miércoles 21 de noviembre de 2007

Un Demonio En El País De Dios¹

Venta
Caja
Reponedor
Alimentación
Hostelería
Mantenimiento
Teleoperador/a
Almacén
Así, en este orden, son las palabras que la encargada de selección escribe con tiza blanca sobre la pizarra verde. Teniendo en cuenta que la empresa factura millones de euros al año bien podrían tener una pizarra acrílica y usar marcadores, pero son las cosas que tienen las grandes compañías: cuanto más alta la ganancia más baja la inversión en personal e infraestructura.
—Ahora —dice la encargada a manera de una profesora de colegio— veremos un vídeo y cuando termine comenzará la selección.
Enciende el pequeño televisor que se encuentra sobre un armario metálico al lado de su escritorio y ni bien empieza el vídeo sale de la habitación cagando leches. El vídeo es el típico vídeo aburrido de autobombo empresarial en la cual salen imágenes de la empresa mientras una voz en off grandilocuente que intenta ser natural sin conseguirlo nos explica lo que vemos: su personal siempre contento, sus clientes siempre satisfechos, sus directivos siempre atentos, su gran expansión, pero sobretodo, su espectacular crecimiento económico. Algo que no pongo en tela de juicio pero que suena ridículo viéndolo en un televisor de 14 pulgadas de tubos de propiedad de la supuesta megacorporación cuando tranquilamente podrían reemplazarlo por uno de plasma de 30 pulgadas. Los que nos sentamos al fondo del salón difícilmente logramos ver lo que sale en tan diminuta pantalla. Así pues, nos tenemos que imaginar todo según va narrando la soporífera voz en off grandilocuente.
La semana pasada me llamaron del Corte Inglés para una entrevista. Me apersoné a su departamento de selección de personal en la calle Herrera Oria (justo al lado del colegio LaSalle) y después de rellenar un impreso, al igual que 200 jóvenes que abarrotaban el local, fuimos pasando en grupos de sesenta a un salón lleno de sillas viejas muy parecido al de un colegio público. El salón con pizarra verde y el televisorcito de mierda en el que me encuentro ahora. Para evitar escuchar la empalagosa voz en off del vídeo corporativo me pongo los auriculares y escucho a Lamb Of God² en mi MP3. El puto vídeo lleva unos largos 15 minutos en la tele y no tiene pinta de acabar nunca. La encargada de selección, una chica jovencísima muy parecida a Kim Possible, pero con ropa que más parece un uniforme: falda azul hasta las rodillas y camisa blanca a rayas, entra por sorpresa al salón y apaga el televisor cuando todavía no acaba el vídeo. Bajo el volumen de mi MP3. Se dirige a nosotros. Me siento en el parvulario.
—Esto que veis en la pizarra son los diferentes puestos que tenemos en el Corte Inglés. Algunos los necesitamos cubrir ya, pero otros todavía no. Los puestos más solicitados suelen ser los de venta, caja y reponedor. También tenemos plazas para almacén pero tenéis que tener en cuenta, para aquellos que elijan este puesto, de que el lugar de trabajo queda en Valdemoro. No obstante, existe un autobús de la empresa que sale de Madrid y los lleva gratis. Lo que tenéis que hacer ahora es rellenar las hojas que voy a pasarles y cuando las terminéis harán una fila de siete en siete y me las iréis entregando. En donde dice “puesto solicitado” podéis poner los puestos que queráis en el orden de vuestras preferencias. Así por ejemplo si queréis los puestos de caja y reponedor poned en ese espacio “caja y reponedor” o “reponedor y caja” según el gusto. Recuerden que cuanto más puestos solicitéis más opciones tendréis de coger un puesto. Si solo elegís una sola opción vuestras opciones disminuirán. Para aquel que no tenga bolígrafo coged uno del escritorio.
