martes 25 de diciembre de 2007

Detrás De La Sonrisa¹

Santa Claus no existe. Eres un mamón chupapollas.
Hace 45 minutos me llamaron de la ETT para un curro urgente en un centro comercial de Nuevos Ministerios. Ochenta euros por sólo cuatro horas de pie regalando dulces a los niños, me dijo María, la consultora, dándome a entender que, como los caramelos, también estaban regalándome el dinero. Lo que no me dijo la muy zorra era de que tenía que estar repartiendo dulces, sí, pero disfrazado de Santa Claus.
—Esa barba blanca y esa barriga es de mentira. Seguro eres un moro o un sudaca. Sólo esa clase de gente es capaz de hacer el ridículo por dos duros. ¿A que sí?
El que hacía de Santa Claus pidió la baja ayer porque, según me contó el que me dio el disfraz y la bolsa de dulces, se torció el tobillo en casa. Una versión muy diferente de la del vendedor del puesto de periódicos de la esquina que juró haber visto como se llevaban a Santa en una ambulancia después de que seis chavales lo confundieran con una pelota fútbol.
—¡Oye, subnormal! ¿Qué es esto? ¿Sólo das una puta golosina? Yo quiero toda la bolsa, joder. Si no me la das le digo a mi papá que me tocaste el culo y verás cómo te revienta esa barriga de algodón a punta de hostias.
Así que aquí estoy ahora, en la puerta del centro comercial bajo un disfraz cutre de Santa Claus. Las barbas postizas están amarillentas y apestan a mierda, y el relleno de algodón de la barriga sobresale por las costuras del abrigo rojiblanco. Las botas negras me quedan pequeñas lo cual dificulta mi caminar. La gorra, en cambio, me queda grande tapándome la visión cada dos por tres. Parezco Santa Claus, sí, pero después de haberme inmolado con varias cargas de dinamita.
—¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijputa! ¡Maricón Hijoputa! ¡Maricón Hijoputa!
Como dijo María el curro no es difícil. Estar plantado como un portero fuera de la puerta principal soportando el frío del invierno navideño es admisible. También lo es la incomodidad del disfraz e incluso tener que gritar ¡Jo, jo, jo! cada minuto. Como digo, todo es admisible. Excepto los niños, claro, quienes no han dejado de darme la lata desde que me vieron aparecer como Santa. Lo que menos soporto son sus agudas vocecillas de Bee Gees que te taladran el oído. Para evitar oírlos llevo puestos los auriculares mientras escucho a Arch Enemy² en mi MP3. No obstante los putos Bee Gees son tan agudos que a pesar del vozarrón de Angela Gossow³ escucho a los niños a la perfección.
—Juguemos a “Culete, culete” —dice uno de los ocho críos que están alrededor mío.
Un niño se me acerca por detrás y me pellizca el culo. Me cago en todo lo que se menea. Los pantalones de Santa no tienen algodón por lo cual siento el pellizco en su máxima expresión. Pienso en Herodes. Quiero ser Herodes.
—Culete, culete —dice el niño que me acaba de pellizcar—. El que no pellizque el culete de Santa es porque por el culo se la mete.
Una niña se aproxima por detrás y ¡Plaf! Le doy con la bolsa de dulces en la cabeza. La cría se pone a chillar mientras el resto duda en si avanzar hacia mi culo o retroceder.
—No soy Santa Claus. Soy el puto hombre del saco —digo intentando asustarlos y hacerlos desistir de sus oscuras intenciones—. Y si me provocan no dudaré en llevármelos no sin antes machacarles la cabeza con esto…
Alzo mi bolsa de dulces de manera amenazante y la zarandeo. Por breves momentos no me siento Santa Claus de un país del tercer mundo sino el gran Gandalf que muestra su báculo mágico a los orcos asustados. Y digo breves porque, de no haber sido porque el báculo tenía un hueco en la parte de abajo por el cual se desparramó todo el contenido mágico a los pies de los orcos, quizás todavía estas criaturas del infierno me tendrían temor y no como ahora que corren tras de mí decididos a llevarse a casa un trozo de mis nalgas mientras huyo despavorido dentro de las instalaciones del centro comercial ante la mirada atónita de las vendedoras y de los clientes.
