—Santa Claus no existe. Eres un mamón chupapollas.
Hace 45 minutos me llamaron de la ETT para un curro urgente en un centro comercial de Nuevos Ministerios. Ochenta euros por sólo cuatro horas de pie regalando dulces a los niños, me dijo María, la consultora, dándome a entender que, como los caramelos, también estaban regalándome el dinero. Lo que no me dijo la muy zorra era de que tenía que estar repartiendo dulces, sí, pero disfrazado de Santa Claus.
—Esa barba blanca y esa barriga es de mentira. Seguro eres un moro o un sudaca. Sólo esa clase de gente es capaz de hacer el ridículo por dos duros. ¿A que sí?
El que hacía de Santa Claus pidió la baja ayer porque, según me contó el que me dio el disfraz y la bolsa de dulces, se torció el tobillo en casa. Una versión muy diferente de la del vendedor del puesto de periódicos de la esquina que juró haber visto como se llevaban a Santa en una ambulancia después de que seis chavales lo confundieran con una pelota fútbol.
—¡Oye, subnormal! ¿Qué es esto? ¿Sólo das una puta golosina? Yo quiero toda la bolsa, joder. Si no me la das le digo a mi papá que me tocaste el culo y verás cómo te revienta esa barriga de algodón a punta de hostias.
Así que aquí estoy ahora, en la puerta del centro comercial bajo un disfraz cutre de Santa Claus. Las barbas postizas están amarillentas y apestan a mierda, y el relleno de algodón de la barriga sobresale por las costuras del abrigo rojiblanco. Las botas negras me quedan pequeñas lo cual dificulta mi caminar. La gorra, en cambio, me queda grande tapándome la visión cada dos por tres. Parezco Santa Claus, sí, pero después de haberme inmolado con varias cargas de dinamita.
—¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa!
Como dijo María el curro no es difícil. Estar plantado como un portero fuera de la puerta principal soportando el frío del invierno navideño es admisible. También lo es la incomodidad del disfraz e incluso tener que gritar ¡Jo, jo, jo! cada minuto. Como digo, todo es admisible. Excepto los niños, claro, quienes no han dejado de darme la lata desde que me vieron aparecer como Santa. Lo que menos soporto son sus agudas vocecillas de Bee Gees que te taladran el oído. Para evitar oírlos llevo puestos los auriculares mientras escucho a Arch Enemy² en mi MP3. No obstante los putos Bee Gees son tan agudos que a pesar del vozarrón de Angela Gossow³ escucho a los niños a la perfección.
—Juguemos a “Culete, culete” —dice uno de los ocho críos que están alrededor mío.
Un niño se me acerca por detrás y me pellizca el culo. Me cago en todo lo que se menea. Los pantalones de Santa no tienen algodón por lo cual siento el pellizco en su máxima expresión. Pienso en Herodes. Quiero ser Herodes.
—Culete, culete —dice el niño que me acaba de pellizcar—. El que no pellizque el culete de Santa es porque por el culo se la mete.
Una niña se aproxima por detrás y ¡Plaf! Le doy con la bolsa de dulces en la cabeza. La cría se pone a chillar mientras el resto duda en si avanzar hacia mi culo o retroceder.
—No soy Santa Claus. Soy el puto hombre del saco —digo intentando asustarlos y hacerlos desistir de sus oscuras intenciones—. Y si me provocan no dudaré en llevármelos no sin antes machacarles la cabeza con esto…
Alzo mi bolsa de dulces de manera amenazante y la zarandeo. Por breves momentos no me siento Santa Claus de un país del tercer mundo sino el gran Gandalf que muestra su báculo mágico a los orcos asustados. Y digo breves porque, de no haber sido porque el báculo tenía un hueco en la parte de abajo por el cual se desparramó todo el contenido mágico a los pies de los orcos, quizás todavía estas criaturas del infierno me tendrían temor y no como ahora que corren tras de mí decididos a llevarse a casa un trozo de mis nalgas mientras huyo despavorido dentro de las instalaciones del centro comercial ante la mirada atónita de las vendedoras y de los clientes.
Subo corriendo las escaleras eléctricas hacia la sección no-tengo-ni-puta-idea. Mientras avanzo grito: “¡Deténganlos! ¡No dejen que me alcancen!”. Pero la reacción del público al mirarnos es la contraria a la esperada. Mientras yo, la víctima, soy objeto de que algunas señoras a mi paso, asustadas al verme, terminen dándome con sus carteras en la cabeza, a los niños en cambio, a mis atacantes, no les dan de carterazos e incluso les ceden el paso.
