sábado 9 de agosto de 2008

Monstruos De La Profundidad¹

—Así no. Tienes que hacerlo así. ¿Lo ves? Sé que la tuya es la manera en que todo el mundo embala una caja, pero yo lo hago de esta forma. No sólo es mejor sino también más rápido. Cuenta sino los segundos en que demoras en embalar de una y de otra forma. Verás que la mía no tiene comparación.
La primera vez que leí las palabras “self mademan” (hombre hecho así mismo) fue cuando todavía me encontraba en Lima, hace un huevo de años ya, en el suplemento dominical del diario El Comercio, el diario más antiguo del Perú y el más leído por los desempleados (o sea, medio país) debido a su conocida sección de empleos. El extenso artículo (tres páginas completas) en el cual descubrí tan peculiar calificativo yanqui era acerca de un conocido empresario que, según relató en la entrevista, nació pobre, trabajó desde niño, no tuvo estudios y, sin embargo, forjó una financiera cuyas ganancias en ese entonces superaban varios millones de dólares. “Un hombre hecho así mismo”, pues, es el calificativo que se le da a aquellos muertos de hambre que logran, supuestamente sin ayuda de nadie, alcanzar el “american dream” (sueño americano) otro bonito término yanqui que en realidad quiere decir “ser millonario” o sea “ser feliz”.
—Así no. Tienes que coger el tirador de esta manera. ¿Lo ves? Y cuando cortes la cinta de embalaje tienes que hacerlo de esta forma. Lo sé, lo sé. Esta manera es más difícil pero es como se tiene que hacer. Y cuando lo hagas procura no gastar mucha cinta. Cuesta caro y hay que economizar. Por tanto procura no equivocarte.
Años después, aquel “self mademan”, aquel admirable empresario peruano que levantó su rentable financiera de la nada y cuya vida ejemplar era mostrada en sendos reportajes en distintos medios peruanos, pasó de ser una celebridad a un prófugo de la justicia (huyó a Miami) debido a que su empresa quebró y dejó sin ahorros a miles de peruanos. Carlos Manrique Carroña, o que diga, Carreño, ese era su nombre completo, fue acusado de fraude, banca paralela, estafa, falsedad financiera y lavado de dólares del narcotráfico, amén de otras imputaciones no menos carroñeras. Es por eso que cada vez que escucho el calificativo “hombre hecho así mismo” para referirse a un empresario otorgándole un aura de misticismo y admiración sólo por el hecho de haber conseguido hacerse rico sin la supuesta ayuda de nadie, lo tomo con suspicacia. La historia enseña que tanto el poder como el dinero excesivo suelen conseguirse para todo menos para buenas intenciones.
—Yo no pago las horas extras. Si tienes intención de trabajar con nosotros recuerda que puede que haya días que tengas que quedarte más tiempo. En su lugar compenso a los empleados dejándoles salir más temprano algún día de la semana que no haya mucho trabajo. No creo en las horas extras pagadas. Creo en la gratitud, compromiso y fidelidad del trabajador para con su centro de trabajo el cual considero su segundo hogar.
Ayer me llamaron de la ETT para un curro urgente por el metro San Bernardo. Es una distribuidora representante de una firma de relojes europeos muy conocida que se encarga de recibir los productos que llegan desde Suiza y distribuirlos a los mayoristas y minoristas de toda España y Portugal. Mi labor consiste en embalar los relojes y entregarlos al servicio de mensajería contratada por la empresa. El señor Amer, o Fernando, como le gusta que le llamen, es el dueño de la distribuidora, un pequeño empresario dicharachero que, ni bien llegué, se puso a embalar conmigo. ¿Un tío enrollado que quiere ayudarme? ¡Una mierda pinchada en un palo! Es un feo con un parecido tremendo a Boris Karloff que dirige su empresa al milímetro usurpando las labores de sus empleados con el único fin de controlarnos. Un “self mademan” que aspira a convertirse en multimillonario cueste el precio que cueste.
—Soy el mayor de cuatro hermanos. Mi padre murió cuando yo era niño por lo que tuve que currar desde los siete años para mantener a mi familia. Nadie nunca me ha regalado nada y todo lo que tengo se lo debo únicamente a mi trabajo. Nunca fui a la universidad, pero no me quejo. Ahora soy yo el que da trabajo a muchos universitarios.
—Ahora eres el que los explota.
