miércoles 17 de octubre de 2007

Basura Humana¹

—Hola.
—Espera que apago mi MP3. Ahora ya te oigo. Hola.
—¿Qué música escuchabas?
Suffocation².
—¿Y eso qué es?
—Death Metal.
—Eres un siniestro ¿no?
—Un
Metalhead, diría yo.
—Yo es que no entiendo de eso.
—No te angusties. Suele pasar.
—A mí me gustan
Shakira y Britney Spears.
—A mí también.
—¿De veras?
—Así es. Cuando tienen la boca cerrada pueden llegar a ser encantadoras.
—Joder, macho. Eres un poco cabroncete ¿no?
—Alguien no tan desorejado, diría yo.
—Me llamo
Gustavo, como la rana de Los Teleñecos³ pero menos verde.
—Franco DiMerda, como el
dictador pero con menos caca. Un gusto.
—Te envían de la
ETT ¿no?
—Así es. ¿A ti también?
—No. Yo trabajo aquí. Soy fijo.
—¿Y qué es exactamente lo que hay que hacer, Gustavo?
—Pues como verás, esto es un almacén de bolígrafos, y lo que harás, Franco, será echarme una mano empaquetando los pedidos. ¿Tienes experiencia como mozo de almacén?
—Tengo experiencia en todo lo que me paguen.
—Así me gusta. Un tío con iniciativa.
—Un tío con necesidad, diría yo.
—No me digas que no te gusta currar.
—No.
—¿No qué?
—No te lo digo.
—Joder, Franco. Currar no es malo. Al contrario, es lo que hace que las cosas funcionen. ¿Te imaginas si nadie trabajase? El mundo se iría a la mierda.
—En la mierda estamos hace rato, trabaje la gente o no.
—Trabajar es hacer ejercicios, oxigenarse el cuerpo, hacer que la sangre corra por nuestras venas…
—Con un polvo obtengo los mismos beneficios.
—Trabajar es sentirse vivo.
—Trabajar es morir a plazos.
—Trabajar es un objetivo de vida. Un fin en sí mismo.
—Trabajar es un medio penoso para obtener dinero.
—Solo a los perezosos no les gusta trabajar.
—Ni a los grandes artistas, filósofos, investigadores...
—Trabajar es la quintaesencia de… de… de…
—¿La estupidez?
—No. Trabajar es la quintaesencia del ser.
—Del padecer, diría yo.
—Me refiero a que, si no existiera el trabajo, no seríamos nada. Te pongo un ejemplo muy sencillo, Franco. ¿Qué harías tú si dentro de cinco minutos te enteras de que te has sacado la lotería? El premio mayor, un millón de euros, digamos.
—¿Qué haría? Pues me iría de aquí.
—¿A dónde?
—A comprarme un piso.
—¿Y qué más?
—Luego iría al súper y me compraría comida.
—¿Y qué más?
—Luego iría a las tiendas de cómics y me compraría las obras completas de mis autores favoritos.
—¿Y qué mas?
—Luego me iría a los mejores conciertos de todo el mundo: al
Festimad, MetalWay, Extremúsika, Derrame Rock, Azkena Rock, Atarfe Vega Rock, Bilbao Live Festival, Rock in Río, Metalmania Festival, Ozzfest, Wacken Open Air, Download Festival
—¿Y qué más?
—Luego me iría a casita a leer alguno de mis nuevos cómics.
—¿Y qué más?
—Después me levantaría de mi cómodo sofá y me iría caminando hasta la cocina. Me prepararía un bocata de tortilla y sacaría una cerveza fría de la nevera. Primero comería el bocata y al final me tomaría la cerveza. Pasadas dos horas iría al baño y cagaría un poco. Bueno, en verdad, después de haber comido todo lo que se puede comer un millonario cagaría mucho pero muchísimo. Después me limpiaría el culo con papel higiénico. Tendría que ser un papel higiénico suave, de esos que no raspan y que son perfumados…
—Vale, Franco. No hace falta que des detalles. Cuando te pregunto qué más, me refiero a cosas más genéricas y no a cositas del día a día.