Se nos entregan nuevos impresos y los rellenamos según las indicaciones de la chica. Comparar los impresos con cupones de la lotería no resulta descabellado. En el espacio en donde dice “puesto solicitado” escribo primero “almacén” y luego todos los demás puestos de la pizarra como quien elige los números ganadores. Como dijo Kim Possible “a más opciones más oportunidades”.
Cuando termino de rellenar el impreso me pongo en la fila de los siete desempleados delante del escritorio de Kim. Desde mi sitio logro ver cómo la señorita Possible recibe los impresos de los seis chicos desocupados que tengo delante pero no logro escuchar lo que les dice. Cuando me falta solo una persona para llegar donde Kim logro finalmente escucharla: “¿Tienes experiencia como cajera? No importa. ¿Puedes comenzar mañana a las once en la tienda del Corte Inglés de Nuevos Ministerios? Vale, aquí te escribo la hora y el nombre de la persona con quien tienes que hablar. Buena suerte”. Kim le entrega la tarjeta con las debidas anotaciones y despide a la futura cajera con una amable sonrisa. Menudo chollo. Nunca pensé que conseguir trabajo en el Corte Inglés fuera tan sencillo.
Ahora es mi turno. Me planto en frente de Kim Possible, le entrego mi impreso y pongo la mejor de mis sonrisas. Pero algo sucede en el rostro de Kim. Primero me mira lentamente de arriba hacia abajo y luego de abajo hacia arriba. Su vista parece un escáner que acabase de detectar un tumor maligno en mi cuerpo. Y su rostro, bueno, digamos que adquiere la expresión de alguien que acaba de reconocer en su boca el sabor a carne de rata en lo que se supone debería ser de pollo.
—Sí, tengo experiencia como mozo de almacén —digo intentado romper el silencio incómodo que había—. Pero no tengo ningún problema en trabajar como vendedor, cajero, reponedor, camarero, barrendero, teleoperador, pintor de brocha gorda, en fin, lo que sea que tengan disponible. Puedo comenzar mañana a las once o a la hora que quieras en el lugar que quieras. Me da igual. Soy todo tuyo. Bueno, de la empresa. Ahora dime ¿cómo se llama la persona con quien tengo que hablar mañana y en qué Corte Inglés me tengo que presentar?
—Pronto lo llamaremos —me dice Kim saliendo de su letargo—. El siguiente.
—Pero yo pensé que iba a citarme para mañana a las once en algún Corte Inglés como hizo con la chica que acaba de irse.
Kim Possible cambia su expresión de estoy-masticando-una-puta-rata-preñada por el de sácame-ese-dedo-del-culo-o-si-no-te-lo-arranco. Me dice:
—A todos, sin excepción, les estamos diciendo de que esperen nuestra llamada. Primero tenemos que revisar minuciosamente los impresos y después de una rigurosa selección en la cual tenemos que tomar en cuenta una serie de factores como la experiencia o la ubicación geográfica del domicilio, solo entonces procedemos a llamar por teléfono a los candidatos elegidos.
—Pero si yo escuché que a la chica que tenía delante…
No terminé de acabar mi frase porque supuse que era en vano. Eso y porque después de ver que la expresión de Kim Possible cambió de sácame-ese-dedo-del-culo-o-si-no-te-lo-arranco a sácame-ese-puño-del-culo-o-si-no-te-mato me hicieron entrar en razón.
Salgo de las oficinas de selección de personal de la calle Herrera Oria escuchando a Lamb Of God en mi MP3 y sabiendo que El Corte Inglés nunca me llamará. Pero no me importa. No es la primera vez que me niegan un trabajo por el aspecto aunque sí la primera en la que ni siquiera me dieron opción a decir algo. Imagino que si hubiera sido un cliente mi dinero hubiera sido aceptado sin rechistar, sin importar mi apariencia, pero eso es lo que pasa con las grandes empresas. A los únicos que se les permite libre acceso a ellas son a los clientes y a los personajes impresos de los billetes tengan la cabeza rapada, barba, piercings o tatuajes. El resto, quienes solicitamos un puesto de trabajo, tendremos que peinarnos y vestirnos como la encargada de selección para ser aceptados. De lo contrario siempre nos verán con desconfianza. Cosa que sucedió con Kimberly Ann Possible pues cuando me vio no reconoció a un joven necesitado de trabajo. ¡Qué bah! Por el contrario, vio a su archienemigo, el villano contra el cual lucha en pos de la estulticia.
