viernes 9 de mayo de 2008

Perro Negro¹

Hasta que por fin llego a Plaza de España.
Hace diez minutos me encontraba en las afueras del intercambiador de la Moncloa escuchando plácidamente a Led Zeppelin en mi MP3, sentado en uno de esos asientos de piedra tan cómodos que hay al frente del Cuartel General del Ejército del Aire (cómodos comparando con el suelo). Cuando de pronto me llamaron al móvil y resultó ser María, la simpática consultora (simpática comparándola con una anaconda que se te mete por el culo) de la ETT para la cual trabajo. Como siempre, me dijo que me necesitaban para un curro urgente y que si no iba en diez minutos se lo iban a dar a otro. Cosa improbable porque hasta donde sé los trabajos para los que María siempre me llama son los que nadie quiere o el resto de candidatos ha rechazado. Pero como nunca suelo tener más de sesenta céntimos de euro en mi cuenta bancaria, que es más o menos diez veces la cantidad que suelo tener en los bolsillos, entonces acepto y nunca digo que no. Como no tengo bono transporte y en el intercambiador de la Moncloa habían más vigilantes que usuarios de transporte público, decidí no colarme en el metro. En su lugar me vine corriendo por toda la puta calle de la Princesa hasta Plaza de España, punto en donde se encuentra la ETT. La calle de la Princesa está llena de tiendas ideales para gastar tres veces más el costo de lo que sea que vendan en otra parte. Sin embargo, si fuera el puto Bill Gates, tengan por seguro que preferiría gastar mi pasta en toda esa mierda a volver a correr como un descocido por las doce cuadras de que consta la dichosa calle. Durante el trayecto algunas personas, al verme, me sonreían y me preguntaban al vuelo de qué iba la película. “Nosferatu en apuros”, “Tu hermana gótica quiere que se la coman” y “Tu putamadre es un vampiro calvo y travesti” fueron las respuestas que se me ocurrieron al paso. Diez minutos después, sudando como un lechón adobado, me encuentro frente al escritorio de María, quien habla muy animadamente por teléfono, ignorándome por completo como suele ser su costumbre.
—Hola, María. También me da mucho gusto verte.
María cuelga el teléfono.
—¿Qué decías? —me pregunta como distraída.
—Una mentira —respondo sonriendo.
María bosteza.
—El cliente llamó para cancelar el pedido. Así que ya no te necesitamos.
Después de decirme aquello coge una revista Cosmopolitan y se pone a revisarla como si nada. No podía creerlo. Me había llamado para un curro urgente y había venido corriendo como si fueran a presentarse los Led Zeppelin en Plaza de España y resulta que María no sólo me dice que ya no hay curro, sino que pasa de mí sin darme mayores explicaciones. ¿Con quién se cree que está? Ahora se va a enterar esta zorra.
—María… —le digo haciendo un esfuerzo sobrenatural para no llamarla otra cosa.
—Otro cliente necesita un mozo para mañana —me dice María sin dejar de mirar su Cosmopolitan.
De pronto, mis intenciones de estrangularla se esfuman por completo. No hay nada que hacer. Soy una puta.
—¿Otro cliente has dicho? —digo en el mismo tono que utiliza una furcia para atraer a sus clientes.
—El contrato lo tienes delante de ti.
Miro sobre el escritorio y, efectivamente, hay un papel y un boli al lado.
—Doce euros la hora. Ocho horas de trabajo. Una mudanza —me dice María mientras firmo el contrato.
—Los boletines de trabajo también los tienes delante de ti —me dice María sin apartar la vista de su Cosmopolitan.
Cojo los papeles.
—Mañana a las ocho de la mañana en la dirección que está anotada en la parte superior del boletín de trabajo —me dice ya saben quién sin apartar la vista de ya saben qué.
Salgo de la ETT sin decir nada. Esta María es la polla. Me conoce tan bien que sabe qué hilos mover. Cierto que suele darme los peores curros pero por lo mismo son los que más pagan. Mi filosofía es muy simple: todos los jefes, por más simpáticos que sean, siempre intentarán darte por culo. Así que prefiero aquellos en los que paguen más sean los jefes como sean. Así la penetración dolerá menos.