—Gustavo, precisamente las “cositas” del día a día es lo que llamamos vida y el trabajo es lo que hace que descuidemos eso.
—Joder, Franco. A esa conclusión no era a la que quería llegar.
—¿Entonces?
—Tú decías de que si te ganases la lotería lo que harías sería dejar inmediatamente el trabajo para irte a comprar un piso ¿cierto?
—Y cómics. No te olvides de los cómics.
—Vale. Cómics.
—E ir a los conciertos. Tampoco te olvides de eso.
—Comprar un piso, cómics, entradas de conciertos, comprar, comprar, comprar. Todo comprar.
—Para eso sirve el dinero. ¿O tú lo regalarías? Joder, eres de lo que no hay. Te felicito...
—No. No lo regalaría. Pero ten por seguro de que si me ganase un millón de euros en la lotería, no me iría del trabajo. Me quedaría aquí mismo donde me ves.
—¿Continuarías trabajando como Mozo de Almacén en este roñoso establecimiento de bolígrafos ganando ochocientos putos euros al mes, 55 horas semanales?
—Así es.
—¿Lo dices en serio, Gustavo?
—Muy en serio.
—¿Por qué?
—Porque si dejo el trabajo no sabría qué hacer con tanto tiempo libre.
—Podrías descansar.
—Necesito moverme.
—Podrías moverte montando bicicleta o incluso haciéndote una paja.
—No es lo mismo.
—Podrías leer, viajar, conocer gente nueva, aprender idiomas… hay tantas cosas que hacer en lugar de estar encerrado en un almacén de diez metros por diez, cargando cajas de veinte kilos e iluminado con luz artificial.
—Viajar lo hago en vacaciones.
—Pero solo te dan un puto mes para hacerlo. Treinta días de sosiego y 326 días de pesadilla.
—Mi trabajo no es una pesadilla. Mi trabajo me proporciona disciplina.
—Y cuando seas viejo te proporcionará un lumbago que no veas.
—No lo entiendes, Franco. Si no existiera el trabajo no seríamos nada. Eso es lo que intento decirte.
—Eso no es cierto, Gustavo. Existen personas que, tengan un trabajo o no, siempre son lo mismo y tú eres uno de ellos.
—Un gilipollas. Seguro es lo que piensas que soy.
—No. Gilipollas soy yo. Tú eres otra cosa. Así no tengas trabajo, siempre serás algo. Nunca nada. Una canción. Eso es lo que eres, Gustavo. Una canción de
Suffocation.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Human Waste” del grupo Suffocation.
² Grupo norteamericano de Death Metal.
³ Conocidos en América Latina como “El Show de los Muppets”, son títeres creados por Jim Henson que tuvieron una exitosa serie de televisión ente los años 1976 y 1981.

viernes 12 de octubre de 2007

Casas Vacías¹

Estoy en el metro de Madrid. Son las siete menos cuarto de la tarde de un viernes y el andén está lleno a rebosar. Existen tres clases de personas en el metro la noche de un fin de semana:
Uno. Los que salen de sus trabajos. A estos los reconoces por la cara de cansancio y hastío que llevan en sus caras. Desearían estar muertos, pero el desempleo los acojona más. También se los reconoce por cómo van vestidos. Ropa formal de muy mal gusto que nunca en sus vidas comprarían, a menos que sea por obligación.
Dos. Los que se van de marcha. A estos los reconoces por la cara de alegría prestada que otorga el exceso de alcohol y
porros. Desearían estar vivos, pero la falta de estimulantes artificiales los acojona más. También se los reconoce por cómo van vestidos. Ropa informal de muy mal gusto que nunca en sus vidas comprarían, a menos que sea por desorientación.
Y tres. Los que se dirigen a sus trabajos, es decir, los primos que curran mientras los demás se divierten. Estos son más difíciles de reconocer porque son más o menos una combinación de los dos anteriores. No sabes si sus rostros expresan fatiga bovina o felicidad supina. Ni tampoco si desearían estar muertos o vivos. Y mucho menos intentes reconocerlos por cómo van vestidos porque una paella combina menos ingredientes y con mejor gusto.
