Hace tres meses que no me llaman para ningún curro. Cosa rara porque María, la consultora de la ETT para la que trabajo, hasta donde recuerdo me llamaba cada semana, para trabajos de mierda, lo admito, aquellos que nadie en su sano juicio aceptaría, pero lo hacía cada semana. Recuerdo que una vez me llamó para transportar muebles a lomo desde un segundo piso a un décimo ¡por las putas escaleras! Otra vez me llamó para instalar unos cacharros en una zona de alta tensión con aviso de peligro y todo. En otra ocasión me llamó para tirar pala en una obra de construcción ¡en la hora de la comida! En otra me llamó para colocar unos andamios en la cima de las torres Kia sin seguro ni protección alguna. En fin, la lista de curros peligrosos que realicé es interminable y todos siempre fueron “gracias” a las fabulosas llamadas de María, una tía a quien imagino caigo tan bien como un pedo tirado dentro de un traje de astronauta. Sin embargo, nunca pensé que extrañaría escuchar ese chillido que llama voz, sobretodo en estas épocas navideñas que, por primera vez en mi vida, las he pasado sin regalos y sin un duro en el bolsillo. Tanto así que, también por primera vez en mi vida, tuve que ir a la odiosa cabalgata de los Reyes, el cinco de enero pasado, a ver si Melchor o Gaspar me tiraban alguna piruleta o caramelo que echarme a la boca. Pero tampoco en eso tuve suerte porque cuando la carroza de los Reyes Magos llegó a la Plaza de Cibeles a las nueve y treinta de la noche, y a pesar que había ido temprano para coger sitio en primera fila y de llamar la atención del negro Baltasar cuando le grité ¡Sudáfrica 2010 lo gana un país africano! las piruletas me llovieron, cierto, pero también una cantidad tremenda de brazos extendidos sobre mi cabeza, desesperados, como yo, por coger alguna chuche al vuelo. Segundos después me encontraba tendido en el suelo. Esto debe ser eso que llaman crisis, recuerdo que pensé mientras me levantaba a duras penas con el cuerpo dolorido y sin ninguna piruleta en las manos.
Cuando me dispongo a escuchar una canción de Walls of Jericho² en mi Ipod suena mi móvil. Es María, la consultora de la ETT.
—¿Hola? —respondo con la alegría propia de un perro que mueve la cola cuando le muestran un hueso con restos de carne.
—¿Franco DiMerda? —me pregunta, como siempre, a pesar que reconoce mi voz.
—Puede ser —respondo también como siempre.
—Tienes un trabajo en una tienda de vinos en Tribunal a las doce en punto. Pagan seis euros la hora y son ocho, hasta las nueve, con una hora para almorzar.
—¿Seis euros la hora? ¿Tan poco?
—Si no te interesa llamaré a otro.
—¡No! ¡No! Vale. Iré. Necesito el dinero.
Su puta madre. La situación debe estar chungísima para que ofrezcan una paga tan baja. Tres meses han pasado hasta que por fin me llaman y solo me ofrecen seis euros la hora. Y brutos, porque de netos nada. O sea que al final sacaré más o menos cuarenta euros por un día de trabajo. Menuda mierda. ¿Qué se habrán creído estos? ¿Que porque uno está más pelado que pavo de navidad pueden venir a aprovecharse de nosotros? ¡Que se jodan! No pienso contribuir a la explotación del joven trabajador por parte de los empresarios inescrupulosos. ¡Que se vayan a tomar por culo! No iré.
Quince minutos más tarde estoy en la ETT. Queda en el centro. Lo sé. Soy una puta. Pero ¿qué quieren? Estoy cansado de mendigar caramelos.
—Hola, María —saludo nomás entrar.
María está sentada tras su escritorio. Delante de ella, también sentado, un chico de unos 18 años. Se le nota nervioso y lleva una carpeta de color celeste en las manos.
—¿Y tú qué haces aquí? —me pregunta María con mirada inexpresiva.
—Me llamaste hace quince minutos para un trabajo en Tribunal. ¿No te acuerdas?
—Te dije que el trabajo era a las doce en punto.
—Pero si todavía no son las doce. Falta media hora —digo viendo la hora en mi móvil.
—Como tardabas tuvimos que llamar a otra persona.
—¿Tardar? Pero si he demorado solo quince minutos. Siempre demoro en venir quince minutos. Tú lo sabes.
