lunes 7 de enero de 2008

Por Cuatro Perras¹

¿Miente generalmente siempre o usualmente nunca?
Lunes, once de la mañana. Dicen que el lunes es el peor día de todos debido a que es el primero de la semana laboral. Para mí, la verdad, el peor día es aquel en el cual se trabaje sea lunes, martes, sábado o domingo. ¿Cinco días laborables y dos de descanso a la semana? ¿A quién coño se le ocurrió eso? Lo suyo debería ser al revés: dos días laborables y cinco de descanso a la semana. O también once meses de vacaciones y uno de trabajo al año. Con ese esquema laboral los días lunes dejarían de ser tan odiados.
El fin de semana ¿prefiere salir con sus amigos o quedarse en casa leyendo un libro?
Me encuentro sentado en uno de los sofás del enorme hall de un hotel en Ciudad de la Imagen. Sólo el hall es más grande que muchos pisos que he conocido. Y los sofás, bueno, son de piel y seguro que cuestan lo que le costaría a una pareja joven llenar todo su hogar. El hotel es nuevo y, más que un hotel, parece un complejo de chalets de dos plantas equipado con lo último en tecnología. Es un hotel “de diseño”, como le dicen ahora. Es decir, un pretexto más para cobrarte el triple por una habitación que ya de por sí cuesta un trasplante de pulmón.
¿Prefiere ser un guardia forestal o un profesor de arte?
Ayer me citaron aquí para una entrevista de trabajo. Dicen que necesitan botones y como yo necesito dinero, pues me vine en cuanto pude. Llegué hace más de una hora pero, en lugar de una entrevista, me encontré con que debía rellenar un aburrido test psicológico. 140 preguntas tiene el test de los cojones. Para no dormirme escucho a Marea² en mi MP3.
¿Admira más el diseño de un arma de fuego o la calidad de un espectáculo teatral?
Al final del test leo que procede de un centro de investigación de los Estados Unidos. Hay que joderse. Lo más importante de un trabajador es ver cómo se desempeña en las funciones que se le asignan, dentro del mismo ruedo, trabajando. Y no rellenando tests de mierda que lo único que hacen es, además de hacerte perder el tiempo, marearte con tanta pregunta con doble sentido. Las empresas que asimilan esta clase de método selectivo importado creen que así son más eficientes y modernas. El hecho de que estos tests suelen ser aprobados con facilidad por los asesinos en serie del país que tanto admiran es algo que no viene a cuento.
En una fiesta ¿prefiere contar chistes y ser el centro de atención o se siente más cómodo pasando desapercibido sin que noten su presencia?
Después de responder 100 preguntas me encuentro al borde del suicidio. A ratos pienso que el verdadero objetivo del test no es averiguar tu perfil psicológico en vías a descartarte para el puesto sino torturarte para ver cuánta mierda eres capaz de soportar. Las respuestas de las últimas 40 preguntas las marco sin leerlas. Estoy hasta la polla. Sobre todo después de leer la última, la 140, que más suena a mofa que a otra cosa.
¿Se enoja con facilidad o siempre está alegre?
Me acerco a la recepción del hotel y uno de los recepcionistas me indica que espere, que en un momento vendrá la chica que me entregó el test. Vuelvo a sentarme en el mismo sofá y cuando estoy a punto de echar una siestecita la chica del puto test aparece. A su lado la acompaña un tío grande, con camisa y corbata verde. Se parece al oso Yogi. Me pongo de pie y les saludo.
—Hola, Franco —me dice la puta chica del test sonriendo—. Aquí te presento a Guillermo, el jefe de los botones del hotel. Él te explicará en qué consiste el trabajo. Cualquier duda que tengas sobre el puesto pregúntale sin miedo. Yo tengo que irme. Adiós y mucho gusto.
La chica recoge mi test y desaparece. El oso Yogi me invita a tomar asiento y él hace lo propio, se sienta en el sofá contiguo. En una fracción de segundo sus ojos se mueven rápidamente de abajo hacia arriba. Fueron sólo unos milisegundos pero bastaron para darme cuenta de que había inspeccionado mi apariencia. Mala señal. Normalmente cuando sucede esto nunca me cogen para el curro ya que mi aspecto no cuadra con lo que suelen buscar: un chico “normal”, o lo que es lo mismo, que parezca que se haya vestido en las tiendas Cortefiel o como mucho en Springfield.
—Bueno, Franco —me dice el oso Yogi—. Aquí se trabaja todos los días, de lunes a domingo, con dos días de descanso rotativos a la semana. En total, 40 horas semanales.
El oso Yogi hace una pausa. No me queda claro si lo hace para darme tiempo a que digiera lo que me acaba de decir o para darle un mayor aire de importancia a las condiciones del puesto requerido. Me mira. Lo miro. Le sonrío. No me sonríe. Comprendo que esa reacción no era la que esperaba de mí.
—Las labores son las propias de un botones: cargar las maletas del cliente hasta su habitación o llevar su equipaje hasta su vehículo. Las horas extras se incluyen en nómina y las propinas se distribuyen equitativamente entre todos los botones.
El oso Yogi hace otra pausa. Me mira. Lo miro. Esta vez no le sonrío y decido mover afirmativamente mi cabeza mientras aguzo la mirada como si estuviera descifrando la cantidad exacta de la raíz cuadrada de Pi. Al oso Yogi se le ilumina el rostro y en él aparece un esbozo de sonrisa. Lo conseguí. Finalmente atiné la reacción que Yogi esperaba de mí.
—Aquí pagamos por las 40 horas semanales 800 euros al mes. Las horas extras se pagan un 50 % más que la hora normal. Más las propinas estarías sacando unos 1200 euros más o menos.
El oso Yogi hace otra pausa. Me mira. Lo miro. Muevo afirmativamente mi cabeza y aguzo la mirada, esta vez como si estuviera a punto de dar con la fórmula química correcta que logrará la cura del SIDA. Al oso Yogi se le vuelve a iluminar el rostro y se le vuelven a torcer los labios en un nuevo simulacro de sonrisa.
—Aquí sólo pedimos orden y limpieza en el aspecto personal.
El oso Yogi hace otra pausa. Me mira. Lo miro. Sé a dónde quiere llegar, pero esta vez me hago el tonto. En lugar de afirmar con mi cabeza, pongo la expresión de alguien que acaba de ser notificado de la muerte de su hermano. Alguien que es hijo único y que nunca tuvo hermanos.
—Lo que quiero decir es que si vas a trabajar con nosotros tendrás que afeitarte esa barba.
Otra nueva pausa. Esta vez comprendo que al que corresponde hablar primero es a mí ya que Yogi ha puesto todas las cartas sobre la mesa.
—Gracias por todo —digo finalmente—, pero no me interesa la oferta.
—Lamento no poder hacer nada al respecto. Ya sabe que el campo de la hotelería siempre exige que el personal vaya debidamente afeitado. Comprendo que haya gente que no quiera trabajar en esto por ese motivo.
—No. En lo absoluto —le digo—. El problema no es afeitarme la barba.
—¿Entonces? —pregunta el oso Yogi sorprendido.
—El problema es el salario. 800 euros en nómina no me alcanzan para nada.
—Son 1200 más las horas extras y las propinas.
—Pero entonces ya no serían 40 horas semanales y no me puedo confiar en las propinas porque hay meses en los que serán altas y otros, bajas. Sólo puedo confiar en lo que me paguen en nómina y, como te digo, 800 euros para un hotel que se supone de lujo suenan más a propina que a salario.
—Nosotros estamos pagando la media de lo que paga el sector hotelero.
—Pero cobran los servicios de un hotel de cinco estrellas. A eso me refiero, me piden que me afeite la barba y vale, no sólo la barba sino que soy capaz, incluso, hasta de depilarme los pelos de los huevos. Pero no por la paga mínima del sector. Para eso mejor me meto de mozo de almacén, me pagan más y no me piden que cambie mi aspecto.
—Pues nada. Entonces será mejor que busques un puesto como mozo.
—O también buscar curro en otro hotel de cinco estrellas, pero que pague salarios de cinco estrellas y no de una estrella.
Al oso Yogi no le gusta mi broma. Se levanta y ni siquiera me extiende la mano para despedirse. Sólo se da la vuelta y, como la chica del test, desaparece. Antes de irme cojo uno de los folletos informativos de la recepción. El precio de cada habitación simple es de 180 euros la noche. Salgo del hotel. Hago un avión de papel con el folleto informativo y lo tiro hacia el cielo. Planea un poco antes de clavarse en medio del césped inmaculado del mismo hotel. Un botones que pasa por mi lado cargándole una maleta a un guiri me mira y noto en su expresión una ligera mueca de sonrisa.
Te entiendo, colega. No vale la pena preocuparse por alguien que no se preocupa por nosotros.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Las Aceras Están Llenas De Piojos” del grupo Marea.
² Grupo español de Rock and Roll.