En este último grupo me encuentro yo.
Bueno, solo será un curro de dos días. Eso fue lo que me dijo María, la consultora de la
ETT, cuando me llamó al móvil. Por eso me dirijo al centro, para firmar el contrato y recoger los boletines de trabajo. Mientras espero en el andén escucho a Soziedad Alkohólika² en mi MP3.
Un ruido ensordecedor se adueña del recinto. El metro acaba de llegar. Subo al vagón que está lleno a rebosar. Hago el camino parado, o debiera decir, suspendido entre las espaldas y las barrigas de los pasajeros que me apretujan. Cuando el vagón del metro se detiene en mi destino y abre las puertas, me escupe como quien expulsa una flema que se te ha quedado en la garganta. Una vez en el andén, no obstante, todavía no ha terminado la tortura. Porque ni bien mi cuerpo se está recuperando del entumecimiento que le significó viajar como sardina, cuando un gran banco de ballenas salidas de las otras puertas del metro se me aproximan y empujan desesperadas hacia la superficie exterior, como si se ahogaran y les faltara el aire para respirar. Una vez fuera, en la jungla, reviso preocupado los bolsillos de mi pantalón. Y compruebo, aliviado, que están vacíos, como siempre.
Dos minutos más tarde estoy en la ETT.
—Hola, María —saludo nomás entrar.
—¿Otra vez vienes vestido así? —me dice. No sé por qué no me sorprende.
—¿Cómo “así”? —le digo sabiendo de antemano la respuesta.
—Tú sabes a qué me refiero. La cabeza pelada, la barba roñosa, la ropa negra, la piel pálida... Pareces el papá de
Nosferatu —me dice.
—Tendré en cuenta el nombre cuando tengamos un hijo.
—¡Ja! Yo no estaría contigo ni así fuera una puta.
—Por eso no estás conmigo.
Hay un breve silencio. En la frente de María aparece un ceño.
—Lo lamento —me dice con voz de ultratumba—. Viniste en balde. El puesto se lo daremos a otro.
—Pero ¿por qué? —pregunto cuando en verdad quiero gritarle: ¡¡Puta vengativa!!
—Porque el puesto de Mozo de Almacén requiere disponibilidad mañana sábado y domingo en la madrugada...
—Yo tengo disponibilidad en la madrugada...
—EN LA MADRUGADA EN VALDEMORO —sentencia la puta vengativa—. Y tú vives en Barrio del Pilar, según tu
currículum. Y no tienes coche, que yo sepa.
Una sonrisa sarcástica se dibuja en el rostro de María.
—Sí que lo tengo —digo—. No un coche, sino un tío que vive allí. Y como solo son dos días no tendrá ningún reparo en acogerme. ¿Dónde firmo el contrato?
La sonrisa de María desaparece. En su lugar asoma la expresión de
Emily Rose.
Después de firmar el contrato y recoger los boletines de trabajo me dirijo raudo al metro. Tengo que llegar a casa de mi tío antes que apague las luces. Llego a Atocha y tomo el Renfe dirección Valdemoro. La gente que llena el Renfe no es distinta que la del metro: los currantes, los marchosos y yo. Cuando llego a mi destino alrededor de las ocho, me apresuro en salir a la calle. La vieja estación de Valdemoro desemboca en un gran parking y luego en una especie de descampado. No estoy en la parte antigua sino en la nueva por lo que solo hay chalets de dos plantas. A la izquierda veo lo que me interesa. Dos edificios de apartamentos color ladrillo. Me dirijo a uno de ellos.
Antes de llegar al portal veo las ventanas de los pisos superiores. Ya es noche y la mayoría de las luces de los apartamentos están encendidas. Menos siete. Uno de ellos, el de mi tío. Me cago en la leche. Cuando llego al portal aprieto en el intercomunicador el botón del piso de mi tío. Me contesta la voz de una anciana:
—¿Diga?
—¿Cómo se llama el perro de
Inodoro Pereyra? —pregunto.