Vio al Dr. Drakken.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “As The Palaces Burn” del grupo Lamb Of God.
² Grupo norteamericano de Groove Metal.

jueves 8 de noviembre de 2007

Arquitectos Del Apocalipsis¹

Jueves, siete de la mañana. Tengo un sueño del carajo y estoy parado en frente de la roñosa puerta de un almacén de carteras de cuero de la calle Benito Gutiérrez. En lugar de estar durmiendo plácidamente en una cama, soñando con alguna tía en pelotas, tuve que madrugar para venir hasta aquí. “Pagan ocho euros la hora y necesitan que estés a las siete de la mañana en punto —me dijo María, la consultora de la ETT, el día anterior—. Cuando llegues pregunta por Daniel.”
Ahora, lo que menos ganas tengo es de currar. En verdad, nunca tengo ganas de eso. “Currar no mola”, leí alguna vez en una pegatina. Qué razón tenía el que lo escribió. Para pasar la apatía escucho a Heaven Shall Burn² en mi MP3. Aspiro profundamente, exhalo. Me siento como un toro a punto de entrar en el ruedo dispuesto a que lo torturen hasta la muerte. Toco el timbre.
Se abre la puerta de metal y tras ella asoma un individuo rapado y con barba como yo. Lleva pendientes y tatuajes y de no ser porque no viste de negro pareceríamos clonados.
—¿Eres Franco DiMerda? —me pregunta con una amabilidad que me sorprende. Por lo general los empleadores, después de la primera impresión, se dirigen a mí con frialdad y desconfianza. Su trato, por el contrario, es sumamente cálido.
—Así es —le extiendo la mano.
—Yo soy Daniel. El jefe de almacén —me da un fuerte apretón de manos —. María, la consultora de la ETT, me habló de ti. Ven pasa. Puedes llamarme Dani.
Entro y Dani me conduce por los distintos ambientes del almacén de carteras de cuero. El local ocupa dos plantas de un edificio de viviendas. Se divide de la siguiente manera: la primera planta para el almacén y la segunda para las oficinas. Dani me muestra (como si yo fuera un turista extranjero y él mi guía) el interior del local (como si fuera un importante monumento arqueológico) presentándome a sus trabajadores, quienes también me saludan cordialmente, y explicándome las características y bondades del trabajo. Después de recorrer las instalaciones en su totalidad (no deja de mostrarme ni el baño de mujeres) me conduce al almacén no sin antes detenerse en frente de la puerta cerrada de una de las oficinas.
—Esta es la oficina de Felipe —me dice—. Es el dueño. Ahora no está. Suele llegar a partir de las diez, pero hoy hará una excepción.
—Ya me gustaría llegar al curro a las diez —bromeo—. Menuda suerte la del principito.
El rostro de Dani, hasta ese momento alegre y cordial, de pronto se desencaja y su mirada se torna sombría. Es solo por breves segundos, pero, a pesar que luego prosiguió hablándome como si nada, me doy cuenta de que mi broma no le gustó en lo absoluto.
Llegamos al almacén y Dani me explica los pormenores de mi función: coger el albarán (los pedidos de los clientes); traer los distintos modelos de carteras de cuero a la mesa de trabajo; armar con precinto las cajas de embalaje; empaquetar la mercancía y apilarlas junto a la puerta de salida del almacén. Al finalizar el día de trabajo, a las seis y media de la tarde, vendría un servicio de mensajería para llevarse todo a su destino. Once horas y media de curro con una hora de comida a las dos. Menuda mierda.
