos tetas talla 46 de la vieja del zapato que tenía enfrente.
—¡Además de hereje, pervertido! —es lo último que grita la vieja.
Porque luego las que gritan son todas las abuelas que en un arranque de ira santa cogen a Harrison Ford y a Gerard Depardieu y los linchan hasta dejarlos en pelotas. Y suerte que quizás también habría sufrido yo de no ser porque todavía seguía tirado en el suelo. Aprovechando el jaleo, cojo el cómic de Miguelanxo Prado y me arrastro calle abajo. No sé cuántas calles llevo arrastrándome, muchas personas pasan por mi lado mirándome de reojo, pero no es si no hasta que veo una boca de metro que finalmente me pongo de pie. Y solo entonces me doy cuenta de la terrible desgracia que acaba de suceder.
Mis ropas están manchadas con caca de perro.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Kaña Burra del Henares” del grupo A Palo Seko.
² Grupo español de Thrash Metal.
³ Mote del vocalista de A Palo Seko.