Subo corriendo las escaleras eléctricas hacia la sección no-tengo-ni-puta-idea. Mientras avanzo grito: “¡Deténganlos! ¡No dejen que me alcancen!”. Pero la reacción del público al mirarnos es la contraria a la esperada. Mientras yo, la víctima, soy objeto de que algunas señoras a mi paso, asustadas al verme, terminen dándome con sus carteras en la cabeza, a los niños en cambio, a mis atacantes, no les dan de carterazos e incluso les ceden el paso.
Sigo subiendo las escaleras eléctricas a la sección tampoco-tengo-ni-puta-idea y las botas del gato de Shrek comienzan a causar estragos en mis pies. Ahora ya no corro, cojeo y si no pienso en algo cuanto antes pronto me arrastraré.
Decido no subir más escaleras eléctricas y me interno en la sección me-importa-un-carajo-la-que-sea. Veo juguetes por todos lados así que deduzco que es la sección infantil.
Los orcos salen sedientos de sangre. Me buscan por todos lados y uno señala en dirección a un Santa Claus en donde están los peluches. Corren hacia él y se le tiran encima despedazándolo en el acto. Se detienen y se dan cuenta de que el disfraz de Santa Claus es el mismo al que perseguían mas no el que estaba dentro: un peluche Elmo de tamaño familiar.
Ahora sí que había logrado cabrear a los chavales. Comenzaron a fijarse en los clientes conocedores de que, al no tener disfraz, estaría confundido entre ellos. Y no les faltaba razón ya que me encontraba justo a dos metros de distancia, con mi usual ropa de Metalhead, haciendo como que me interesaba comprar una muñeca Barbie. Mi ventaja era de que no habían visto mi rostro y cualquier tipo de entre las docenas que habían en dicha sección podía pasar por un Santa Claus de alquiler. Las escaleras eléctricas, la salida a la libertad, se encontraban a tan sólo escasos cinco metros de donde estaba. La única manera posible de conseguirlo era caminar sin ninguna prisa y sin la más mínima señal de miedo en el rostro ya que ello me delataría. Tenía que comportarme con la máxima naturalidad. Tenía que tener sangre fría.
Dejo la Barbie en su lugar y me dirijo con aire distraído hacia la escalera eléctrica. Faltan cinco metros, cuatro, tres, dos ¡¡¡Me cago en tu puta madre!!! Siento que algo me muerde el culo. Volteo y es la niña a la que había dado con la bolsa de dulces en la cabeza.
—¿Cómo supiste que era yo? —pregunto desconcertado frotándome el pellizcón.
—Eres el único en toda la sección que no tiene zapatos —me responde.
Me cachis en la mar. Bajo el disfraz de Santa Claus llevaba mi ropa de Metalhead, pero bajo el calzado del gato con botas era imposible calzarme mis New Rock. Y ahora tú me dirás si encuentras zapatos talla 43 en la sección infantil de un centro comercial. Los orcos por fin me tenían acorralado. Aflojo mis nalgas con la esperanza de que estando flácidas me duelan menos los pellizcos.
—¡Alto ahí! —dice un miembro de seguridad del centro comercial cogiendo la mano de uno de los niños que se disponía a pellizcarme.
—Gracias, colega. Me has salvado de cagar de pie durante una semana —digo feliz al vigilante.
—Tú te callas y tampoco te muevas de donde estás. La policía pronto vendrá —dice el uniformado.
—¿Pero de qué estás hablando? Yo he sido víctima...
—He dicho que te calles, macarra —me sentencia el miembro de seguridad—. Ahora quiero que uno de ustedes —se dirige a los niños— me explique qué es lo que pasó y quién destrozó el peluche del Nemo valorado en 450 euros.
Los niños no responden, se quedan mudos. De pronto nos sorprende un ruido extraño parecido al que hacen los delfines cuando intentan comunicarse bajo el agua y que aparecen en esos documentales de la National Geographic. El ruido se hace cada vez más fuerte y para cuando caemos en cuenta de que se trata de los llantos de los ocho críos que hasta hace un momento me rodeaban, nadie creería lo amenazadores que eran.
—¿Qué cree que está haciendo? ¡Suelte a mi hijo inmediatamente! —le dice un gordo alto, con traje y colorado, como un camarón, al miembro de seguridad que tenía cogido de la mano al crío. Detrás suyo le siguen más gordos altos, con trajes y colorados como camarones. El vigilante, asustado, suelta al niño.
—¡El vigilante nos pegó, papá! Y también nos tocó el trasero —dice llorando el crío al que soltó el brazo.