Cojo una de las innumerables referencias de una de las estanterías. Es una cajita de madera con un broche dorado muy chulo que al abrirlo contiene una bolsa de tela no menos chula. Dentro de ella, una cartera de cuero con el logo de la marca impresa en alto relieve.
—¿Cuánto cuesta esta cartera? —pregunto.
—Cien euros —me responde Dani.
—No, no me refiero a cuánto lo venden. Me refiero a cuánto cuesta en realidad.
—Nueve euros —me responde Dani sonriendo—. La fábrica está en Marruecos.
—María me dijo que pagabais ocho euros la hora. Te lo digo porque me has hablado de todo salvo de la paga.
—Eso lo lleva el dueño —me responde Dani poniéndose serio de repente—. Solo puedo decirte de que cuando le pedimos a María, la consultora de la ETT, un mozo de almacén, te recomendó de inmediato. Le habló tan bien de ti a Felipe que por eso vendrá más temprano que de costumbre.
Mala señal. Cuando alguien se refiere a su jefe por su cargo (manteniendo las distancias) para inmediatamente después llamarlo por su nombre (acortándolas) indica que algo no funciona bien. Algo huele a podrido.
—¿Qué escuchas en tu MP3? —me pregunta Dani. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que seguía con los auriculares puestos escuchando música a bajo volumen.
Heaven Shall Burn —respondo—. Es una banda alemana…
—De Death —Dani completa mi frase—, pero que antes fue de Hardcore.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto sorprendido.
—Yo antes escuchaba esa música. In Flames, Morbid Angel, Carcass, Suffocation, Cannibal Corpse, Six Feet Under, Illdisposed… Fui a varios conciertos, entre ellos al Wacken. Antes llevaba el cabello largo y vestía de negro, incluso en verano, como tú.
—¿Y ahora no escuchas Metal?
—No.
—¿Por qué?
—Maduré. Ahora escucho de todo. Mi mente se amplió a nuevos horizontes.
Menuda gilipollez. Encasillar a un género musical determinado con una edad, en este caso el Metal con la adolescencia, es tan ridículo como encasillar a la música clásica con los pijos. La música es arte que libera no que pone barreras. El hecho de que existan personas que escuchan un solo género musical es tan nocivo como aquellos que menosprecian otro por prejuicios preestablecidos.
—Pero tú puedes escuchar de todo sin renunciar al Metal —le digo.
—Ya no me interesa. Desde que me enteré del contenido de sus letras: protestas contra el sistema, reinvindicaciones absurdas, pataleos sin fundamentos, el Señor de los Anillos, demonios y vampiros, etc. caí en cuenta de que el Metal es bastante infantil.
—El Metal tiene sus raíces en el Blues —protesto de inmediato—, un género de indudable calidad musical. Desde su aparición en 1970 con Black Sabbath, el Metal ha sobrevivido hasta nuestros días influenciando y dejándose influenciar por otros géneros, enriqueciendo así el resultado. El Metal es tan complejo que puede utilizar, así como la consabida guitarra eléctrica, instrumentos de todo tipo como el contrabajo, el chelo, el violín, el piano, etc. y es tan vasta que sus letras pueden abarcar desde temas medievales, oscurantismo y paganismo, hasta temas de tipo social como lo puede ser…
—Buenos días —dice una voz alegre que proviene detrás de mí. Me giro y veo a un sujeto trajeado con una boca enorme que fuerza una sonrisa. Si no fuera porque no lleva el cabello verde juraría que estoy frente al Joker, el archienemigo de Batman.
—Quítate los cascos —me dice Dani en voz baja a mi oído—. Estás frente al dueño.
—Mucho gusto, me llamo Franco DiMerda —le digo al Joker mientras guardo mi MP3. El archienemigo de Batman se aproxima y me estrecha la mano sin perder la sonrisa.
—Yo soy Felipe —me dice—. María nos habló muy bien de ti.
—Dani me mostró el local y me señaló las funciones de mi trabajo. Lo que no me dijo fue el monto exacto de la paga. Me dijo que eso lo llevabas tú. ¿Cuánto pagas por hora?