—Yo no sé nada —me dice María sin perder un ápice la compostura.
—Claro que no sabes nada. Por eso trabajas aquí —le digo. Y de inmediato me arrepiento porque la acabo de cagar. Y no a ella sino a mí mismo. Diez kilos de guano sobre mi cabeza. ¡Plof!
—Para que te enteres —me dice María, ahora sí, con una mirada bastante expresiva— para entrar a trabajar aquí tuve que pasar por una serie de pruebas y competir con más de treinta candidatas. Para lo que haces tú, en cambio, un mozo, no exigimos más que disponibilidad inmediata. Eso significa acudir con rapidez cada vez que los llamamos. Demoraste quince minutos en venir. Llamamos a Carlos y vino en diez.
—¿Pero qué dices? ¿Diez minutos para venir? ¿Seis euros la hora? ¿Desde cuándo se han vuelto tan negreros?
—Parece que todavía no te has dado cuenta de que ya no eres el único en la lista de espera. Detrás de ti hay por lo menos 1200.
—Pero yo soy el tío al que le dan los curros que nadie quiere.
—1200.
—¿Cuánto tiempo que nos conocemos, María? Si soy casi como de la familia.
—1200.
—María, por favor. Tengo hambre.
—1200.
Estaba a punto de decirle que el chaval que había llamado seguro que abandonaría a las dos horas dado el tipo de curros para los que me llamaban. Pero cuando observo al chico de unos 18 años, cogiendo su carpeta celeste como escudo y con cara de asustado, me contengo. Comprendo que él no es mi enemigo. Y también que estoy suplicando por un puesto de trabajo a una ETT como si estuviera implorando la resolución de un trámite muy importante a un ministerio público.
Salgo de la ETT y me dirijo a la boca de metro más cercana. Cuando estaba por saltarme los controles del metro siento una mano que me coge del brazo. Ya estamos. Un securata que me ha pillado sin abono transportes, pienso. Pero cuando volteo me doy cuenta de que es el chaval de la ETT. El de la carpeta celeste con cara de asustado. Bueno, ahora no tiene cara de asustado. Está más bien contento.
—Hola, me llamo Carlos —me dice y me extiende la mano.
—Franco. Mucho gusto —se la estrecho.
—Quería pedirte disculpas —me dice—. Me llamaron de la ETT y no sabía que te habían llamado antes. En condiciones normales lo habría rechazado al ver el follón que se armó entre la consultora y tú. Pero hace meses que no encuentro trabajo y necesito pagar las letras de mi coche.
—No te preocupes —digo fingiendo que no me importa. Pero lo cierto es que pienso ¡Me cago en la puta! Yo necesito trabajo para comer mientras que tú para pagar el coche nuevo con el que seguro te estrellarás pronto.
—Toma —me dice Carlos entregándome una lata cerrada con el logotipo de la ETT impreso en ella.
—¿Qué es? —cojo la lata y la destapo.
—Lo último que dijiste fue que tenías hambre. Te invitaría a comer a un bar, pero no tendré un duro hasta que cobre. Así que cogí una de las latas de caramelos de la mesa de la consultora sin que se diera cuenta. No es mucho pero…
Estoy a punto de llorar. Me cuesta mucho articular palabras sin que se me note lo emocionado que me siento. Por fin mi regalo de Reyes llegó, a destiempo, pero llegó.
—Gracias, Baltasar —digo abrazando fuertemente al chaval.
—¿Baltasar?
—Quise decir, Carlos. Gracias, Carlos.
Nos despedimos y me salto los controles del metro. Una vez dentro me meto a la boca uno de los coloridos caramelos de la lata. Sabe a fresa y está de rechupete. Cuando llego al andén del metro me topo con un tipo con traje color granate y a su lado otro con camisa verde. Es un controlador del metro y un vigilante respectivamente.
—¿Me muestra su abono transporte? —me dice el controlador extendiéndome la mano.
—¡Felices Reyes! —le digo poniéndole un caramelo de limón en la mano.
Y luego me doy la vuelta y corro. Como si me urgiera ir al baño después de una semana sin cagar. Corro. Como si fueran las rebajas de enero y tuviera efectivo para comprar. Corro. Como si me llamaran nuevamente de la ETT para un nuevo trabajo mal pagado. Corro. Corro. Me corro.
Pero con un caramelo de fresa en la boca todo me sabe mejor.