—Usted, señor mío, está metido en un serio problema —dice el primer gordo colorado.
—Yo no les toqué el trasero —dice espantado el vigilante—. Si no me cree pregúntele al macarra…
Y me busca con la mirada pero no me encuentra. Porque ya estoy en la China.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Wages Of Sin” del grupo Arch Enemy.
² Grupo Sueco de
Death Melódico.

³ Vocalista del grupo Arch Enemy.

domingo 16 de diciembre de 2007

Cuando Satanás Gobierna Su Mundo¹

“Los muchos deben trabajar mucho
para que los pocos puedan trabajar poco,
a fin de que estos pocos ganen mucho
y aquellos muchos ganen poco”
Istvan Verlokta

—Cuéntame tu experiencia laboral. Por ejemplo, aquí en tu currículum pone que has estado en Inglaterra. ¿Cuánto tiempo estuviste allí y qué hacías?
Nunca entenderé por qué a los empleadores les flipa tanto que uno tenga experiencia laboral en otro país cuando al final, en caso consigas el puesto, no te sirva mas que para comprobar lo ridículo que es nuestro paleto sistema laboral. Currar más allá de las fronteras solo servirá para aumentar tu caché en el proceso de selección y tengas más posibilidades de pillar el puesto, pero difícilmente te será útil en el desempeño de tus labores.
—¿Estuviste trabajando de camarero en un pub de Londres? ¿Y qué tal la experiencia?
Mas aún tratándose de oficios tales como los de mozo de almacén, conductor, botones o camarero. ¿Que necesitas saber inglés? Existe un sinfín de métodos por los cuales puedes aprenderlo, sino como un nativo, sí de manera aceptable. Pero no, así domines el inglés, si nunca has trabajado en el extranjero, tus posibilidades de pillar un puesto serán menores que las de uno que sí lo haya hecho.
—Cierto. Me han contado que en Londres llueve bastante. ¿También hace mucho frío?
Tú podrías haber viajado a Inglaterra sólo para asistir al festival de rock duro Download en Donington y poner en tu currículum que estuviste trabajando en el puesto que solicitas. Los empleadores, que nunca se tomarán la molestia de comprobarlo, entonces querrán saber algunos detalles de tu supuesta experiencia, pero lo que en verdad les interesa es que les cuentes las curiosidades y anécdotas que pasaste en tierras tan extrañas. Cuanto más absurdas tus experiencias más grande abrirán la boca de asombro, como si fuesen a chuparle los huevos a Godzilla.
—¿Le serviste un filete de carne a Mick Jagger y a los demás miembros de los Rolling Stones? ¿Y qué pidieron de beber?
Ayer me llamaron de un restaurante italiano para una entrevista. “Un camarero con experiencia de un año como mínimo. Inglés indispensable”, recuerdo que decía el anuncio. Me apersoné al local, cerca del metro Goya, y después de esperar media hora (estaban entrevistando a otro candidato) y mientras escuchaba a Deicide² en mi MP3, el dueño, un cuarentón muy parecido a James Gandolfini de la serie Los Soprano, me hizo pasar a su improvisado despacho: una de las mesas del restaurante. Nos sentamos y la entrevista se extendió durante casi media hora, tiempo en el cual conté toda serie de barbaridades, desde mi supuesto servicio prestado a Mick Jagger en un pub londinense hasta mi encuentro accidental con algunos miembros de los Beatles. Tan ensimismado estaba en mi narración ficticia que no me di cuenta que acababa de decir que John Lennon, después de pedirme un martini doble, me dejó una propina de cien libras esterlinas.
—¿Pero John Lennon no estaba muerto? ¿Acaso no fue ése al que mataron? —me pregunta James Gandolfini con cara de extrañeza.
—¡Ah, coño! Fue justo lo que yo también le dije. “Oiga, señor Lennon. ¿Acaso usted no está muerto?” Y va y me dice “Hombre, mi padre sí, pero yo espero estar vivo todavía”. ¡Te cagas! Resulta que era el hijo de John y Yoko. ¡Es que es una fotocopia de su padre!