—¿Qué cosa? ¿El perro de quién?
—¿Cómo se llama el perro de
Inodoro Pereyra?
—¿Con quién hablo? Oiga...
—Bah. Olvídelo. Siga muriendo en donde estaba.
Me había equivocado. Aprieto otro botón. Esta vez me contesta una voz soñolienta:
—¿Quién es?
—Yo ser
Boggie El Aceitosou —digo intentando imitar el castellano mal hablado de un yanqui.
—¿Quién?
—Yo ser
Boggie El Aceitosou y haber venidou porque el hermanou de su amigou me envía para matarle.
—¿Pero qué...? ¿Quién habla?
—Boggie El Aceitosou, coño. ¿No escucharme? Yo ser sicariou yanqui y haber venidou a meterle una bala en el fokin culo.
—No es gracioso. Me acaba de despertar. Yo trabajo de noche ¿sabe? Ahora mismo bajo y se va a enterar.
Me había equivocado otra vez. Aprieto otro botón. Nadie responde. Aprieto el mismo botón frenéticamente. Nada. Este es el piso de mi tío. No cabe duda.
Segundos después abre el portal un tipo enfundado en una bata de color mora. Tiene cara de pocos amigos y un cierto aire a
Imanol Arias. Aunque más bajito.
—¿Fuiste tú? —me pregunta el pequeño Imanol.
—¿Se refiere a un chico con gorra con quien me crucé hace tan solo unos segundos y que salió corriendo hacia la estación del tren?
—Sí, ese. ¿Dónde está? —dice Imanolito furioso mientras sale hasta la calle para ver al supuesto chico de la gorra.
Aprovecho la ocasión y entro al portal. Subo corriendo las escaleras y me dirijo a la planta en donde vive mi tío. Cuando llego a la puerta, para asegurarme, toco el timbre un par de veces. No hay respuesta. Saco mi DNI y lo introduzco entre el marco y la puerta. Muevo la tarjeta buscando abrir el cerrojo y después de oír un ¡clic, clack! por fin lo logro. Entro sin hacer ruido. Es un piso como cualquier otro con muebles, cortinas, baño, camas, lavadora y la nevera a medio llenar. Mismo Ikea. Es un piso como muchos otros cuyos dueños no se encuentran en casa porque están pasando el fin de semana en alguna parte. No es el piso de mi tío. En verdad, yo no tengo ningún tío en Valdemoro. Es solo un piso vacío en el cual dormiré los dos días que dure el curro. Luego lo dejaré tal cual y los dueños, cuando regresen, ni cuenta se darán de que hubo alguien aquí.
Muchos curros piden movilidad geográfica. Soy el candidato idóneo porque no tengo un piso propio lo cual significa que no estoy aferrado a un lugar en concreto. Así que mi movilidad es total. Mientras haya un piso vacío, y en Madrid los hay un huevo, siempre habrá un tío que me cobije.
Los trabajos de hoy en día exigen grandes sacrificios a cambio de un plato de judías. No me quejo. Yo acepto las judías. Pero los sacrificios se los dejo a los
Incas.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Tiempos Oscuros” del grupo Soziedad Alkohólika.
² Grupo español de Hardcore Punk.

jueves 4 de octubre de 2007

Shithead¹

Estoy en el parque de la Moncloa sentado sobre el césped bajo la sombra de un árbol. Me sentaría en una banca que es mucho más cómoda, pero como todas están ocupadas no me queda más remedio que lidiar con las hormigas. Escucho a The Haunted² en mi MP3 y leo un cómic, “Las Aventuras de Súper López”, de Juan López. Son las dos de la tarde de un martes cualquiera y el parque está repleto de gente que sale de sus curros para almorzar o simplemente descansar sobre el césped. Gente obligada a llevar uniforme multicolor; gente atrapada dentro de un traje y ahorcada por una corbata; gente disfrazada con mono azul... pero confieso que más pena me dan un grupo de cinco currantes que, seguro obligados por alguna multinacional, llevan la cabeza rapada, camisetas negras apretadísimas, vaqueros ceñidos al culo y botas de militar. Una horterada total. Por las caras de estreñimiento que llevan deben de odiar el trabajo que realizan. Encuestadores, seguro, encuestadores de alguna nueva firma de ropa ridícula para jóvenes. Por eso los disfrazan así. Y por eso también se acercan a mí, para encuestarme y así poder ganarse la vida. Los cinco se plantan alrededor mío. Uno se pone de cuclillas. Se parece a Krilin de Dragon Ball. Me saco los cascos. Venga, si se trata de echar una mano a un currante estoy dispuesto a responder a sus preguntas.