Sigo subiendo las escaleras eléctricas a la sección tampoco-tengo-ni-puta-idea y las botas del gato de Shrek comienzan a causar estragos en mis pies. Ahora ya no corro, cojeo y si no pienso en algo cuanto antes pronto me arrastraré.
Decido no subir más escaleras eléctricas y me interno en la sección me-importa-un-carajo-la-que-sea. Veo juguetes por todos lados así que deduzco que es la sección infantil.
Los orcos salen sedientos de sangre. Me buscan por todos lados y uno señala en dirección a un Santa Claus en donde están los peluches. Corren hacia él y se le tiran encima despedazándolo en el acto. Se detienen y se dan cuenta de que el disfraz de Santa Claus es el mismo al que perseguían mas no el que estaba dentro: un peluche Elmo de tamaño familiar.
Ahora sí que había logrado cabrear a los chavales. Comenzaron a fijarse en los clientes conocedores de que, al no tener disfraz, estaría confundido entre ellos. Y no les faltaba razón ya que me encontraba justo a dos metros de distancia, con mi usual ropa de Metalhead, haciendo como que me interesaba comprar una muñeca Barbie. Mi ventaja era de que no habían visto mi rostro y cualquier tipo de entre las docenas que habían en dicha sección podía pasar por un Santa Claus de alquiler. Las escaleras eléctricas, la salida a la libertad, se encontraban a tan sólo escasos cinco metros de donde estaba. La única manera posible de conseguirlo era caminar sin ninguna prisa y sin la más mínima señal de miedo en el rostro ya que ello me delataría. Tenía que comportarme con la máxima naturalidad. Tenía que tener sangre fría.
Dejo la Barbie en su lugar y me dirijo con aire distraído hacia la escalera eléctrica. Faltan cinco metros, cuatro, tres, dos ¡¡¡Me cago en tu puta madre!!! Siento que algo me muerde el culo. Volteo y es la niña a la que había dado con la bolsa de dulces en la cabeza.
—¿Cómo supiste que era yo? —pregunto desconcertado frotándome el pellizcón.
—Eres el único en toda la sección que no tiene zapatos —me responde.
Me cachis en la mar. Bajo el disfraz de Santa Claus llevaba mi ropa de Metalhead, pero bajo el calzado del gato con botas era imposible calzarme mis New Rock. Y ahora tú me dirás si encuentras zapatos talla 43 en la sección infantil de un centro comercial. Los orcos por fin me tenían acorralado. Aflojo mis nalgas con la esperanza de que estando flácidas me duelan menos los pellizcos.
—¡Alto ahí! —dice un miembro de seguridad del centro comercial cogiendo la mano de uno de los niños que se disponía a pellizcarme.
—Gracias, colega. Me has salvado de cagar de pie durante una semana —digo feliz al vigilante.
—Tú te callas y tampoco te muevas de donde estás. La policía pronto vendrá —dice el uniformado.
—¿Pero de qué estás hablando? Yo he sido víctima...
—He dicho que te calles, macarra —me sentencia el miembro de seguridad—. Ahora quiero que uno de ustedes —se dirige a los niños— me explique qué es lo que pasó y quién destrozó el peluche del Nemo valorado en 450 euros.
Los niños no responden, se quedan mudos. De pronto nos sorprende un ruido extraño parecido al que hacen los delfines cuando intentan comunicarse bajo el agua y que aparecen en esos documentales de la National Geographic. El ruido se hace cada vez más fuerte y para cuando caemos en cuenta de que se trata de los llantos de los ocho críos que hasta hace un momento me rodeaban, nadie creería lo amenazadores que eran.
—¿Qué cree que está haciendo? ¡Suelte a mi hijo inmediatamente! —le dice un gordo alto, con traje y colorado, como un camarón, al miembro de seguridad que tenía cogido de la mano al crío. Detrás suyo le siguen más gordos altos, con trajes y colorados como camarones. El vigilante, asustado, suelta al niño.
—¡El vigilante nos pegó, papá! Y también nos tocó el trasero —dice llorando el crío al que soltó el brazo.
—Usted, señor mío, está metido en un serio problema —dice el primer gordo colorado.
—Yo no les toqué el trasero —dice espantado el vigilante—. Si no me cree pregúntele al macarra…
Y me busca con la mirada pero no me encuentra. Porque ya estoy en la China.
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¹ Título de una de las canciones del álbum “Wages Of Sin” del grupo Arch Enemy.
² Grupo Sueco de Death Melódico.