—¿Cómo has dicho, Franco?
—Que decía que sí, Fernando, ahora eres tú el que crea empleos.
—Así es. ¿Ves todo este almacén? Pues lo levanté yo de la nada ¡DE LA NADA! Y no veas lo difícil que fue.
—Robar nunca es fácil.
—¿Cómo dices, Franco?
—Que todo comienzo siempre es difícil.
—Que bien que lo has entendido, Franco. Bueno, creo que te voy a dejar. Ya sabes que a las dos tienes veinte minutos para comer y la salida es a las seis de la tarde. Venga, nos vemos luego.
Por fin se va Boris Karloff. Que tío más pesao. De sólo pensar que de contratarme será mi jefe por mucho tiempo se me pone mal el estómago. Para evitar el cólico, y mientras embalo los relojes suizos, escucho a Devildriver² en mi MP3.
—Franco, ya son las dos. La hora de la comida —me dice Boris Karloff con su mejor sonrisa de anuncio de dentríficos. Veo la hora y tiene razón. El tiempo se me ha ido embalando y escuchando buena música.
—No voy a comer —le digo y por poco no me reconozco—. Voy a seguir currando para adelantar trabajo y aprovechar el tiempo.
Boris Karloff no lo puede creer. “Por fin un verdadero trabajador que suda la camiseta de la empresa”, seguro que piensa. Incluso me sonríe de tal manera que por poco y no parece una sonrisa forzada. Finalmente se aleja afirmando con la cabeza como aprobando una acción digna de encomio.
Pasan las horas y por fin termino de embalar todos los pedidos y de entregarlos al servicio de mensajería. Miro la hora y faltan quince minutos para las seis de la tarde, la hora de mi salida, de mi puesta en libertad. No lo pienso dos veces y me dirijo al despacho de Boris. La puerta está abierta. Me asomo y veo que está sentado tras su escritorio revisando unos papeles. Toco el marco de la puerta. Boris me invita a pasar y a sentarme.
—Fernando, ya terminé de embalar y de entregar todos los pedidos.
—Fabuloso. Lo has hecho pronto —mira su reloj de pulsera—. Todavía faltan quince minutos para las seis. Estoy muy orgulloso de ti.
Por un momento tengo la sensación de estar frente al Padrino y de que lo próximo será que intentará darme un beso y luego un balazo en medio de la frente. Siento escalofríos.
—Gracias por tus palabras, Fernando. Quería saber si podía irme ya que terminé con mis labores.
De pronto la sonrisa de anuncio de dentríficos desparece del rostro de Boris Karloff. En su lugar aparece un rictus como el de alguien que siente que le muerden el escroto.
—¿Irte? —pregunta— Si todavía falta un cuarto de hora.
—Lo sé. Pero como terminé temprano y trabajé en mi hora de comida supuse…
—¡Malo, malo, malo! Yo creí que te quedaste a trabajar en tu hora de comida porque entendiste lo que te había contado respecto a la gratitud, compromiso y fidelidad del trabajador para con su empresa.
—Esta empresa no es mía, Fernando. Es tuya.
—Me decepcionas, Franco. Creí que eras un buen trabajador y no como el común de gente que todo piden y nunca dan nada a cambio.
—Doy mi trabajo y mi tiempo, Fernando. No puedo darte más a cambio de tus palabras bonitas.
—Pues no. No te permito que te vayas ahora porque todavía faltan quince minutos para la salida. Si te vas, no te reconoceré la última hora.
—No me importa.
Le extiendo mi boletín de la ETT en el cual ya aparecen escritas las horas de trabajo desde las nueve hasta las cinco, incluso menos los veinte minutos del tiempo de comida que trabajé. Boris Karloff mira exhaustivamente mi boletín de trabajo, no vaya a ser que me haya aumentado cinco minutos de horas extras, y finalmente me lo firma con la expresión de alguien que acaba de darse cuenta de que está masticando una cucaracha.
—Nunca llegarás a ser nada en esta vida.
Fue lo último que le escuché decir mientras salía de aquel lugar. Cuando estoy a punto de llegar a la boca de metro San Bernardo me levanto la camiseta y veo los cuarenta relojes suizos que pude mangarme durante los veinte minutos del tiempo de comida y que, a manera de cinturón, cuelgan de mi cintura. Y pienso que Boris Karloff puede que tenga razón. Robando así puede que llegue a ser como él, o sea nada.
Aunque, como dice el dicho: “ladrón que roba a ladrón…”

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¹ Título de una de las canciones del álbum “The Last Kind Words” del grupo Devildriver.
² Grupo norteamericano de Death Melódico.