—¡Heil Hitler! —me dice Krilin alzando la mano derecha con la palma hacia atrás.
Le cojo la mano alzada y se la estrecho en un apretón afectuoso.
—Franco DiMerda —le digo.
—Que no, coño —me dice Krilin zafándose de mi mano—. Que no te he preguntado tu nombre.
—Ah, ya comprendo. Es el nombre de la marca de ropa. ¿Verdad?
—¡Qué marca de ropa ni nada! Es el saludo de los miembros. ¿Acaso no lo sabes?
—¿Miembros de qué?
—¡Panzer, Panzer! —lo llama a Krilin uno de los que están de pie— Acaban de venir una pareja de sudacas.
—¿Dónde? —pregunta Krilin poniéndose de pie y mirando ansioso por todas partes.
—Bajo ese árbol —dice otro de los que están de pie—. Una pareja de sudacas se han sentado bajo ese árbol. ¿Los ves?
—¿Y a qué coño esperamos? ¡A por ellos! —grita Krilin, y los cinco rapados salen corriendo hacia una pareja de tez cobriza que, treinta metros más allá, acababan de sentarse bajo la sombra de un pino.
Comprendo de inmediato de que estos encuestadores no son encuestadores disfrazados sino skinheads. También comprendo que mi cabeza rapada y mi atuendo, aunque de Metalhead, les habían hecho creer que era otro neonazi como ellos. Comprendo estas dos cosas con cierta humillación, pero eso no es nada comparado con lo que siento al comprender que, si alguien no hace algo pronto, una pareja lo lamentará. Y lo que siento es que seré yo ese alguien y mi culo el que lo lamentará.
Me pongo de pie.
—¡Oye Krilin! ¡O que diga Panzer! ¡Panzer! —grito con todas mis fuerzas. Intento imitar la voz bronca de Peter Dolving³ pero solo me sale la voz de pito de David Bisbal. No obstante logro llamar la atención de Krilin que voltea a mirarme.
—¡Judíos! ¡Judíos! —grito señalando con mi mano detrás de mí, al lado opuesto del parque.
El efecto fue instantáneo. Bastó que dijera las palabras mágicas para que los cinco skinheads, que estaban a punto de alcanzar a la pareja de sudamericanos que huían despavoridos, se detuvieran y cambiaran de dirección hacia mí. ¡Joder, qué he hecho! Debí señalarles para otro lado. Soy un imbécil.
—¿Dónde están? —me pregunta Krilin nomás acercárseme.
—Sí. ¿Dónde están esos putos semitas de mierda? —le secunda otro de ellos jadeando.
Los cinco skinheads están de pie alrededor de mí y son tan grandes que juntos me hacen más sombra que el árbol bajo el cual me encuentro.
—Se fueron por allá —digo señalando a la calle de la Princesa.
—¿Dónde? No los veo —me dice Krilin.
—En la parada de Moncloa. Tomaron un autobús de la línea 133. Si cogéis otro autobús quizás los alcancéis en Plaza de España.
No sueno convincente. Krilin me escruta de arriba abajo. Sospecha algo. Me pregunta:
—¿Por qué llevas esas botas New Rock y no las Doc Martens?
—Es que las que tenía se me estropearon en una pelea con un moro. Joder, tío. Hubieras visto cómo las dejé. Me refiero a la cara del moro y a mis botas. Estas son de mi primo. Me las prestó hasta que yo pudiera comprarme unas Doc Martens nuevas.
