martes 1 de julio de 2008

Pequeño Luchador¹

Un cigarro acorta la vida 2 minutos.
Un whisky acorta la vida 4 minutos.
Un día de trabajo acorta la vida 8 horas.

—Recuerdo cuando entré aquí. Tenía 20 años y acababa de llegar a Madrid desde Pontevedra, mi tierra. Mi hermano, que era mayor que yo por cinco años y que se había venido a Madrid antes que yo, me pagó el viaje en autobús y habló con sus jefes para que me contrataran en la empresa en donde trabajaba. Así que al día siguiente entré a trabajar y aquí estoy desde entonces. ¿Mi hermano? Ya se jubiló y ahora vive en Pontevedra, mi tierra.
Pepito es de estatura mediana, lleva bigote y tiene un aire rancio a esos actores de las películas mudas de los años 20. Él trabaja como maquinista en la fábrica de papel más importante y antigua de España. Su función consiste en pararse a un extremo de las máquinas Winkler+Dunnebier y recoger los millones de sobres que escupen para meterlos dentro de cajas listos para ser enviados a los clientes.
—Mira. Primero separas un taco de 500 sobres con la mano izquierda, luego los apoyas sobre tu pecho y con la mano derecha les das la vuelta sobre la mesa. Después los coges con las dos manos y los metes a la caja. Le pones la etiqueta autoadhesiva y listo. Lo pones sobre el palet. Primero lo harás lento y se te caerán los sobres por todos lados, pero no te preocupes. Verás que a la media hora serás todo un especialista.
Las máquinas Winkler+Dunnebier son de fabricación alemana y transforman enormes bobinas de papel de más de 250 kilos de peso en millones de sobres de distintos tamaños y colores con los logotipos de las empresas más variopintas. Desde bancos y seminarios internacionales hasta los sobres para la Declaración de la Renta y grupos políticos. Las máquinas Winkler+Dunnebier son más largas que altas, pueden medir hasta treinta metros de largo y asemejan a un Transformer destripado.
—El trabajo está muy bien. Ya llevo 40 años trabajando en esta empresa y pronto voy a jubilarme. Sólo tienes que tener cuidado en no meter las manos en los rodillos ni en las cuchillas de la máquina. Y también con ese tipo que se está acercando. Es El Ingeniero, el jefe de esta nave. Cuando lo veas intenta moverte o hacer algo como si estuvieras ocupado así sea tu momento de descanso. Esto que te digo te evitará problemas. Hazme caso. El Ingeniero tiene un mal carácter.
Pepito se esmera en enseñarme los entresijos de su oficio de recogedor de sobres, como si me interesara quedarme de por vida en este puesto, con una dedicación que primero me causó ternura pero que ahora se convierte en escalofríos. Sobretodo después de que se acerca El Ingeniero, como lo llaman aquí, un jefe barrigón muy parecido a Enrique VIII y con aires de rey de este reino de papel.
—¿Quién eres tú? —me pregunta Enrique VIII con aires chulescos.
Me saco los auriculares de mi MP3 en donde escuchaba a volumen bajo a White Lion².
—Franco DiMerda —respondo. Le extiendo la mano. Por supuesto no me la da.
—¿Y qué haces aquí? —continúa con la inquisición.
—Ayer me llamaron de la ETT y me dijeron que viniera a las siete de la mañana. Doce euros la hora me dijeron que pagaban. Así que aquí estoy. Un poco lejos, por cierto, la empresa. Porque esto de venir hasta Tres Cantos a las siete de la mañana ya me dirás tú… Pero todo sea por la pasta.
—¿Pero quién te ha dicho que te pongas en esta máquina con Pepito?
—En la oficina de la nave no encontré a ningún jefe cuando llegué, imagino por la hora, así que me puse a ayudarle a Pepito mientras aparecían los jefes. Ya sabes, para aprovechar el tiempo. ¿No es cierto Pepito?
Pepito no dice ni mu. Por el contrario, baja la mirada, agacha la cabeza, encoge los hombros y continúa metiendo sobres dentro de las cajas como si no fuera con él.
—¡No, no y no! —me grita furioso Enrique VIII. Presiento que me va a mandar a decapitar— ¡Si yo no digo que te pongas en esa máquina tú no te pones en esa máquina! ¡Si yo no digo que te muevas tú no te mueves! ¡Si yo no digo nada tú no haces nada! ¿Entiendes? ¿Cómo sabes tú que en lugar de estar ayudando estás haciendo lo contrario? Aquí yo soy el ingeniero y todas las decisiones respecto a lo que se haga en esta nave son de mi entera responsabilidad. ¿Lo oyes?