—A la ETT le pagamos una suma —me responde el Joker— que por supuesto no puedo decírtela, pero al final tú estarías cobrando unos seis euros con cincuenta la hora.
—Pero vamos, Felipe —le digo sonriendo y guiñándole un ojo—. Aquí nos tuteamos todos. Nos llamamos por nuestros nombres así que estamos en confianza. Venga ya. Dime ¿cuánto pagas a la ETT por cada trabajador como yo?
—¿Cómo se te ocurre hablarle así? —me dice Dani en voz baja— ¡Es el dueño!
—¡Que no Dani! Es un estafador. María me dijo que pagaban ocho euros la hora y él me dice de que me va a pagar seis y medio.
El Joker no responde. Por su expresión podría decirse de que acaba de pillarlo Batman con las manos en la masa.
—María siempre me envía a los curros más jodidos con los jefes más bordes y todos en la ETT saben que yo nunca digo que no. Pero lo que no le dijo era que ella nunca me mentía respecto a la paga por hora. Entre un jefe borde que me dice las cosas claras y otro amable pero hipócrita que miente, prefiero al primero. ¿No es cierto Dani?
Dani no dice nada. Su expresión se podría decir que es la misma que el dueño. Dani se aleja de mí y se acerca a la vera del Joker. El archienemigo de Batman pone una mano sobre su hombro.
Cinco minutos mas tarde, mientras camino por la calle Benito Gutiérrez de regreso a mi cama, paso en frente de una tienda de cómics que, a tan tempranas horas, está cerrada. Me detengo a observar el escaparate y después de ver una de las portadas de uno de los cómics en exhibición, uno de Batman, me doy cuenta de que Dani, aunque me pese, alguna vez fue un Metalhead. Uno que compartió no solo un gusto musical y una manera de vestir conmigo sino también una manera de vivir y hasta un ideal. Lamentablemente, debido al miedo a la inestabilidad económica, Dani se traicionó a sí mismo y se pasó al otro bando renegando incluso de su pasado. La madurez, pues, solo es una excusa para ocultar su cobardía. Dani ya no es un Metalhead. Dani, a la vera del Joker, con la mano de éste sobre su hombro, es ahora su nuevo cómplice.
Dani es Harley Quinn.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Antigone” del grupo Heaven Shall Burn.
² Grupo alemán de Deathcore.

viernes 2 de noviembre de 2007

Camino Duro Y Largo Fuera Del Infierno¹

—Me gustan tus botas. ¿Qué marca son?
Hace veinte minutos me llamaron para un curro urgente en Goya. Carga de un furgón con escritorios para oficina, me dijeron. Cuando me llamaron, estaba leyendo un cómic, “Museum”, de Fernando de Felipe, y me faltaba poco para terminarlo. Tuve que interrumpir la lectura por el curro. Aplazar la pasión por el dolor. El placer por la agonía. ¡Todo lo que uno tiene que hacer por el dinero!
—¿De qué cuero están hechas? ¿Porcino o vacuno?
Cuando llegué al curro, una tienda pijotera de muebles para oficina al lado del centro comercial más exclusivo de la avenida Goya, y me entrevisté con el dueño, un gordo parecido a Majin Boo de Dragon Ball Z, curiosamente no me espetó nada con relación a mi aspecto ni a mi forma de vestir, sino que al contrario, pareció interesarle y hasta me preguntó por las botas. Por fin un dueño con buen gusto, me dije.
—¿Dónde te las has comprado?
Incluso pareció no importarle de que llevara los cascos de mi MP3 puestos. Escucho a Marilyn Manson² en volumen bajo, lo cual me permite escuchar tanto la música como al dueño a la vez. Comparando las voces de ambos, no cabe duda, el dueño no solo tiene la tripota de Majin Boo sino también la misma vocecilla de niño tarado.
—¿Cuánto te han costado?