___________________
¹ “The New Ministry”, título de una de las canciones del álbum “The American Dream” del grupo Walls of Jericho.
² Grupo norteamericano de Metalcore.
Cuando me dispongo a escuchar una canción de Walls of Jericho² en mi Ipod suena mi móvil. Es María, la consultora de la ETT.
—¿Hola? —respondo con la alegría propia de un perro que mueve la cola cuando le muestran un hueso con restos de carne.
—¿Franco DiMerda? —me pregunta, como siempre, a pesar que reconoce mi voz.
—Puede ser —respondo también como siempre.
—Tienes un trabajo en una tienda de vinos en Tribunal a las doce en punto. Pagan seis euros la hora y son ocho, hasta las nueve, con una hora para almorzar.
—¿Seis euros la hora? ¿Tan poco?
—Si no te interesa llamaré a otro.
—¡No! ¡No! Vale. Iré. Necesito el dinero.
Su puta madre. La situación debe estar chungísima para que ofrezcan una paga tan baja. Tres meses han pasado hasta que por fin me llaman y solo me ofrecen seis euros la hora. Y brutos, porque de netos nada. O sea que al final sacaré más o menos cuarenta euros por un día de trabajo. Menuda mierda. ¿Qué se habrán creído estos? ¿Que porque uno está más pelado que pavo de navidad pueden venir a aprovecharse de nosotros? ¡Que se jodan! No pienso contribuir a la explotación del joven trabajador por parte de los empresarios inescrupulosos. ¡Que se vayan a tomar por culo! No iré.
Quince minutos más tarde estoy en la ETT. Queda en el centro. Lo sé. Soy una puta. Pero ¿qué quieren? Estoy cansado de mendigar caramelos.
—Hola, María —saludo nomás entrar.
María está sentada tras su escritorio. Delante de ella, también sentado, un chico de unos 18 años. Se le nota nervioso y lleva una carpeta de color celeste en las manos.
—¿Y tú qué haces aquí? —me pregunta María con mirada inexpresiva.
—Me llamaste hace quince minutos para un trabajo en Tribunal. ¿No te acuerdas?
—Te dije que el trabajo era a las doce en punto.
—Pero si todavía no son las doce. Falta media hora —digo viendo la hora en mi móvil.
—Como tardabas tuvimos que llamar a otra persona.
—¿Tardar? Pero si he demorado solo quince minutos. Siempre demoro en venir quince minutos. Tú lo sabes.
—Yo no sé nada —me dice María sin perder un ápice la compostura.
—Claro que no sabes nada. Por eso trabajas aquí —le digo. Y de inmediato me arrepiento porque la acabo de cagar. Y no a ella sino a mí mismo. Diez kilos de guano sobre mi cabeza. ¡Plof!
—Para que te enteres —me dice María, ahora sí, con una mirada bastante expresiva— para entrar a trabajar aquí tuve que pasar por una serie de pruebas y competir con más de treinta candidatas. Para lo que haces tú, en cambio, un mozo, no exigimos más que disponibilidad inmediata. Eso significa acudir con rapidez cada vez que los llamamos. Demoraste quince minutos en venir. Llamamos a Carlos y vino en diez.
—¿Pero qué dices? ¿Diez minutos para venir? ¿Seis euros la hora? ¿Desde cuándo se han vuelto tan negreros?
—Parece que todavía no te has dado cuenta de que ya no eres el único en la lista de espera. Detrás de ti hay por lo menos 1200.
—Pero yo soy el tío al que le dan los curros que nadie quiere.
—1200.
—¿Cuánto tiempo que nos conocemos, María? Si soy casi como de la familia.
—1200.
—María, por favor. Tengo hambre.
—1200.
Estaba a punto de decirle que el chaval que había llamado seguro que abandonaría a las dos horas dado el tipo de curros para los que me llamaban. Pero cuando observo al chico de unos 18 años, cogiendo su carpeta celeste como escudo y con cara de asustado, me contengo. Comprendo que él no es mi enemigo. Y también que estoy suplicando por un puesto de trabajo a una ETT como si estuviera implorando la resolución de un trámite muy importante a un ministerio público.
