Viernes, seis de la tarde. Estoy sentado en una parada de autobús en las inmediaciones del centro comercial Príncipe Pío. Este, al igual que las bancas de los parques, es uno de los pocos lugares en donde todavía te permiten sentarte gratis. No espero ningún autobús en especial, sólo me senté para poder leer tranquilamente un cómic, “Blacksad: Un Lugar Entre Las Sombras” de Juan Díaz Canales (al guión) y Juanjo Guarnido (al dibujo y color). Pero, al parecer, la tranquilidad es lo último que se puede esperar en una parada de autobús cercana a un concurrido centro comercial. Y no lo digo por la gran cantidad de gente atiborrada con bolsas de la compra sino por una vieja con gafas que se ha sentado a mi lado y que me observa detenidamente como si estuviera evaluando mi aspecto. Por su expresión podría decirse de que me va a suspender.
—Un árabe. Eres un puto terrorista de Al Qaeda —me dice la vieja con gafas que tiene un parecido tremendo con el Hada Madrina de Shrek 2.
Intento ignorarla y hago como si no hubiera escuchado. Continúo leyendo mi cómic.
—Es un árabe, un terrorista de Osama Bin Laden —le dice, enérgica, el Hada Madrina a un viejo que está de pie al frente suyo. El viejo se parece al Rey Harold.
—¿Cómo dice? —pregunta sorprendido el Rey Harold.
—Que le digo de que este sujeto es un árabe, un terrorista de Al Qaeda —responde el Hada Madrina con convicción.
—¿Y cómo está segura de eso? —pregunta el Rey Harold mirándome de arriba abajo.
—¿No lo ve? —responde el Hada Madrina— Esa barba larga de musulmán, esas ropas anchas de andrajoso, esa frialdad e indiferencia que proyecta...
—No lo sé —dice el Rey Harold—. Su barba puede ser simplemente una moda; sus ropas holgadas también y su actitud pues… cuando a uno lo insultan puede o bien responder con agresividad o con indiferencia. Quizás lo de él sea lo segundo.
—¡Una mierda! Lo que pasa que usted es un marica. Tiene miedo de enfrentarse con él.
El Hada Madrina busca llamar la atención de otro. Se dirige a un tipo de baja estatura que acaba de llegar a la parada de autobús. El enano se parece a Lord Farquaad.
—Ayúdenos, por favor —le dice el Hada Madrina al enano. Me señala con el dedo acusador—. Es un terrorista de Al Qaeda que va a atentar contra el centro comercial Príncipe Pío.
—¿Qué dice? ¿Cómo lo sabe? —pregunta Lord Farquaad mirándome nervioso.
—¿Ve esa mochila que tiene al lado? Es una bomba —grita el Hada Madrina.
Hasta ahora sólo me limitaba a escuchar sin despegar mi vista del cómic de “Blacksad: Un Lugar Entre Las Sombras”. Pero después de escuchar aquello, y teniendo en cuenta de que no llevaba mochila, aparto mi vista del cómic y miro a mi alrededor. Habrían unas quince personas en la parada del autobús y todas, sin excepción, me miraban con cara de espanto. Miro a mi costado y, efectivamente, veo una mochila cerca de mí que yace sin dueño.
—Esas mochilas bomba fueron las causantes del 11-M —grita histérica el Hada Madrina—. Son bombas modernas que se conectan con una simple llamada del móvil. Lo vi en el telediario.
Un silencio espectral nos envuelve a todos. En el caso de las quince personas de la parada de autobús: el horror de la duda ante el temor de un posible atentado. En mi caso: la grata sorpresa ante la posibilidad de que la mochila sin dueño esté llena de cómics, de discos de Metal Extremo o, mejor aún, de comida con la cual luego me pueda empachar.
De pronto, una melodía rompe el silencio. Es una melodía de baja frecuencia muy parecida a una canción de System of a Down². Cuando reconozco en ella el tono de mi móvil, pero sobretodo, cuando lo saco de mi bolsillo y respondo, ya no es el silencio sino el caos el que se apodera del lugar. Todas las personas que esperaban en la parada del autobús, incluyendo el Hada Madrina, salen corriendo hacia todos lados como si la época de rebajas acabase de empezar. Nadie queda en la parada del autobús excepto yo, un huevo de bolsas de la compra abandonadas y la mochila bomba.
Y también el Rey Harold.
—¿Hola? —respondo al móvil.