³ Vocalista del grupo Arch Enemy.
Hace 45 minutos me llamaron de la ETT para un curro urgente en un centro comercial de Nuevos Ministerios. Ochenta euros por sólo cuatro horas de pie regalando dulces a los niños, me dijo María, la consultora, dándome a entender que, como los caramelos, también estaban regalándome el dinero. Lo que no me dijo la muy zorra era de que tenía que estar repartiendo dulces, sí, pero disfrazado de Santa Claus.
—Esa barba blanca y esa barriga es de mentira. Seguro eres un moro o un sudaca. Sólo esa clase de gente es capaz de hacer el ridículo por dos duros. ¿A que sí?
El que hacía de Santa Claus pidió la baja ayer porque, según me contó el que me dio el disfraz y la bolsa de dulces, se torció el tobillo en casa. Una versión muy diferente de la del vendedor del puesto de periódicos de la esquina que juró haber visto como se llevaban a Santa en una ambulancia después de que seis chavales lo confundieran con una pelota fútbol.
—¡Oye, subnormal! ¿Qué es esto? ¿Sólo das una puta golosina? Yo quiero toda la bolsa, joder. Si no me la das le digo a mi papá que me tocaste el culo y verás cómo te revienta esa barriga de algodón a punta de hostias.
Así que aquí estoy ahora, en la puerta del centro comercial bajo un disfraz cutre de Santa Claus. Las barbas postizas están amarillentas y apestan a mierda, y el relleno de algodón de la barriga sobresale por las costuras del abrigo rojiblanco. Las botas negras me quedan pequeñas lo cual dificulta mi caminar. La gorra, en cambio, me queda grande tapándome la visión cada dos por tres. Parezco Santa Claus, sí, pero después de haberme inmolado con varias cargas de dinamita.
—¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa!
Como dijo María el curro no es difícil. Estar plantado como un portero fuera de la puerta principal soportando el frío del invierno navideño es admisible. También lo es la incomodidad del disfraz e incluso tener que gritar ¡Jo, jo, jo! cada minuto. Como digo, todo es admisible. Excepto los niños, claro, quienes no han dejado de darme la lata desde que me vieron aparecer como Santa. Lo que menos soporto son sus agudas vocecillas de Bee Gees que te taladran el oído. Para evitar oírlos llevo puestos los auriculares mientras escucho a Arch Enemy² en mi MP3. No obstante los putos Bee Gees son tan agudos que a pesar del vozarrón de Angela Gossow³ escucho a los niños a la perfección.
—Juguemos a “Culete, culete” —dice uno de los ocho críos que están alrededor mío.
Un niño se me acerca por detrás y me pellizca el culo. Me cago en todo lo que se menea. Los pantalones de Santa no tienen algodón por lo cual siento el pellizco en su máxima expresión. Pienso en Herodes. Quiero ser Herodes.
—Culete, culete —dice el niño que me acaba de pellizcar—. El que no pellizque el culete de Santa es porque por el culo se la mete.
Una niña se aproxima por detrás y ¡Plaf! Le doy con la bolsa de dulces en la cabeza. La cría se pone a chillar mientras el resto duda en si avanzar hacia mi culo o retroceder.
—No soy Santa Claus. Soy el puto hombre del saco —digo intentando asustarlos y hacerlos desistir de sus oscuras intenciones—. Y si me provocan no dudaré en llevármelos no sin antes machacarles la cabeza con esto…
Alzo mi bolsa de dulces de manera amenazante y la zarandeo. Por breves momentos no me siento Santa Claus de un país del tercer mundo sino el gran Gandalf que muestra su báculo mágico a los orcos asustados. Y digo breves porque, de no haber sido porque el báculo tenía un hueco en la parte de abajo por el cual se desparramó todo el contenido mágico a los pies de los orcos, quizás todavía estas criaturas del infierno me tendrían temor y no como ahora que corren tras de mí decididos a llevarse a casa un trozo de mis nalgas mientras huyo despavorido dentro de las instalaciones del centro comercial ante la mirada atónita de las vendedoras y de los clientes.
Subo corriendo las escaleras eléctricas hacia la sección no-tengo-ni-puta-idea. Mientras avanzo grito: “¡Deténganlos! ¡No dejen que me alcancen!”. Pero la reacción del público al mirarnos es la contraria a la esperada. Mientras yo, la víctima, soy objeto de que algunas señoras a mi paso, asustadas al verme, terminen dándome con sus carteras en la cabeza, a los niños en cambio, a mis atacantes, no les dan de carterazos e incluso les ceden el paso.