8 gritos guturales:

Señorita 3.33 dijo...

Besos DiMerda.

Señorita 3.33 dijo...

Me encanta la mierda, es especial.
¿Has leído la entrada "prohibido cagar sin mirar la mierda"?
Un beso en el culo DiMerda.
Joder cuánta mierda.
ñaña.

espartako dijo...

Tienes razón, del Perú no se emigra, se huye. Yo lo he intentado como turista, hasta dos veces, el año pasado, pero por dos benditos requisitos, no he podido. Ya habrá otra oportunidad desde luego.

Siga usted escuchando esas cruentas guitarras. Y a ver si por allí aparece una rubia dispuesta a lo qué sea.

Saludos

Hugo Izarra dijo...

Ya era hora, cabrón.

Eso de trampear la fecha es una vileza. Estaba esperando un DiMerda desde navidad.

satxoska dijo...

qué kaña!! ya la leí en el heavy rock del mes, inconfundible

Mario M. Relaño dijo...

Quizás porque también trabajo en un hotel entiendo esta entrevista de trabajo. Además, me aporta ideas. Me ha tocado la fibra sensible. Lo único que no comparto es depilarme ni un sólo pelo de los huevos por esa puta gente. Me los depilaré cuando a mi se me antoje.

Saludos.

Stela dijo...

Es la 1º vez que entro y me has dejado impresionada, me gusta mucho el blog!

Y marea ;)

Anónimo dijo...

Saludos desde México
Sigue escribiendo asi.