Salgo de la ETT y me dirijo a la boca de metro más cercana. Cuando estaba por saltarme los controles del metro siento una mano que me coge del brazo. Ya estamos. Un securata que me ha pillado sin abono transportes, pienso. Pero cuando volteo me doy cuenta de que es el chaval de la ETT. El de la carpeta celeste con cara de asustado. Bueno, ahora no tiene cara de asustado. Está más bien contento.
—Hola, me llamo Carlos —me dice y me extiende la mano.
—Franco. Mucho gusto —se la estrecho.
—Quería pedirte disculpas —me dice—. Me llamaron de la ETT y no sabía que te habían llamado antes. En condiciones normales lo habría rechazado al ver el follón que se armó entre la consultora y tú. Pero hace meses que no encuentro trabajo y necesito pagar las letras de mi coche.
—No te preocupes —digo fingiendo que no me importa. Pero lo cierto es que pienso ¡Me cago en la puta! Yo necesito trabajo para comer mientras que tú para pagar el coche nuevo con el que seguro te estrellarás pronto.
—Toma —me dice Carlos entregándome una lata cerrada con el logotipo de la ETT impreso en ella.
—¿Qué es? —cojo la lata y la destapo.
—Lo último que dijiste fue que tenías hambre. Te invitaría a comer a un bar, pero no tendré un duro hasta que cobre. Así que cogí una de las latas de caramelos de la mesa de la consultora sin que se diera cuenta. No es mucho pero…
Estoy a punto de llorar. Me cuesta mucho articular palabras sin que se me note lo emocionado que me siento. Por fin mi regalo de Reyes llegó, a destiempo, pero llegó.
—Gracias, Baltasar —digo abrazando fuertemente al chaval.
—¿Baltasar?
—Quise decir, Carlos. Gracias, Carlos.
Nos despedimos y me salto los controles del metro. Una vez dentro me meto a la boca uno de los coloridos caramelos de la lata. Sabe a fresa y está de rechupete. Cuando llego al andén del metro me topo con un tipo con traje color granate y a su lado otro con camisa verde. Es un controlador del metro y un vigilante respectivamente.
—¿Me muestra su abono transporte? —me dice el controlador extendiéndome la mano.
—¡Felices Reyes! —le digo poniéndole un caramelo de limón en la mano.
Y luego me doy la vuelta y corro. Como si me urgiera ir al baño después de una semana sin cagar. Corro. Como si fueran las rebajas de enero y tuviera efectivo para comprar. Corro. Como si me llamaran nuevamente de la ETT para un nuevo trabajo mal pagado. Corro. Corro. Me corro.
Pero con un caramelo de fresa en la boca todo me sabe mejor.
___________________
¹ “The New Ministry”, título de una de las canciones del álbum “The American Dream” del grupo Walls of Jericho.
² Grupo norteamericano de Metalcore.

12 gritos guturales:
Vaya, estuve en Madrid todas las navidades, me he perdido prácticamente todo lo que ha pasado interesante, lo bueno es que también me he perdido lo no interesante y eso es bueno. Otra vez será.
Un abrazo y suerte en la próxima cabalgata que supongo que serán los carnabales.
Feliz ano con hemoal. :)
Joder que emotiva tu historia espero que esta mierda pase pronto.
saludos de akematon.com
Como siempre, eres un genio.
Da gusto leerte.
Vaya mierda la crisis esta... solo espero que el año pase pronto y la cosa se mejore un poco, por que sino estamos muy jodidos.
Feliz año xD
Igualmente Señor DiMierda. Y esperemos que la crisis acabe, COÑO YA.
Saludos de Carmen.
Miauuuuu.
Que cuento de navidad más amargo. Los caramelos no consiguen endulzarlo. Estupendo relato, Franco, como siempre. Me encanta tu estilo.
la última frase es un puntazo
aupa franco! saludos
He leido algunos de tus trabajos y .. odio a María.
Seguro que ella tiene menos talento que tú, pero lamentablemente la chupará bastante mejor que tú (eso es una suposición gratuita por mi parte, claro).
Impresionante blog, excelente música. La verdad es que había oído hablar de tu blog - siempre bien - y me alegro de haberme pasado.
Volveré a ver como le va a María. Y a tí, por supuesto.
Larga vida Franco.
Es un honor leerte, Di Mierda.
Se te echa de menos en Fábrica de letras. Que lo sepas.
Espero que la vuelta esté cercana. Supongo que ya falta menos.
Nos vemos por Madrid.
La pues de la crisis chorrea por todas partes.
Saludos.
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