—¿Jesús, eres tú? —me pregunta una voz al otro lado de la conexión.
—No. Soy su madre y ahora, por favor, no me vuelvas a llamar en los próximos quince minutos que otra vez me encuentro ocupada con el Espíritu Santo —respondo y corto disgustado al ver que se trataba de un número equivocado.
Guardo mi móvil en el bolsillo de mis pantalones negros. El Rey Harold me observa de pie con una sonrisa dibujada en su rostro.
—¿Por qué no huyó como los demás? —le pregunto— ¿Acaso no cree que soy un fanático musulmán?
—Tengo un nieto —me responde— de quince años que viste y lleva barba como tú y no cree en Alá ni en dios de ningún tipo.
Me señala el bolsillo de mis pantalones. Me dice:
—Además esa música del tono de tu móvil es la misma que pone a todo volumen cada vez que lo visito.
—Pero la mochila ¿Acaso no cree que pueda llevar una bomba? —le pregunto.
El Rey Harold se acerca a la mochila bomba y abre un poco una de las cremalleras. Antes de volver a cerrarla logro ver que asoman de dentro las coloridas portadas de varias revistas porno.
—No hay una sino varias bombas pero que sólo harían mella en la moral de los pacatos. La dejé sobre la banca porque me pesaba mucho.
—Joder con la lectura, abuelo. Yo creía que ustedes sólo leían La Razón³ —le digo al Rey Harold.
—Prefiero este tipo de fantasías. Son más sanas para la mente —me responde sonriendo.
Un autobús llega a la parada. El Rey Harold coge su mochila y se dispone a subir.
—Yo que tú —me dice antes de que se cierren las puertas— cogería todas las bolsas y me las llevaría a casa antes de que alguien regrese a la parada. Ten en cuenta de que no se ha escuchado ninguna detonación.
El autobús se aleja con el Rey Harold dentro. Miro a mi alrededor y, efectivamente, logro ver a lo lejos, como a unos cien metros, algunas personas que se acercan lentamente hacia la parada oteando con miedo como los aldeanos del Reino de Duloc. Cojo las bolsas rápidamente como puedo, siete en cada mano y una en la boca, y salgo corriendo en dirección contraria. Parezco un sintecho de esos que salen en las películas de Hollywood empujando un coche de la compra atiborrado de chucherías. La diferencia es que no llevo coche de la compra si no que tengo que cargar con todo sobre mi cuerpo. Varias calles más abajo llego a un parque que parece tranquilo. Me siento en una de las bancas y suelto las bolsas alrededor. Estoy reventado. Me demoro diez minutos en recobrar el aliento. Una vez descansado exploro las bolsas una a una. Las quince bolsas están llenas de ropa de firmas como Breshka, Zara, Stradivarius, Mango, Pull & Bear, Springfield y Cortefiel, es decir, pura basura. Me cago en la leche. Mala suerte la mía.
Cojo todas las bolsas de basura y las deposito en un contenedor de ropa para el tercer mundo que había en la esquina del parque. La lleno hasta arriba. Cojo mi cómic y me marcho hacia la boca de metro más cercana. Mientras camino pienso en el Hada Madrina, en el Rey Harold, en Lord Farquaad y en los aldeanos asustados del Reino de Duloc y me digo a mí mismo que mi suerte no es tan mala después de todo. ¿Quién sabe? Quizás me encuentre, a la vuelta de la esquina, con la oportunidad que le dé un giro afortunado a mi vida.
Quizás encuentre a la Princesa Fiona.
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¹ Título de una de las canciones del álbum “Mezmerize” del grupo System of a Down.
² Grupo norteamericano de Metal Alternativo.
³ Diario español de ultraderecha.
—Un árabe. Eres un puto terrorista de Al Qaeda —me dice la vieja con gafas que tiene un parecido tremendo con el Hada Madrina de Shrek 2.
Intento ignorarla y hago como si no hubiera escuchado. Continúo leyendo mi cómic.
—Es un árabe, un terrorista de Osama Bin Laden —le dice, enérgica, el Hada Madrina a un viejo que está de pie al frente suyo. El viejo se parece al Rey Harold.
—¿Cómo dice? —pregunta sorprendido el Rey Harold.
—Que le digo de que este sujeto es un árabe, un terrorista de Al Qaeda —responde el Hada Madrina con convicción.