James Gandolfini asienta con la cabeza y luego procede a contarme las características de la oferta. Ya era hora, pienso. Si me seguía dando cuerda no sé hasta dónde hubiera llegado. Eso es lo malo de muchas entrevistas laborales. Primero comienzan preguntándote sobre tu experiencia y demás nimiedades cuando lo que deberían hacer es decirte directamente el monto de la paga, el horario y las labores a realizar, para saber si te interesa. El solo hecho de que te presentes a un puesto da por sentado a los empleadores de que sus ofertas son aceptadas, por ello te hacen perder el tiempo con sus interrogatorios. El gran broche final, según ellos, es decirte lo que en un principio te debieron decir. Y se supone que uno, tras escucharlos, debería emocionarse.
—El horario es partido, de once a cuatro y de ocho a doce o una de la mañana, según la cantidad de clientes que haya. El salario es de 950 euros netos y las propinas son aparte.
Vaya mierda. No hay nada peor que un horario partido debido a que son engañosos. Supuestamente tu horario será de nueve o diez horas de trabajo al día los cuales te pagarán exactos sin un euro de más. No obstante, en la práctica, el tiempo que el curro te tomará será de más de catorce horas debido a que el entretiempo se te irá entre que almuerces, vayas a tu casa y regreses. Ni siquiera viviendo al lado de tu trabajo te servirá de nada ya que tu mente, durante el entretiempo, sólo estará pensando en la hora en que tienes que regresar. Tu libertad, si bien trabajando ya es limitada, con este tipo de horario lo es todavía más.
—Pos mira —le digo a Gandolfini—, todo está muy bien, sólo que tengo dos pegas. La primera es el horario partido.
—En hostelería los horarios suelen ser partidos —me dice el padre de Los Soprano.
—Ya, pero no en todos. Yo busco un horario corrido. Bueno, y la segunda pega es el salario. Vengo de ganar 1300 euros…
—Pero en Inglaterra el costo de vida es superior por eso los salarios son altos.
—Ya, pero yo no te hablo de Inglaterra si no de Barcelona. Si te fijas en mi currículum también pone que curré en un bar de copas…
—¿Y cuánto ganabas allí?
—Sobre los 1300 euros. A parte de las propinas.
—Pero seguro sería en un horario chungo.
—No menos chungo que un horario partido.
—Bueno, pero como dice el dicho, es mejor ganar poco y que te traten bien, a ganar mucho y que te puteen. Aquí no te vamos a putear.
—No hace falta. Con el salario ofrecido ya lo estás haciendo.
La expresión radiante de James Gandolfini se torna de pronto sombría. Intento decir algo que quite un poco de leña al fuego.
—Bueno, también tengo que reconocer que en el bar de Barcelona pagaban más debido a que era un lugar de categoría. Un lugar con clase, ya sabes…
La expresión sombría de James Gandolfini se torna más nefasta aún. La estoy cagando.
—No quise decir eso, me refería a que en Barcelona los clientes tenían más dinero, quizás por eso pagaban más. No como aquí, en Madrid, que además de peseteros, los clientes no suelen dejar propinas. Ya sabes, el viejo dicho que dice “si te dejan propina de más de un euro lo más probable es que el cliente no sea español si no extranjero”.
Para cuando termino de decir eso caigo en cuenta del contenido de la foto que está colgada en la parte superior de la barra, justo detrás de donde el padre de Los Soprano se encuentra sentado. Eran los jugadores del Real Madrid que posan abrazados del dueño del restaurante que aparece sonriente y feliz, muy distinto de como está ahora. Incluso logro leer su nombre en la dedicatoria que le firmaron los futbolistas sobre la foto: “A José Domínguez” por lo que deduzco que de italiano el restaurante sólo tiene el nombre ya que el dueño es más español que el jamón serrano. Tengo que actuar con rapidez.
—¡Pero si es Raúl! —grito levantándome del asiento y señalando hacia la ventana.
James Gandolfini voltea a mirar, ocasión que aprovecho para correr en dirección contraria hacia la puerta. Pero ni bien avanzo unos metros y me tropiezo con un tipo vestido de blanco que carga una torre enorme de masas de pizza. El impacto es tremendo y los tres, las masas de pizza, el tipo de blanco y yo, caemos al suelo. Me incorporo y antes de echar a correr como un conejo asustado logro ver la cara del que reconozco como cocinero del restaurante italiano, el del uniforme blanco con quien me tropecé. Resultó ser latinoamericano.
—Tú tampoco eres italiano —le digo y salgo cagando leches del lugar.