Ahhh, los ingenieros… ¡Cuándo no! No es la primera vez que me cruzo con uno. Los ingenieros son una especie en la que vale detenerse un poco. Si tienes la desgracia de ser amigo de alguno de ellos imagino que estará demás decirte de que habrán sido innumerables las veces en que habrás querido estrangularles o por lo menos cerrarles sus puñeteras bocas. Y esto es porque nunca pueden estar callados, siempre tienen que estar hablando y opinando con ese tono chirriante de profesor de escuela de primaria. Pontifican acerca de todo, incluso del pedo del gato, y no hay tema que no conozcan en profundidad así sea un tema de tu propia especialidad. Si por ellos fuera te enseñarían a follar previa entrega de tu propia pareja para las prácticas. Ahhh, los ingenieros… Seudocientíficos frustrados de voz afectada y maneras de dandis invertidos.
—¿Por qué te metes con el chaval? —dice una vocecilla enérgica.
Pepito, Enrique VIII y yo miramos a todos lados pero no vemos a nadie. No es sino hasta que bajamos nuestras miradas cuando vemos a alguien. Un pequeño calvo y narizón con un parecido increíble a Mr. Magoo.
—¡Un maricón es lo que eres! —le dice Mr. Magoo mostrándole sus pequeños puños a Enrique VIII— Siempre metiéndote con los nuevos o con los gilipollas como Pepito. ¡Métete con alguien de tu tamaño, maricón! ¡Métete conmigo a ver si tienes huevos!
Pepito y yo miramos a Enrique VIII y podría decir de que ambos esperamos lo mismo: que El Ingeniero pise a Mr. Magoo o por lo menos lo patee como si fuera un pequeño balón de fútbol.
Pero no pasa nada.
Es más, el ingeniero se calla la boca como Pepito lo hiciera antes y, con la expresión de alguien que acaba de tomar un purgante brutal, se aleja rápidamente quién sabe si al baño o a su oficina que a estas alturas vienen a ser lo mismo.
—Hola, me llamo Gino —me dice Mr. Magoo extendiéndome la manita derecha.
—Franco DiMerda. Gracias por tus palabras —le extiendo la mano a Mr. Magoo que envuelve su manita desapareciéndola por completo.
—No le hagas caso a ese gordo maricón —me dice Mr. Magoo—. Siempre se mete con los nuevos y con los gilipollas. Es un cagueta que se da aires de presidente y que le gusta rodearse de chupapollas. Ya has visto. Me tiene miedo porque sabe que lo conozco desde que entró a la empresa hace siete años. Yo llevo casi 40 en esta mierda de empresa y sabe que conmigo no puede. Aunque alguna vez lo intentó y si no fuera porque me agarraron entre cuatro te juro que lo mato. Desde esa vez ya no me dice nada.
—¿Pero no te gusta este trabajo? —pregunto.
—¿Estás loco? ¿A quién coño le gusta trabajar? —me responde.
—¿Y por qué llevas 40 años en este lugar?
—Por la misma razón que casi todo el mundo, por gilipollas. Porque era joven y quería ganar dinero y entré a esta empresa porque se me presentó la oportunidad y cuando me di cuenta el tiempo pasó y me hice viejo. Siempre quise cambiar de curro pero nunca lo hice porque me dejé ganar por la comodidad de un empleo fijo.
—¿Te arrepientes?
—En esta vida lo he probado todo. He follado, bebido, comido, viajado, me he topado con gente de todos los niveles sociales, he tenido hijos, he vivido situaciones que ni te las creerías. No me quejo. El trabajo es una mierda, cierto, pero si tengo que arrepentirme de algo es sólo de una cosa.
—¿De qué?
—De no haber matado a ese hijo de puta del Ingeniero porque cuatro compañeros míos me sujetaron. Pero espérate nomás que me provoque otra vez. Lo estoy deseando.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Big Game” del grupo White Lion.
² Grupo norteamericano de
Glam Metal.

4 gritos guturales:

Mario dijo...

Que lástima que no escribas más a menudo...
Me encantó. Y sobretodo, la moraleja final.

Genial. Un abrazo.

Isabel Peralta dijo...

Oh, ¡qué familiar me resulta todo esto!
(Yo estuve a punto de echarle salfuman a la cara a una especie de ingeniero...pero a punto, a punto...)

satxoska dijo...

iepa! qué larga se ha hecho la espera! un saludo

Alicia dijo...

Seguro que Mr. Magoo acaba consiguiendolo.
Es un relato genial, como siempre.
Besos