—¿Y cómo está segura de eso? —pregunta el Rey Harold mirándome de arriba abajo.
—¿No lo ve? —responde el Hada Madrina— Esa barba larga de musulmán, esas ropas anchas de andrajoso, esa frialdad e indiferencia que proyecta...
—No lo sé —dice el Rey Harold—. Su barba puede ser simplemente una moda; sus ropas holgadas también y su actitud pues… cuando a uno lo insultan puede o bien responder con agresividad o con indiferencia. Quizás lo de él sea lo segundo.
—¡Una mierda! Lo que pasa que usted es un marica. Tiene miedo de enfrentarse con él.
El Hada Madrina busca llamar la atención de otro. Se dirige a un tipo de baja estatura que acaba de llegar a la parada de autobús. El enano se parece a Lord Farquaad.
—Ayúdenos, por favor —le dice el Hada Madrina al enano. Me señala con el dedo acusador—. Es un terrorista de Al Qaeda que va a atentar contra el centro comercial Príncipe Pío.
—¿Qué dice? ¿Cómo lo sabe? —pregunta Lord Farquaad mirándome nervioso.
—¿Ve esa mochila que tiene al lado? Es una bomba —grita el Hada Madrina.
Hasta ahora sólo me limitaba a escuchar sin despegar mi vista del cómic de “Blacksad: Un Lugar Entre Las Sombras”. Pero después de escuchar aquello, y teniendo en cuenta de que no llevaba mochila, aparto mi vista del cómic y miro a mi alrededor. Habrían unas quince personas en la parada del autobús y todas, sin excepción, me miraban con cara de espanto. Miro a mi costado y, efectivamente, veo una mochila cerca de mí que yace sin dueño.
—Esas mochilas bomba fueron las causantes del 11-M —grita histérica el Hada Madrina—. Son bombas modernas que se conectan con una simple llamada del móvil. Lo vi en el telediario.
Un silencio espectral nos envuelve a todos. En el caso de las quince personas de la parada de autobús: el horror de la duda ante el temor de un posible atentado. En mi caso: la grata sorpresa ante la posibilidad de que la mochila sin dueño esté llena de cómics, de discos de Metal Extremo o, mejor aún, de comida con la cual luego me pueda empachar.
De pronto, una melodía rompe el silencio. Es una melodía de baja frecuencia muy parecida a una canción de System of a Down². Cuando reconozco en ella el tono de mi móvil, pero sobretodo, cuando lo saco de mi bolsillo y respondo, ya no es el silencio sino el caos el que se apodera del lugar. Todas las personas que esperaban en la parada del autobús, incluyendo el Hada Madrina, salen corriendo hacia todos lados como si la época de rebajas acabase de empezar. Nadie queda en la parada del autobús excepto yo, un huevo de bolsas de la compra abandonadas y la mochila bomba.
Y también el Rey Harold.
—¿Hola? —respondo al móvil.
—¿Jesús, eres tú? —me pregunta una voz al otro lado de la conexión.
—No. Soy su madre y ahora, por favor, no me vuelvas a llamar en los próximos quince minutos que otra vez me encuentro ocupada con el Espíritu Santo —respondo y corto disgustado al ver que se trataba de un número equivocado.
Guardo mi móvil en el bolsillo de mis pantalones negros. El Rey Harold me observa de pie con una sonrisa dibujada en su rostro.
—¿Por qué no huyó como los demás? —le pregunto— ¿Acaso no cree que soy un fanático musulmán?
—Tengo un nieto —me responde— de quince años que viste y lleva barba como tú y no cree en Alá ni en dios de ningún tipo.
Me señala el bolsillo de mis pantalones. Me dice:
—Además esa música del tono de tu móvil es la misma que pone a todo volumen cada vez que lo visito.
—Pero la mochila ¿Acaso no cree que pueda llevar una bomba? —le pregunto.
El Rey Harold se acerca a la mochila bomba y abre un poco una de las cremalleras. Antes de volver a cerrarla logro ver que asoman de dentro las coloridas portadas de varias revistas porno.
—No hay una sino varias bombas pero que sólo harían mella en la moral de los pacatos. La dejé sobre la banca porque me pesaba mucho.
—Joder con la lectura, abuelo. Yo creía que ustedes sólo leían La Razón³ —le digo al Rey Harold.
—Prefiero este tipo de fantasías. Son más sanas para la mente —me responde sonriendo.