Cuando por fin llego al metro Goya y mientras escucho a Deicide en mi MP3, reflexiono sobre lo sucedido e intento sacar una moraleja de ello. Y antes de llegar a las taquillas del metro se me ocurre una: “Cuando estés en apuros corre como un conejo. Pero cuando no tengas bonotransporte sáltate la entrada del metro como un canguro”.
Y eso es lo que hago.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Once Upon The Cross” del grupo Deicide.
² Grupo norteamericano de Death Metal.

domingo 2 de diciembre de 2007

Peligro, Aléjate¹

Primer domingo de mes, diez de la mañana. El centro comercial la Vaguada, en Barrio del Pilar, está llena de gente cargada, es decir, gente que acaba de cobrar su sueldo y que viene a gastárselo en lo que sea. Yo también estoy cargado, pero de otra cosa. Al parecer, las lentejas que comí anoche me sentaron fatal. Como el apretón me cogió por sorpresa dentro del coche en el que dormía, y este estaba aparcado a tan sólo dos calles del centro, decidí visitar los aseos de la Vaguada, que si bien no son gran cosa (las del Corte Inglés huelen mejor) por lo menos lo sacan a uno del apuro (además el Corte Inglés abre más tarde). Para no aburrirme mientras cago escucho a Slipknot² en mi MP3 y leo un cómic, “Las aventuras del Capitán Torrezno: Capitán de provincias del dolor”, de Santiago Valenzuela. Todo va de maravillas hasta que, entre los poderosos golpes de batería de Joey Jordison³, reconozco un sonido extraño que antes no había. Me saco los auriculares. Son los golpes de alguien aporreando la puerta del baño en donde me encuentro encerrado.
—Está ocupado —digo.
—Abre la puerta —me dice una voz de tono grave.
—Que te digo que está ocupado. Búscate otro baño. Voy a demorar.
—Que abras la puerta. Somos seguridad de la Vaguada —me responde otra voz de tono agudo.
Joder. ¿Por qué querrán los de seguridad que salga del baño mientras estoy cagando? ¿Será que existe una amenaza de bomba de ETA? ¿Estarán desalojando todo el centro comercial? ¿Cabe la posibilidad de que los terroristas hayan escondido la bomba debajo del tazón del váter? ¡Por dios! ¿No le basta a ETA querer cagarnos la vida y ahora lo que quieren es cagarnos con nuestras propias mierdas en el sentido literal de la palabra?
—Ahora salgo —respondo.
Desenrrollo casi dos metros de papel higiénico y me limpió con sumo cuidado el trasero. Demoro cinco minutos en el proceso. No me dejo ninguna mancha. Al igual que los bolsillos, me gusta tener el culo limpio.
—Bien, agentes. Pueden entrar, pero creo que la bomba no está en el interior —digo nomás abrir la puerta del baño y ver a los dos uniformados. Uno es alto, de cabeza pequeña y tiene los dos dientes delanteros visibles. El otro, al contrario, es bajo, cabezón y tiene una mirada de mala hostia que no veas. Viéndolos bien se parecen a los ratones Pinky y Cerebro.
—Ve a revisar —dice Cerebro, el de la voz grave. Pinky obedece y entra al baño. Olfatea el lavadero, las esquinas del habitáculo y el interior de la papelera. Cuando abre la tapa del váter mete su hocico hasta casi tocar el agua. El olor de las lentejas digeridas hacen que la cierre con rapidez y que su rostro adquiera la mueca de alguien que acaba de chupar un limón.
—No hay nada jefe. No puedo decir que está limpio, pero no hay lo que buscamos —dice Pinky reponiéndose del menestrón.
—Ya les dije que no había bomba en este baño. Deberían buscar en otra parte, en el lugar menos pensado. En la tienda de Disney, por ejemplo. Puede que hayan escondido la bomba dentro de algún peluche de los siete enanos —digo intentando ayudar a los agentes en su búsqueda.
—Muéstrame tus documentos, por favor —me dice Cerebro con la misma expresión de estreñido de siempre.
—¿Piensa que soy de ETA? Eso es ridículo —le digo mientras le doy mi DNI.
—¿Por qué demoraste tanto en abrir la puerta del baño? —me pregunta Cerebro.
—Coño, porque me estaba limpiando el culo —respondo.
—¿Tanto demoras en limpiarte?