—Fue hace tiempo ya —respondo—. No lo recuerdo muy bien…
—Vamos. Haz un poco de memoria. Es que me han gustado tus botas.
Majin Boo y yo estamos sentados el uno frente al otro en uno de los lujosos escritorios de su tienda. El furgón está aparcado afuera y todo parece indicar de que al dueño se la suda que corra el tiempo mientras conversa conmigo. Tiempo de trabajo pagado y yo sentado hablando de mis botas. Me cae bien el dueño. Me parece un tío desprendido y enrollado que quizás quiere comprarse mis botas o mejor aún, quiere comprárselas a su hijo o a su sobrino al que seguro también le gusta Marilyn Manson. Hago memoria. Intento ayudarlo.
—Lo compré con mi primera paga cuando empecé a currar con las ETT —digo—. Recuerdo que tuve que cargar y descargar mesas y asientos durante tres días para la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense y terminé reventado. Ese mes solo me llamaron para ese curro por lo cual recibí unos ciento cincuenta euros más o menos. Con eso fui y me compré las botas.
—¿Vives con tus padres? —me pregunta Majin Boo.
—No. Vivo solo.
—Y en ese tiempo, cuando te compraste las botas ¿vivías con ellos?
—No. Vivía solo como ahora.
—Pero te pasaban dinero. ¿Verdad?
—No.
—¿Tenías ahorros, entonces?
—Tampoco.
—¿Entonces como vivías? Me refiero a que, si ya es difícil vivir solo con ciento cincuenta euros ¿cómo lograste vivir ese mes sin nada? Porque todo el dinero se fue en las botas ¿verdad?
De pronto lo comprendí todo. ¡Cómo pude ser tan estúpido! Acababa de abrirle las puertas de mi intimidad a quien menos debía. Al peor de todos. Intuí lo que iba a pasar y decir la verdad empeoraría las cosas. Así que opté por mentir exagerando y afrontar lo inevitable: que Majin Boo no me iba a dejar cargar sus escritorios.
—Cierto —respondo—. Logré vivir porque en la chabola en donde me alojaba tenía una plantaza de maría que me la fumé toda y con eso fui tirando hasta la paga del mes siguiente.
—Y luego, con esa nueva paga ¿te compraste ese MP3 que llevas?
—No. Con esa paga me fui a una estética internacional e hice que me raparan el cabello y me peinasen la barba. Me costó trescientos euros la gracia. Pero no es nada si se compara con los seiscientos euros que me costó la ropa que llevo puesta ahora. Este MP3 me lo compré con la paga de tres meses: mil euros de tecnología de vanguardia.
—Es suficiente —dice Majin Boo cabreado y poniéndose de pie—. Váyase ahora mismo de mi tienda que usted no me toca ni uno solo de mis escritorios.
—Pero ¿por qué? —pregunto sabiendo de antemano la respuesta.
—Porque si usted no tiene ni donde caerse muerto ¿cómo es posible que tenga unas botas de ciento cincuenta euros? Ni yo, que soy empresario, tengo unos zapatos tan caros.
El típico tío envidioso y angurriento que vive comparándose con los demás. La diferencia es que este tiene el camuflaje de la pasta mientras quienes no la tienen se les ve la pluma más fácilmente. Seguro que tuvo una infancia con carencias y que todo lo que ahora tiene lo consiguió en base a tragar muchas pollas. Es lo que suelen decir para justificar su mezquindad. No obstante, a pesar de vivir en una mejor situación, siguen resentidos y cuando pueden aprovechan descargando en los más débiles. Unas botas de ciento cincuenta euros, según ellos pues, solo deben pertenecer a alguien que se haya tragado el doble de pollas que ellos. Y no a un Metalhead que no tiene casa ni curro fijo.
—No me voy hasta que me firme esto —digo extendiéndole mis boletines de trabajo.
—¿Tú crees que te voy a pagar por no haber hecho nada mas que calentar el asiento?