Un autobús llega a la parada. El Rey Harold coge su mochila y se dispone a subir.
—Yo que tú —me dice antes de que se cierren las puertas— cogería todas las bolsas y me las llevaría a casa antes de que alguien regrese a la parada. Ten en cuenta de que no se ha escuchado ninguna detonación.
El autobús se aleja con el Rey Harold dentro. Miro a mi alrededor y, efectivamente, logro ver a lo lejos, como a unos cien metros, algunas personas que se acercan lentamente hacia la parada oteando con miedo como los aldeanos del Reino de Duloc. Cojo las bolsas rápidamente como puedo, siete en cada mano y una en la boca, y salgo corriendo en dirección contraria. Parezco un sintecho de esos que salen en las películas de Hollywood empujando un coche de la compra atiborrado de chucherías. La diferencia es que no llevo coche de la compra si no que tengo que cargar con todo sobre mi cuerpo. Varias calles más abajo llego a un parque que parece tranquilo. Me siento en una de las bancas y suelto las bolsas alrededor. Estoy reventado. Me demoro diez minutos en recobrar el aliento. Una vez descansado exploro las bolsas una a una. Las quince bolsas están llenas de ropa de firmas como Breshka, Zara, Stradivarius, Mango, Pull & Bear, Springfield y Cortefiel, es decir, pura basura. Me cago en la leche. Mala suerte la mía.
Cojo todas las bolsas de basura y las deposito en un contenedor de ropa para el tercer mundo que había en la esquina del parque. La lleno hasta arriba. Cojo mi cómic y me marcho hacia la boca de metro más cercana. Mientras camino pienso en el Hada Madrina, en el Rey Harold, en Lord Farquaad y en los aldeanos asustados del Reino de Duloc y me digo a mí mismo que mi suerte no es tan mala después de todo. ¿Quién sabe? Quizás me encuentre, a la vuelta de la esquina, con la oportunidad que le dé un giro afortunado a mi vida.
Quizás encuentre a la Princesa Fiona.
____________________
¹ Título de una de las canciones del álbum “Mezmerize” del grupo System of a Down.
² Grupo norteamericano de Metal Alternativo.
³ Diario español de ultraderecha.

13 gritos guturales:
Joer, Franco... la verdad es que me haces pasar un buen rato al leer tu literatura. Espero un día tener todo un recopilatorio en mi mesilla de noche...
Saludos desde este lado de la acera...
Te devuelvo la visita pero uuuuuf me vas a volver adicto (aun mas grrrrr) a tus textos, dicho esto me vuelvo con mi suicidio semanal que esta vez Ill Niño se han lucido...manda H... XDDDDDDD
JAJAJAJA vaya tela,
- perfil: mujer de 50 a 70 años que vive enganchada a los programas basura; obcekada con el paso de la valleta por los lugares donde no existe polvo y asidua a aculmular el mismo en los lugares a los que no tiene acceso y servir la cena al marido acompañada de reproches (con guarnición)
- misión: critikar a todo bicho que tenga al lado. hay 2 modos:
1/la provokación en persona
2/el marujeo de corralillo
- objetivo: amargar la existencia al personal
deberían poner un kartel en el que dijeran: PELIGRO! MARUJAS
Genial.
Podrías escribir el diario de Shrek tranquilamente.
Que facil es propagar el miedo, que triste es que debamos tenerlo.
Una historia muy buena y bien contada. Si tuviese principio y continuidad seria un magnifico libro.
Un saludo, Franco.
Divertidísimo. Te felicito. Saludos cordiales.
Me gusta, me gusta. Saludos wapetón.
¡Vaya, me he vuelto a dejar la bomba en casa...!
Buenísima! Yo pensé que era la última persona adulta que conocía todos esos personajes!
aaajajajajajaja
ke genial!
Encontre el blog por casualidad mientras buscaba tu nombre en google, ya ke me habia llamado la atencion una historia de la revista "heavy rock" bajo este autor.
Me gustan estas historias!! me rio mucho!!
Saludos esde Chile
Sara
Me acabas de alegrar la tarde. Y salvaste a mi jefe, al que estaba a punto de despellejar. Otro día será.
ola gresia por tu comentri y si pude ser que si nofuera una creyete negada lo pasaria.buen tus historias son muy entretenida y me esen pasar un buen rato a porcierto eso de sacrles parecido con los personajes de sreak a sido muy garasioso gracias por tu consejo
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