—¿Y por qué vistes con ropa oscura tan ancha como un rapero negro del Bronx?
—Es que la que tenía se me estropeó en una pelea con un subsahariano. Esta ropa negra es el trofeo que pude arrancarle después de arrancarle toda la dentadura.
—¿Y esa barba tan larga? ¿No sabes que debes llevar siempre afeitada tanto la cabeza como la cara?
—Lo sé. Pero como soy extra en una película que todavía se está filmando y que está ambientada en la España del siglo XVII, entonces la productora me exige que lleve la barba así. Yo hago el papel de un bucanero.
Krilin no parece convencido. Coge uno de los cascos de mi MP3 y se lo pone en una oreja. Aprieta Play. Después de unos segundos me devuelve el casco.
—No eres un skinhead. Eres un puto Metalhead progre —me dice.
—Soy un skinhead al que solo le gusta el Metal —digo en mi defensa.
—No lo digo por la música que escuchas, gilipollas. Ni siquiera por tus botas de mierda ni por tu ropa holgada de negro del Bronx. Lo digo por lo del papel de bucanero que dices que interpretas en esa película.
—¿Y qué hay con eso? —pregunto sin saber a qué se refiere.
—Un bucanero —me responde Krilin con tono de profesor de colegio— era un pirata mercenario que en los siglos XVII y XVIII saqueaba las posesiones españolas. Los bucaneros solían ser pagados y protegidos por los ingleses.
—¿Y?
—¿Y? ¿¿Y?? ¿¿¿Y??? ¡¡Subnormal de mierda!! —grita Krilin fuera de sí— Pues que un skinhead de verdad jamás aceptaría interpretar un papel que atentara contra el imperio español.
Estoy perdido. Krilin me da un feroz puñetazo en el estómago que me tumba al césped. Joder, cómo pude ser tan tonto. Eso es lo que me pasa por subestimar los conocimientos de historia de un skinhead que, si bien distorsionada y panfletaria, no significa que no sepa por lo menos leer. Ahora solo me queda esperar y aguantar con la cara cubierta por mis manos, tendido al pie de un árbol en la Moncloa, el impacto de las suelas y las puntas de diez Doc Martens.
Pero no siento ningún impacto.
Pasan los segundos, que parecen horas, y nada. No siento ningún golpe. Me descubro el rostro y veo que los Krilin han desaparecido. Se han ido.
Me pongo de pie y miro alrededor. Escucho jaleo. A lo lejos, a unos cincuenta metros en dirección a la estación de la Moncloa, veo un grupo numeroso de gente que corre. Algún atentado terrorista, pienso en un primer momento. Pero cuando esfuerzo la mirada descubro que lo que dicha gente hace no es huir si no perseguir a alguien: a los cinco skinheads que huyen despavoridos por Princesa.
Me acerco hasta la estación para observar mejor y me paro al lado de una pareja que también observa lo que ocurre.
—¿Pueden decirme qué pasa? —les pregunto.
—Unos skinheads intentaron agredirnos en el parque —me responde el tío—. Pudimos escapar por los pelos.
De inmediato reconozco en ellos a la pareja de sudamericanos que salvé.
—¿Y cómo os salvasteis? ¿Alguien os echó una mano? —pregunto orgulloso con la esperanza de que reconozcan en mí a su Superman.
—Sí —responde la tía—. Mientras huíamos nos topamos en el parque con una pandilla numerosa de Latin Kings. Les dijimos lo que pasó y ellos fueron a perseguirlos.
—Ahora son los skinheads los que corren como conejos asustados —dice el tío contento.
La tía me mira. Pega un salto.
—¡Es uno de ellos! —grita señalándome— ¡Un skinhead! ¡Un skinhead!
Y corro como un loco mientras sigo escuchando tras de mí los gritos de la tía. Corro por mi vida, cagado de miedo, muy lejos de ser Superman.
Corro como Súper López.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “One Kill Wonder” del grupo The Haunted.
² Grupo sueco de Thrash Metal.
³ Nombre del vocalista de The Haunted.