Esta vez no pienso regresar caminando hasta la Moncloa. Decido colarme en el metro de Plaza de España. En la entrada de la calle de Leganitos logro saltarme el control sin problemas debido a que no encuentro vigilante ni taquillero. Subo al metro en el andén correspondiente y tampoco encuentro problemas. Llego a la Moncloa, bajo del metro y me dirijo a la salida. Al lado de las taquillas del metro hay dos vigilantes con sus respectivos perros. Uno es pastor alemán y el otro es de color negro. Cuando salgo del control el vigilante del perro negro se me acerca. Huelo a problemas.
—¿Me muestra su bono transporte, por favor? —me dice el vigilante. Su perro negro mete su hocico en mi entrepierna. Olisquea con fuerza.
—Lo haré si aparta su perro de mis pelotas —le digo.
—Él sólo está haciendo su trabajo, al igual que yo —me responde el vigilante muy suelto de huesos.
Vaya. Me tocó un tipo duro. Entiendo entonces que tendré que utilizar otro método para escapar de allí.
—Lo entiendo, oficial —le digo poniéndome a temblar—. Pero si le digo que aparte al perro no es porque quiera escaparme sino porque sufro de un mal llamado canofobia.
—¿Canofobia? ¿Y qué es eso? —me pregunta el securata perplejo.
—Es un mal que afecta a una de cada mil personas. Es fobia hacia los perros. Aquellos que la padecemos, basta con que veamos a un perro grande o pequeño, comenzamos a sufrir trastornos físicos descontrolados.
—¿Qué tipo de trastornos? —me pregunta el vigilante más confuso todavía. Lotería. Picó el anzuelo.
—Primero comenzamos a temblar. Luego vomitamos. Y al poco nos cagamos y meamos encima.
—¿Os cagáis encima? —me pregunta el vigilante apartándose un poco. Su puto perro negro todavía me sigue oliendo las pelotas.
—Oh, sí. Y como yo sufro diarrea no veas cómo cago. La última vez, en casa de un colega mío que tenía perro, no veas cómo le dejé el suelo. Tres días me dijo que demoró en irse el mal olor de su casa. Y eso que lo limpió con todo tipo de desinfectantes.
El vigilante no reacciona y el puto perro todavía sigue oliéndome los huevos. Tengo que hacer algo. Tengo que completar mi actuación con una prueba palpable. Pujo con todas mis fuerzas. Cómo me cuesta, me cago en dios. Hasta que por fin logro tirarme un pedo. Pequeñito pero sonoro. Suficiente para lograr lo que quiero.
El vigilante por fin reacciona y aparta a su perro negro de mis pelotas. Es más, se dirige hacia su compañero, que se encuentra con su perro pastor alemán al lado de las taquillas, y le entrega la cadena de su perro negro. Situación que aprovecho para poner primera y correr lo más rápido que me permiten mis piernas. Cuando por fin logro salir al exterior no me detengo y continúo corriendo a través del parque de la Moncloa en donde alguna vez recuerdo que me crucé con unos putos Skinheads. Sigo corriendo y cuando casi alcanzo la mitad del parque siento que unos dientes se hunden en mi pantorrilla. Estoy jodido. El puto perro negro me ha alcanzado. Me dejo caer aparatosamente y espero lo peor. Pero no era el perro negro del vigilante lo que me mordía la pantorrilla sino un perrito negro pequeño, casi de juguete.
—¡Chipi, suéltale! —dice una chica pijotera con chándal rosado que aparece de la nada y que aparta al perrito negro de mi pantorrilla. Lo carga en brazos y lo acaricia como si fuera un bebé.
—Lo lamento. Chipi no quería morderte —me dice chándal rosado.
—No pasa nada. En realidad me da gusto que haya sido Chipi y no otro.
—No, en verdad. Chipi seguro te confundió. Como ibas vestido de negro…
—No me digas que tu perro me confundió con un Skinhead.
Pienso felicitar a chándal rosado por enseñarle a su chucho a atacar a tan execrable gentuza. Nunca pensé que una pija tuviera más de dos neuronas funcionando a la vez.
—Qué bah. Si mi hermano también es Skinhead. Lo que pasa es que, como te vio con ropa negra, la confundió con tu piel. Chipi pensó que eras un puto negro.
De pronto siento náuseas. Tanta tensión, tanto correr, tanto perro, tanta gilipollas… No lo soporto y vomito. Litros y litros de gazpacho sobre Chipi, sobre chándal rosado, sobre mis ropas negras… Mi mundo interior sale al mundo exterior.
Y ambos huelen igual.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Led Zeppelin IV” del grupo Led Zeppelin.
² Grupo inglés de Hard Rock.