—En Japón —explico—, después de cagar, además de que la gente suele limpiarse con toallitas húmedas desechables, del interior del váter sale un chorrito de agua, como los bidets, para que uno pueda lavarse el trasero. Limpiarse solo con papel higiénico implica tener el culo siempre sucio. De los váteres de España no saldrán chorritos, pero sí de los grifos de los lavaderos. Así que lo que yo hago es mojar un poco el papel higiénico y limpiarme tantas veces haga falta hasta que desaparezca todo rastro color marrón.
—¿Y por qué no utilizas el baño de tu casa?
—Estaba de paso y me cogió el apretón.
Si respondía que no tenía casa, que era una especie de okupa solitario que me introducía en los pisos vacíos de la gente que se iba de vacaciones o peor aún, que tampoco desechaba la oportunidad de dormir dentro de algún coche, a ser posible de fabricación alemana debido a que los asientos eran más cómodos, entonces no solo pensarían de que era un terrorista, sino uno suicida como los de Al Qaeda.
—¿Sueles consumir drogas? —me pregunta Cerebro.
Soy un idiota. Hasta ese momento creía que Pinky y Cerebro me habían echo salir del baño debido a una alarma de bomba. Pero cuando Cerebro me preguntó lo de las drogas comprendí que se trataba de algo muy común en mi vida diaria, que la gente creía que me ponía de coca hasta arriba debido únicamente a mi aspecto. Un yonqui, según las películas americanas dirigidas a adolescentes, tienen mi apariencia: ropas negras, barbas, piercings y tatuajes. El estereotipo está tan visto que nadie duda de él y a la primera que me ven me tachan de cocainómano o porrero. Ni siquiera fumo cigarros, pero nadie me cree: los que no son yonquis porque creen que lo soy y los que lo son pero creen que me niego para no invitar. Para estos últimos soy un yonqui egoísta.
—¿Y bien? —me pregunta Cerebro.
—¿Perdón? —digo.
—Responde a la pregunta —me dice Pinky.
—¿Lo de consumir drogas? —digo.
—Seré más claro. ¿Qué es lo último que has consumido? —me pregunta Cerebro.
—Unos granos…
—¡Lo sabía! —me interrumpe Cerebro con una mueca de satisfacción— ¿de qué color eran esos granos?
—Marrones —respondo.
—¿Y cuándo los consumiste?
—Ayer por la noche.
—Y te cayeron mal ¿A que sí?
—Así es agente. Me cayeron fatal. Pero ya los expulsé.
—¿Dónde? ¿En el váter? ¿Te deshiciste de ellos cuando jalaste la cadena?
—Así es agente.
—Te has metido en un serio problema, chico —me dice Cerebro mientras anota los datos de mi DNI en su libreta.
—¿Y ahora qué harán? —pregunto.
—Llamaremos a la policía y ellos se encargarán de ti —me dice Cerebro.
Pinky se acerca por detrás y saca las esposas. Ante tales circunstancias solo se me ocurre una cosa. Empiezo a jadear grotescamente y a golpearme el pecho con los puños con violencia. Intento imitar a alguien que está sufriendo un ataque cardíaco, pero soy tan malo en mi interpretación que más parezco una parodia de King Kong haciendo berrinche porque le acaban de quitar a su chica rubia. Pinky y Cerebro se quedan quietos y solo se limitan a mirarme con expresión extraña. Imagino que mis brincos y bufidos en lugar de un ataque al corazón, lo que les hace creer es que sufro un subidón de pastillas que flipas. Me aprovecho de ello y mientras salto como un gorila loco comienzo a botar saliva por la boca. Cerebro reacciona tapándose la cara con mi DNI para que no le caigan mis escupitajos. Pego un salto hacia él, le quito mi documento y de otro salto estoy fuera del baño. Sigo brincando y dando bufidos hasta la salida de la Vaguada con Pinky y Cerebro siguiéndome detrás ante la sorpresa y sonrisas generalizadas de la gente. Una vez en la calle comprendo que se avanza más rápido si me yergo y corro como un ser humano normal, cosa que hice hasta perder a los agentes por completo.
Llego al lugar en donde estaba aparcado el coche en donde dormí la noche anterior. Era un Volkswagen pero ahora ya no está. No me importa. Esta noche dormiré en un Audi. Y si mañana me coge un nuevo apretón me iré a otro baño en donde tengan un mejor servicio de atención al cliente además de un papel higiénico suave y perfumado.
Mañana iré al Corte Inglés.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Vol 3: (The Subliminal Verses)” del grupo Slipknot.
² Grupo norteamericano de Nu Metal.
³ Baterista del grupo Slipknot.