—Entonces le cargo el furgón y asunto arreglado.
—No voy a consentir que las manos de un haragán toquen uno solo de mis escritorios.
—Hombre, me puedo poner guantes y cargar solo asientos.
—Te crees muy listo ¿no? Sal ahora mismo he dicho.
—No puedo. Tiene que firmarme los boletines…
—¿Boletines? ¡Boletines te voy a dar yo!
Majin Boo se acerca y me empuja con la barriga derribándome al suelo. Intento levantarme pero ni bien lo logro Majin Boo vuelve a la carga con otro barrigazo que me hace rodar tres metros más allá. Vuelvo a levantarme y vuelvo a salir despedido hasta llegar casi a la puerta principal. Es un gordo grande contra el cual no puedo hacer nada. Así que en el siguiente barrigazo, en lugar de hacerle frente, solo pienso en caer lo mejor posible sin hacerme mucho daño.
Siento el barrigazo. Salgo despedido por los aires. Me cubro la cabeza. Siento un impacto acompañado de un ruido estrepitoso. Abro los ojos. Estoy en medio de un escritorio destrozado del escaparate.
—¡Me cago en la leche! —me dice Majin Boo cabreadísimo— Ese era el escritorio que se tenía que llevar al cliente ahora en la mañana. Un cliente muy importante. Y era la única existencia que había.
—Tú —me dice Majin Boo señalándome con su dedo regordete—. Tú me has jodido…
Majin Boo se lanza sobre mí pero logro salir de la tienda por los pelos. Corro por Goya dejando tras de mí mis boletines sin firmar. Su putamadre. Otro día sin cobrar. Dos calles más adelante me detengo. Volteo a mirar. Nadie me persigue.
Escucho un bocinazo. Miro a la calzada y veo a Majin Boo conduciendo el furgón y dirigiéndose hacia mí. Corro como un loco, doblo la esquina y me meto a un contenedor de basura. Abro un poco la tapa y veo que el furgón sigue de frente. Lo perdí. Salgo del contenedor y vuelvo por donde vine. Regreso a la tienda pijotera de muebles para oficina al lado del centro comercial más exclusivo de la avenida Goya. Una vez dentro, como lo suponía, no encuentro a Majin Boo quien seguro sigue buscándome en alguna calle aledaña. Cojo un rotulador grueso de un escritorio y en la parte de atrás de un cartel publicitario de la empresa que previamente había arrancado escribo lo siguiente:
ME SAQUÉ LA LOTERÍA.
REGALO TODO PORQUE ME VOY A CUBA Y NO VUELVO MAS.
Pego el cartel en el escaparate de la tienda. A los pocos segundos un curioso se acerca.
—¿Es cierto lo que dice el cartel? —me pregunta.
—Así es. Mi papá se sacó la lotería y ahora todos nos vamos a Cuba a bañarnos en sus playas y a follar como conejos.
—Y cuando dice de que regalan todo, eso significa ¿todo lo que hay en el interior de la tienda? —pregunta una pareja de curiosos que pasaban por allí.
—Absolutamente todo —respondo en voz alta y ya son como ocho personas las que tengo delante mío—. Pero tenéis que llevarlo ahora porque nuestro vuelo sale en media hora y entonces…
No me dejan terminar la frase y docenas de tíos, tías, niños, niñas, ancianos con sus perros e incluso dos personas en sillas de rueda entran a la tienda y cargan con todo. No dejan ni los trozos del escritorio que rompí.
Diez minutos más tarde me encuentro caminando por Goya rumbo a la estación del metro. A lo lejos veo el furgón de Majin Boo que regresa a la tienda. Y comprendo por fin porqué Majin Boo está tan grande y gordo pues no es grasa lo que lleva dentro.
Es lefa. Toda la que tragó a lo largo de su vida.

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¹ Título de una de las canciones de la Banda Sonora de la película “Spawn” compuesta e interpretada por Marilyn Manson.
² Cantante norteamericano de Metal Industrial.