Sigo subiendo las escaleras eléctricas a la sección tampoco-tengo-ni-puta-idea y las botas del gato de Shrek comienzan a causar estragos en mis pies. Ahora ya no corro, cojeo y si no pienso en algo cuanto antes pronto me arrastraré.
Decido no subir más escaleras eléctricas y me interno en la sección me-importa-un-carajo-la-que-sea. Veo juguetes por todos lados así que deduzco que es la sección infantil.
Los orcos salen sedientos de sangre. Me buscan por todos lados y uno señala en dirección a un Santa Claus en donde están los peluches. Corren hacia él y se le tiran encima despedazándolo en el acto. Se detienen y se dan cuenta de que el disfraz de Santa Claus es el mismo al que perseguían mas no el que estaba dentro: un peluche Elmo de tamaño familiar.
Ahora sí que había logrado cabrear a los chavales. Comenzaron a fijarse en los clientes conocedores de que, al no tener disfraz, estaría confundido entre ellos. Y no les faltaba razón ya que me encontraba justo a dos metros de distancia, con mi usual ropa de Metalhead, haciendo como que me interesaba comprar una muñeca Barbie. Mi ventaja era de que no habían visto mi rostro y cualquier tipo de entre las docenas que habían en dicha sección podía pasar por un Santa Claus de alquiler. Las escaleras eléctricas, la salida a la libertad, se encontraban a tan sólo escasos cinco metros de donde estaba. La única manera posible de conseguirlo era caminar sin ninguna prisa y sin la más mínima señal de miedo en el rostro ya que ello me delataría. Tenía que comportarme con la máxima naturalidad. Tenía que tener sangre fría.
Dejo la Barbie en su lugar y me dirijo con aire distraído hacia la escalera eléctrica. Faltan cinco metros, cuatro, tres, dos ¡¡¡Me cago en tu puta madre!!! Siento que algo me muerde el culo. Volteo y es la niña a la que había dado con la bolsa de dulces en la cabeza.
—¿Cómo supiste que era yo? —pregunto desconcertado frotándome el pellizcón.
—Eres el único en toda la sección que no tiene zapatos —me responde.
Me cachis en la mar. Bajo el disfraz de Santa Claus llevaba mi ropa de Metalhead, pero bajo el calzado del gato con botas era imposible calzarme mis New Rock. Y ahora tú me dirás si encuentras zapatos talla 43 en la sección infantil de un centro comercial. Los orcos por fin me tenían acorralado. Aflojo mis nalgas con la esperanza de que estando flácidas me duelan menos los pellizcos.
—¡Alto ahí! —dice un miembro de seguridad del centro comercial cogiendo la mano de uno de los niños que se disponía a pellizcarme.
—Gracias, colega. Me has salvado de cagar de pie durante una semana —digo feliz al vigilante.
—Tú te callas y tampoco te muevas de donde estás. La policía pronto vendrá —dice el uniformado.
—¿Pero de qué estás hablando? Yo he sido víctima...
—He dicho que te calles, macarra —me sentencia el miembro de seguridad—. Ahora quiero que uno de ustedes —se dirige a los niños— me explique qué es lo que pasó y quién destrozó el peluche del Nemo valorado en 450 euros.
Los niños no responden, se quedan mudos. De pronto nos sorprende un ruido extraño parecido al que hacen los delfines cuando intentan comunicarse bajo el agua y que aparecen en esos documentales de la National Geographic. El ruido se hace cada vez más fuerte y para cuando caemos en cuenta de que se trata de los llantos de los ocho críos que hasta hace un momento me rodeaban, nadie creería lo amenazadores que eran.
—¿Qué cree que está haciendo? ¡Suelte a mi hijo inmediatamente! —le dice un gordo alto, con traje y colorado, como un camarón, al miembro de seguridad que tenía cogido de la mano al crío. Detrás suyo le siguen más gordos altos, con trajes y colorados como camarones. El vigilante, asustado, suelta al niño.
—¡El vigilante nos pegó, papá! Y también nos tocó el trasero —dice llorando el crío al que soltó el brazo.
—Usted, señor mío, está metido en un serio problema —dice el primer gordo colorado.
—Yo no les toqué el trasero —dice espantado el vigilante—. Si no me cree pregúntele al macarra…
Y me busca con la mirada pero no me encuentra. Porque ya estoy en la China.
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¹ Título de una de las canciones del álbum “Wages Of Sin” del grupo Arch Enemy.
² Grupo Sueco de Death Melódico.
³ Vocalista del grupo Arch Enemy.
